El artista fáustico contemporáneo


«Somos una época fáustica decidida a encontrar a Dios o al Diablo antes de irnos, y la esencia ineluctable de lo auténtico es nuestra única llave para abrir la cerradura.»
Norman Mailer

s de común conocimiento que el Fausto de Goethe está entre las obras maestras de la literatura universal. Goethe comenzó a escribir este libro cuando tenía unos veintiún años, en 1770, y lo culminó un año antes de su muerte, a los ochenta y un años de edad, en 1831. Es decir que escribió durante sesenta años hasta completar su obra. Si bien el Fausto de Goethe no es el primero — la primera obra de Fausto (Faustbuch de Johan Spiess, de 1587) tuvo lugar hace más de cuatrocientos años — , el de Goethe es considerado como el más contundente. Esto no solo se debe a que se trata de un gran escritor sino también al contexto histórico en el cual fue escrita y publicada la obra: entre 1770 y 1830, período que incluye dos revoluciones claves para la humanidad: la industrial y la francesa. Esto se ve reflejado en la obra por medio de la riqueza de su contenido en cuanto a lo social, político, económico y — sobre todo — espiritual.

Portada de Fausto, de Goethe

Este período en el que Goethe escribe su gran obra llevó a que Marshall Berman (filósofo marxista y escritor estadounidense) comparara al Fausto de Goethe con el período de la Modernidad. Berman metaforizó la Modernidad y sus procesos a través del Fausto. Según Berman «La fuerza vital que anima al Fausto de Goethe, que lo distingue de sus predecesores y que genera buena parte de su riqueza y dinamismo, es un impulso que llamará el deseo de desarrollo».

Marshall Berman

Por otro lado, Mefisto, personificación del diablo, compone una metáfora de la dialéctica moderna de destruir para dar lugar a nuevas creaciones. Esta es la dialéctica que según Berman el hombre moderno debe asumir. Así, dice Mefisto en la obra de Goethe:

«Soy el espíritu que siempre niega y con razón, pues todo cuanto tiene principio merece ser aniquilado, y por lo mismo, mejor fuera que nada viniese a la existencia. Así, pues, todo aquello que vosotros denomináis pecado, destrucción, en una palabra, el Mal, es mi propio elemento».
Doré, Gustave. Ilustración de El paraíso perdido

El mensaje de Mefisto es que debemos evitar culparnos de los accidentes de la creación, pues, justamente, la vida es así. Si uno acepta la destructividad como parte de una creatividad divina podrá librarse de su culpa y actuar libremente, y cuanta más velocidad haya en estos procesos, mejor.

El capitalismo es una de las fuerzas fundamentales en el desarrollo de Fausto. «La actividad incesante es lo que prueba a un hombre» dice Fausto, y Mefisto le responde: «Eres, finalmente, lo que eres».

Por otra parte, si revisamos la teoría de Karl Marx, vemos que para él los artistas e intelectuales modernos pertenecen al proletariado, son trabajadores asalariados. A este respecto, Berman dice: «Cuando Marx describe a los intelectuales como asalariados está tratando de hacernos ver que la cultura moderna es parte de la industria moderna». Los profesionales, artistas e intelectuales modernos — en la medida que son parte del proletariado — no viven sino a condición de encontrar un trabajo, y lo encuentran únicamente mientras su trabajo acrecienta el capital. Tampoco es cuestión de poner al mercado como “el malo de la película”, mi intención es simplemente la de decir las cosas como son. Los artistas e intelectuales necesitan que alguien los financie para poder realizar su obra, ya sea para editar un libro, hacer una película o pintar un cuadro. En muchos casos cuando el dinero aparece los artistas muestran su condición de proletario. Así es como hoy en día el artista fáustico vendría a ser aquel que se vende a la corriente principal (mainstream), transando sus ideales y también en alguna medida las ideas contenidas en su obra, al igual que Fausto vende su alma a Mefisto.


«En este momento un altísimo porcentaje de habitantes del subdesarrollo se está muriendo de hambre. Pero los artistas todavía siguen produciendo arte de estómago repleto»
Luis Camnitzer

Si bien todos o casi todos los artistas tienen como meta ingresar a la corriente principal, ya que así lo decreta el modelo impuesto del artista fáustico de nuestro tiempo, cabe resaltar esta frase de Camnitzer. En ella, Camnitzer de alguna manera sitúa o trata de volver a direccionar el arte a un lugar fuera de lo que el artista fáustico, el artista proletario o el artista “empresa” pretenden llevarlo o está institucionalizado que así deba ser.

