¿Qué es el poder popular?

Hay en general respecto al poder varias acepciones posibles. Tomemos las dos más utilizadas:

  1. Concebir la idea de poder como el poder del Estado. El poder que impone el Estado o los aparatos estatales. Es una concepción que ve al poder como un objeto, y por lo tanto ese poder se encuentra en un lugar específico.
  2. Una concepción más amplia que entiende el poder como una relación social. Concretamente: grupos, clases, personas, que pueden imponer su voluntad a otros/as. Esto significa que el poder no sólo está en un lugar, no sólo está en el Estado, sino que está presente en toda relación social. ¿Qué implica que el poder esté presente en toda relación social, en toda construcción que hacemos?

Cuando nosotrxs hablamos de la construcción de nuevos valores, de la pelea de los valores cotidianos en nuestras construcciones, cuando decimos que tenemos que empezar a cambiar la sociedad hoy, nuestra manera de pensar, de construir, de conducirnos hoy; lo que estamos haciendo es anticipar la sociedad que queremos. La sociedad que queremos, en nuestra idea de construcción de Poder Popular, no va a empezar el día que tomemos el aparato del Estado, el día que se toma algún poder, entre otras cosas porque no concebimos al poder como un objeto, sino como una relación que vamos construyendo de manera fraternal. En este proceso, también tenemos que construir nuevos valores.

El poder popular, entonces, es el proceso a través del cual los lugares de vida (de trabajo, de estudio, de recreación) de las clases subalternas se transforman en células constituyentes de un poder social alternativo y liberador que les permite ganar posiciones y modificar las relaciones de fuerza, avanzando en la consolidación de un campo contrahegemónico.

Son muchas las experiencias históricas donde rastrear, en distinta medida, antecedentes para pensar el poder popular*. En los años 60 y 70, en algunas organizaciones encontramos una concepción instrumental cuando se habla de Poder Popular. ¿Qué quiere decir concepción instrumental? Organizar a los campesinos, organizar a los villeros, organizar a los inquilinos, organizar movimientos era un medio para llegar al fin: la toma del Estado.

En nuestra concepción del poder popular, en cambio, los nuevos valores, la nueva sociedad, no es solamente un medio, sino que es un fin en sí mismo. Es decir, cuando nosotrxs construimos con otros valores, cuando cambiamos la manera de relacionarnos, cuando buscamos construir relaciones no alienadas, no burocratizadas, lo que estamos haciendo de alguna manera, es anticipar la sociedad que queremos. Lo que estamos haciendo no es sólo un fin para otra cosa que es más importante, sino que esto es parte de lo importante, es parte del fin. Más aún, sin esto no hay fin posible, no hay cambio social posible. Porque en esta concepción de Poder Popular el cambio social, el cambio de valores se va construyendo previamente.

Este planteo de Poder Popular no reniega de la organización: pero, a diferencia de la organización como vanguardia, concibe que la organización se va creando en el proceso de la lucha (como planteaba Rosa Luxemburgo); y además, esa organización de nuevo tipo no puede reproducir relaciones de dominación. Debe generar instituciones no coercitivas.

Este es un elemento clave que diferencia nuestra concepción de Poder Popular de otras tradiciones (por ejemplo, de la noción de Doble Poder). Buscamos que nuestra forma de organización no copie las lógicas estatales y pensamos que los espacios de Poder Popular deben mantener su autonomía aún en el caso donde el Estado -como en Venezuela- aliente las formas de organización populares.

¿Qué implica construir poder popular?

No hay Poder Popular que no cree símbolos propios, sus propias banderas de lucha, sus propias formas culturales, no hay expresión de Poder Popular sin esto.

La democracia de base, entendida como búsqueda de una democracia de iguales; es decir que la información acceda a todxs y que la posibilidad de la palabra, discusión y decisión acceda a todos. Que todxs los compañerxs tengan la posibilidad de formarse, discutir y decidir en pie de igualdad.

