Animales sin salida

Del libro de cuentos “Otras cavidades” (2017). Salvador Luis.

Cuando el segundo César Aira entró en el baúl y trató de encender la lámpara de pie, el primer César Aira ya se encontraba dentro. No había mucho espacio para ambos, sin embargo uno de los dos decidió ser más considerado que el otro y se quitó las gafas para aplacar un poco aquella incomodidad espacial, originando, de esa manera tan simple, la primera gran discordia entre los dos escritores. Al primer César Aira (no el primero en nacer sino el primero en entrar en el baúl) le molestaba que el segundo César Aira se quitara las gafas sin preguntarle si él deseaba sacárselas antes. De acuerdo con las creencias y modales del primer César Aira, un simple foráneo no tenía la autoridad suficiente para tomar una decisión de esa índole en los territorios de un baúl que indudablemente no le pertenecía. En realidad, el baúl no le correspondía materialmente a ninguno de los dos, sin embargo el primer César Aira, por ser el primero en hallar aquella caja decimonónica en la parte trasera de una motocicleta, se sentía de cierta forma privilegiado y dueño de derechos que el segundo César Aira no ostentaba o no quería ostentar (como bien habrá intuido el destinatario de este texto sobre dos escritores que se localizan dentro de un baúl, el segundo César Aira era un hombre un tanto menos narcisista que su clon, solo un tanto, claro, porque todo iba a empeorar irreversiblemente después). Lo que sucedió a continuación (es decir, antes de la verdadera disputa entre los autores involucrados) fue una breve pausa sin emisiones de sonido, una pausa que no fue ni muy incómoda ni muy severa, tan solo un instante de tiempo silencioso que de forma poética diferenciaba el momento de la paz (imaginar aquí un cielo despejado) del de la auténtica confrontación (y luego un mar negro en el que flotan ejércitos rasos y sus bayonetas). El segundo César Aira, sin mediar ningún tipo de exhortación, empezó a despojarse de la ropa que vestía, primero se sacó los zapatos, luego las calcetas, y poco a poco fue haciendo a un lado un par de pantalones de mezclilla, un suéter de manga larga y las dos piezas de ropa interior que llevaba sobre el tronco y la ingle (cabe recordar en este punto que tanto el primer como el segundo César Aira permanecían en el baúl, y que los movimientos del segundo César Aira causaban no solo fastidio sino también innecesarias frotaciones entre dos cúmulos de materia que en el fondo no deseaban tocarse). Al primer César Aira le pareció aberrante y al mismo tiempo fatídico que el segundo César Aira se desnudara delante de él y con la lámpara encendida (circunstancia que, por cierto, incrementaba su pesadumbre de manera exponencial), entregándose de inmediato al asco y a la insatisfacción de sentir que su propio cuerpo se entrelazaba con su propio cuerpo en una especie de broma absurda o escena de filme transgresor acerca de ciertas costumbres indecorosas en las sociedades más rezagadas del mundo occidental. Una vez librado de la tirantez de la ropa interior, el segundo César Aira acomodó de la mejor manera que pudo piernas y pies, intentando asemejarse a un combatiente de artes marciales mixtas, y alzó los puños como una señal de bravura y autosuficiencia reminiscente de una compilación de tarjetas plastificadas sobre el arte de la guerra (es cierto que en realidad no alzó los brazos, solo los frotó sudorosamente entre su abdomen y el del primer César Aira hasta llegar a la altura de ambas quijadas, pero gracias a su rápida disposición para la lucha mostró tanto la disciplina imprescindible en un guerrero contemporáneo como el respeto por las reglas de la pelea, a pesar, desde luego, de la falta de una jaula octogonal por hallarse ambos escritores dentro de un baúl decimonónico). El primer César Aira quiso entonces retroceder unos cuantos pasos y reorganizarse, poner en marcha una defensa coherente y a la vez justificada, sin embargo fue incapaz de mover las extensiones de su cuerpo atascado más allá de unos cuantos milímetros: se encontraba, en realidad, inmóvil entre la madera del baúl y el segundo César Aira, y al mismo tiempo ahogado por los alientos irrespirables que esparcían la boca de su sorprendente contrincante y la suya. En ese momento crítico algo le indicó al primer César Aira que si quería demostrarle al segundo César Aira quién tenía el verdadero control de lo que sucedía dentro de aquel espacio cerrado, debía quitarse las gafas inmediatamente, revelar, con un auténtico gesto enérgico, con cierto frenesí performático, que el amo y el señor del baúl era él. Y así lo hizo segundos más tarde, no sin cierta intertextualidad que reforzaba románticamente ya no solo la esencia de un combatiente de muay thai sino también la imagen de un bandolero del Lejano Oeste: hinchado de veneno, mostrando los colmillos al igual que un gato cósmico, el primer César Aira se despojó de las gafas como si estuviera a punto de patear a alguien que acababa de caer al suelo y las lanzó directamente al rostro del segundo César Aira (lanzar es un verbo un poco exagerado en este caso en particular, lo correcto sería decir que se las sacó con violencia y que las gafas rebotaron en el rostro de su contrincante, ya que la distancia entre uno y otro clon era muy corta, seguramente de no más de dos centímetros). Como era de suponerse, el segundo César Aira se mostró sumamente enfadado una vez recibido el golpe del primer César Aira; era posible observar en su cuello los trazos marcados de las venas y un color rojo encendido en gran parte de su fisonomía. La singularidad del momento, la presión del instante, toda la energía que contenía en sus células eucariotas y que lo distinguía como un ser viviente se concentró en su cabeza, en la parte más dura de su cráneo, y de esa manera, con la frontalidad y la irreflexión de un íbice ibérico que reta al jefe de la manada, el segundo César Aira embistió al primer César Aira con un testarazo que hizo retumbar profundamente los confines del baúl. Lo que sucedió después, dependiendo de la versión consultada o de la filmación a color o en blanco y negro, puede entenderse como una situación abstracta en el mejor de los sentidos, cuya indeterminación esencial provee pocas respuestas a quienes se animan a inquirir por ellas (en realidad, lo correcto sería decir que la respuesta total es el vacío, y que el vacío es en el fondo un tipo de materia inaccesible y oscura). Hasta donde se sabe, el primer César Aira y el segundo César Aira nunca asomaron del baúl después de aquel encuentro, y la caja decimonónica, ahora inexistente salvo por una insignificante manija de metal, fue desmantelada durante una exhibición pública por un grupo de estudiantes de termodinámica de la Escuela de Tecnología de la Universidad de Bremen, en Bremen.

Biografía

Salvador Luis (Perú, 1978) es narrador, editor y crítico cultural. Ha publicado varias colecciones de cuentos y nouvelles. Se desempeña como profesor de cine y literatura. Sitio web: www.salvadorluis.net

Twitter: @SalvatoreLuigi1