Luis Camnitzer

Si seguimos este razonamiento, quizás, en lugar de trabajar para poder ingresar a la corriente principal (lobby, soportes, contactos, etc.), los artistas deberían definir cuál sería su propia meta, es decir, su propósito, a dónde quieren llegar con su obra, ya sea en cuanto a su contenido político o al entorno al cual quiere llegar o integrarse de alguna manera. De esta forma se lograría una obra más auténtica, más “pura” y un trabajo sin las frustraciones que depararían si no se llegase a poder ingresar a la corriente principal internacional, hecho que en realidad no haría más que desviar el foco del artista sobre su obra para lograr encajar en el modelo de artista fáustico.

Parecería ser que lograr convertirse en Fausto hoy en día es sinónimo de triunfo, de éxito en la vida, una vida regida por el éxito económico y el poder; pero no debemos olvidar que el contenido político de una obra de arte no debería encajar en estos cánones — a no ser que la obra esté direccionada hacia ese lado y su contenido político lo requiera — , no deberíamos olvidar que el concepto que transmite una obra de arte es un producto de consumo para el alma, para el espíritu. Justamente por eso es que la obra no debe sufrir transformaciones en cuanto a su mensaje, que muchas veces reivindica que no todo debería estar sujeto a los dispositivos de este sistema capitalista.

También es importante recalcar que no todos los artistas están dispuestos a transar los ideales de su obra, sacrificando así los beneficios económicos y curriculares a los cuales se renuncia al no aceptar la “invitación”. En este sentido, es importante aclarar que el mercado y el mainstream no son en su origen malintencionados, su principio es bueno, es honorable; sus logros y fines, auténticos. La cuestión es que si el producto es de contenido espiritual — como lo es una obra de arte — es justamente cuando se ven perjudicados el contenido y el creador, ya que el producto es alterado en su contenido al verse inmerso en ese nuevo entorno.

Si bien estas teorías pueden ser cuestionables en cuanto a que son de otra época, a que “Marx ya fue” o que ya no estamos en la Modernidad, en mi opinión no están para nada alejadas de la realidad actual, donde los artistas, si quieren tener “éxito”, deben estar en una galería (y no cualquier galería, una “galería importante”) y existe la noción de que la carrera de un artista debe ser manejada de la misma forma que la carrera de cualquier otro profesional o empresa si este quiere “triunfar”.

Hubo un momento en la historia en que tal vez fue posible que los artistas fueran diferentes al resto de los mortales, durante el Renacimiento, a principios del siglo XX con los expresionistas, los fluxus en los sesenta o los conceptualistas de los setenta, que según Badiou tenían solapadas las aspiraciones de convertirse en santos. Pero a medida que la sociedad y el sistema se fueron transformando en lo que son hoy en día, el artista se ve forzado a unirse al sistema, con todo lo que eso implica.

Por lo tanto, la obra del artista hoy en día no es más que un producto — sea cual fuere su soporte o discurso político — ; no deja de ser una estrategia de mercado y de supervivencia para él mismo. Esto se da de forma consciente o inconsciente, ya que, en el mejor de los casos, si el artista logra acceder a una galería o a la corriente principal, por más que en sus comienzos haya despotricado contra el sistema en su obra y en su discurso, será absorbido por este y aceptará sus leyes a cambio de todo el “éxito” que esto le proporcionará.

Otra de las cualidades del hombre fáustico es, como dice Berman, la de hacer historia: «el hombre no está dispuesto a vivir sino a hacer historia». Esta cualidad tampoco escapa a lo que se espera de un artista fáustico. No alcanza con un par de buenas obras, obras bien trabajadas en cuanto a su contenido y a su parte “artesanal”, tampoco alcanza con dedicarle un período corto pero de calidad a la realización de obras de arte; al artista y al intelectual se le exige no parar de producir obras de calidad, y es muy común que no sea reconocido un artista con una trayectoria menor a los veinticinco años de carrera. Esta cualidad fáustica sin duda va en contra del arte y el pensamiento, ya que en esta actividad proletaria que es producir obras de arte e ideas, cuando se aplica esta condición, o se margina al artista, o nos privamos de acceder a grandes obras e ideas de excelente contenido y calidad, únicamente porque no fueron realizadas por un artista fáustico.

Alain Badiou

Hace poco vi una disertación de Alain Badiou que terminaba con un mensaje optimista, afirmando que el arte no solo debe mostrar la vida tal cual es sino que debe prometer una segunda opción, una oportunidad. Berman, por su parte, hace una reflexión similar: «pero si Fausto es una crítica, también es un desafío, de imaginar y crear nuevos modos de modernidad en los que el hombre no exista en beneficio del desarrollo, sino el desarrollo en beneficio del hombre». Estas reflexiones esperanzadoras son un buen punto de partida para darle una oportunidad al artista de ser más consciente de cómo trabaja y direcciona su obra hoy en día, para procurar que el resultado final de su trabajo sea lo más auténtico posible y contenga la esencia de su pensamiento.


Bibliografía consultada



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