Bodoque de lodo

En el momento en que un dedo del pie entra en contacto con el agua del mar, sin importar en dónde ocurra esto, el dueño del pie toca un objeto formidable: el océano. Hay entre él y otras costas y continentes un solo objeto, una masa gigantesca de agua que contiene toda clase de criaturas y cosas. La misma observación se puede hacer de quien respira. El recién nacido, en el momento en que, preparándose para hacer un escandaloso anuncio de su existencia al mundo, llena sus pulmones por primera vez de aire, entra al club de quienes respiran. Tiene algo en común con todos ellos y los toca a través de la atmósfera, cruzando el espacio y el tiempo.

Hace poco más de un año, Fernanda y yo construimos en casa un pequeño — según la repetida opinión de los visitantes, muy pequeño — horno de barro que se calienta con leña. Elegimos el diseño más simple. En parte por evitar retos excesivos para nuestras precarias habilidades como albañiles y también por razones prácticas: un horno grande requiere más leña y, para dos personas, aún con invitados, no es muy eficiente. La construcción del horno tomó bastante tiempo de planeación pero sólo dos fines de semana de trabajo físico con ayuda de amigos: unos benditos arquitectos que me salvaron de intentar burradas como querer desafiar la fuerza de gravedad.

Ilustración cortesía de @andrudonato

El horno lo hicimos con algo de prisa, procuramos tenerlo listo para celebrar el cumpleaños de Fer y hacer pizzas con amigos y familia. Todo salió bien y aunque el horno tiene unos días mejores que otros, en su inauguración se portó de maravilla y nos obsequió un montón de pizzas pequeñas y bien tostadas — y también unas cuantas quemadas, deformes y crudas. Desde entonces lo habremos prendido una docena de veces, quizás un poco más. En todas estas ocasiones he notado algo interesante: sin importar qué tan urbanos y alejados de las sensaciones de la tierra sean los invitados — o quizá entre más lo sean — , casi siempre tienen un momento de intriga y fascinación con alguno de los procesos físicos que ocurren dentro de o en torno al horno. Puede ser curiosidad sobre la preparación de la masa de pizza y su proceso de fermentación, sobre la construcción o sobre la forma de prender el horno. En la mayoría de los casos incluye algún momento que consiste solamente en ver el fuego parpadear dentro, acercar la mano y especular sobre la temperatura al interior. Claro, el interés bien podría ser una cortesía para conmigo de quienes, a diferencia de Gabriel, no se atreven a decirme “Qué bueno que ya tienes tu horno, barbón. Llevabas años chingando con eso”, pero ocurre que cuando me aparto y alguien se queda viendo el fuego, vuelvo más tarde y sigue ahí, sospecho que no es mera cortesía para con mis obsesiones pirogastronómicas.

A ese horno lo quiero como familia. A veces no parece tanto un objeto sino un bicho. Con el paso del tiempo se seca y se agrieta y es soluble en agua, por lo que demanda reparaciones ocasionales. Es poco constante en su temperatura y hay que aprender a diagnosticar cuando está entrando poco oxígeno, cuando la leña está algo húmeda, o cuando encendió a un ritmo magnífico y dará unas pizzas perfectas. No es una cosa compleja: es prácticamente un bodoque de lodo con un hueco en su interior, un diseño que heredamos de quién sabe cuándo pero seguramente no hace poco. Sus pequeños defectos y volubilidad lo hacen una excelente fuente de estímulos. No es un electrodoméstico predecible, con póliza de garantía y etiqueta que indica los watts que consume. Es un bodoque de lodo sacado a unos pasos del espacio que ocupa.

Me asombra que, con su poca tecnología y materiales rústicos, pueda robarle un poco de atención a las conversaciones sobre series de televisión, viajes, libros y cualquier otra que requiera más sofisticación y consumo. Ese horno nació fuera del mercado, se formó con un poco de ingenio y mucha información compartida generosamente en libros e Internet. Siento que lleva dentro un poco de esa capacidad del mar y el aire de conectarnos a experiencias que nos envuelven a todos; el fuego nos ha acompañado y alimentado tanto tiempo que es parte de nosotros.

Nunca sobra, pero en estos tiempos parece más necesario aún comunicarnos, entendernos, reunirnos en torno al fuego. Quizá no estaría mal hacer hornos (hogares) públicos y encenderlos con extraños, conversar, especular sobre la temperatura y ver las estrellas. Quizá también planear un viaje al mar.

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Autor: Noel Rivas.

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