Hay que construir hegemonía, construir consenso. Las clases dominantes construyen legitimidad para que lxs dominadxs acepten; las clases subalternas no tienen que construir legitimidad, tienen que construir hegemonía (Gramsci). Construir hegemonía es reconocerse como iguales con el otrx. El neoliberalismo nos dejó una sociedad fragmentada entre desocupadxs, trabajadorxs, trabajadorxs en negro, changarinxs, ocupantxs de tierras, habitantxs de las villas, etc. Vivimos en una sociedad donde es posible que obreros de la construcción desalojen a docentes o que un/x vecinx de un asentamiento se enfrente contra lxs vecinxs de una villa. La única manera de superar la fragmentación social es –retomando a Gramsci– conformando un bloque histórico, una alianza de las clases subalternas, de las clases dominadas, una alianza de: obrerxs, desocupadxs, campesinxs, de estudiantxs, buena parte de lxs intelectuales, buena parte de las clases medias, que permita cambiar esta situación. Esto quiere decir que no hay Poder Popular sin intervenir permanentemente en la realidad nacional. Si no intervenimos en la realidad nacional, la realidad nos interviene a nosotrxs.

Además, las clases subalternas desarrollan poder en un ecosistema hostil, que se les opone. En la medida que construimos poder con nuevas relaciones, que intentamos estas lógicas de construcción, el poder nos castiga, nos reprime, no permanece inmóvil. Por lo tanto, para no quedar aisladxs, para no reproducir la fragmentación, los espacios de generación de Poder Popular tienen que interpelar al conjunto de la sociedad, crear política.

Si concebimos las construcciones de Poder Popular aisladas (como islas), podemos crear poder popular en cientos de barrios, de fábricas, de universidades, pero eso no tendrá por resultado que el capitalismo, de golpe, se vaya a derrumbar. No funciona así. Hay momentos en los que es necesario dar disputas políticas concretas, porque de lo contrario se ponen en riesgo todas nuestras construcciones. O, dicho en otros términos, el poder aborrece el vacío.

¿En el Estado o por fuera del Estado?

Hay experiencias históricas de revoluciones que, luego de tomar el poder del Estado, terminaron por burocratizarse –es el caso de la Unión Soviética con el estalinismo–, pero también hay ejemplos donde los sectores populares no aceptaron tomar el poder. Pensando en procesos revolucionarios donde nos reconocemos y de los que recuperamos muchos elementos, en la década del ’30 Sandino en Nicaragua había construido una enorme legitimidad, fue a negociar con Somoza, entabló una negociación y lo mataron a la salida de ese encuentro. Y todo lo que había construido fue arrasado en el proceso de un año. Villa y Zapata en la revolución mexicana –una de las revoluciones más extraordinarias de Latinoamérica y menos conocidas– en 1914 se reunieron y discutieron en la ciudad de México con todas las tropas campesinas, con el poder burgués casi desmantelado. Villa concluye que esa empresa es demasiado grande y vuelve a su provincia. Zapata acuerda. Pocos años más tarde ambos estaban muertos y todo lo que habían construido, esa enorme construcción de Poder Popular campesino, había sido desmantelado y destruido.

Es cierto que en la historia hay revoluciones hechas a partir del Estado que se transformaron en cárceles. Ahora bien, en las revoluciones donde no se tuvo en cuenta el problema de la relación con el poder del Estado, y se lo dejó seguir existiendo, los resultados están a la vista. Estas situaciones no permanecen estables, en equilibrio, sino que, por el contrario, se deciden para un lado o para otro.

Una de las experiencias actuales más interesantes de nuestro continente es el caso de Venezuela. La revolución bolivariana rompe con muchos moldes de las izquierdas para comprender las situaciones revolucionarias. Hoy, en Venezuela –y esta es quizás su mayor herejía– se apuesta a un proceso de transición al socialismo que, a través de la consigna Comuna o nada, se radicaliza a partir de generar órganos de poder popular que transfieren buena parte de las decisiones de gobierno directamente al pueblo. Lejos de las interpretaciones que hacen de Venezuela un modelo de vía institucional/parlamentaria de revolución, la centralidad y las etapas del proceso bolivariano han estado siempre marcadas por la movilización popular. La destrucción del Estado burgués y la consolidación de un Estado comunal, en el que la organización popular sea ejecutora de la política, es el desafío que hoy se presenta.

Originally published at fpds-cn.com.ar.

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