Jueves

Revista Catástrofe
Revista Catástrofe
3 min readJan 14, 2021

El destino, que me conocía bien, de toda la vida, sabía que era una mujer de rutinas, de procesos y de guiones. Acostumbrado, revisó mi plan, asomó la mirada a mi lista de pendientes, se confió y se fue a vacacionar.

La mañana del jueves un ladrido de perro me despertó antes que la alarma. Como pensé que ya era hora, me levanté y emprendí el día, igual que todos los jueves, sólo que cinco minutos antes.

Luego resultó que el señor del gas se equivocó de casa. Supongo que su agente de destino andaba, como el mío, distraído en una hamaca. Como yo tenía cinco minutos de más, le dije que, aprovechando la confusión, me llenara el tanque. Al final, esto terminó por demorarme.

Fotografía cortesía de Luis Antonio Bautista Alonso

Corrí para tomar el tren y, confiada en vencer el segundero, me di de frente con un vendedor ambulante de donas. Las pobres rodaron en todas direcciones, algunas hasta bajaron escaleras, y sólo quedó una ingrata en la charola. El vendedor estalló en llanto, el incidente de las donas era su gota que colma el vaso y yo no lo sabía.

Intenté consolarlo, darle la dona que quedó a salvo para el susto, y tal vez compartirla. Pagué toda la charola de donas — evidentemente — pero el hombre seguía sollozando. Tras algunos intentos más por consolarlo, con un nudo en la garganta y muy a mi pesar, lo dejé ahí, como alma en pena, hincado, con un billete en una mano y media dona en la otra.

Volví a correr y alcancé justo de último momento el tren. La adrenalina regresó a sus niveles normales cuando me senté cómodamente, vi pasar la estación, abrí mi libro en el capítulo en turno y di una mordida a mi media dona. Todo estaba alineado de nuevo.

Presa de mi optimismo no reparé en la dirección del tren hasta que era demasiado tarde. Bajé en cuanto pude y decidí tomar un taxi. Al final, logré llegar casi a tiempo a mi clase de violonchelo de los jueves. Todo transcurrió sin novedad a partir de ahí, como todos los jueves, como cualquier día después de un miércoles, antes de un viernes.

Por la noche, mientras veía el noticiero como era costumbre, me enteré de que mi tren, — el tren de los jueves de las 10:02 am de la estación Matamoros, el tren que debí haber tomado de no haberme equivocado — se descarriló, y se estrelló contra el surtidor de gas distraído, se prendió en llamas y mató a todos a bordo, menos al maquinista. Una completa tragedia.

Me quedé perpleja escuchando los detalles de lo que pudo ser mi muerte. Mi agente de destino fue reprendido por no matarme a tiempo. Su penitencia es manejar ahora los horarios y movimientos de los escarabajos rodacaca del mundo. Y yo, tras ser inmediatamente reasignada a otro agente, me electrocuté el viernes al tostar mi bagel de todos los viernes a las 8:00 AM. Quedé calcinada de rodillas, con una servilleta en una mano y medio bagel en la otra.

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Fernanda Villava

Soy del año del temblor (1985), aunque nací amortiguada por las capas de jal que hay en Guadalajara. Intrigada siempre por las formas que puede tomar la palabra, estudié Comunicación. Me debato entre escribirla, leerla y fotografiarla día a día. La consumo en todas sus variantes, incluida una gran porción de pantallas. Cuando necesito silencio, me voy a bucear: me rodeo de agua y de criaturas marinas que me maravillan y me llenan de paz. También soy copropietaria de un estudio de experiencias digitales centrado principalmente en el desarrollo de software. Me encuentro en todos lados, también en Medium, como @fervillava.

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