De la contracultura al establishment: cómo la revolución se convierte en mercancía
La contracultura nació como rechazo de los valores convencionales, vociferando independencia y originalidad, que poco a poco se quedó atrapada en un empaque de plástico para adquisición de los compradores.

Entre las décadas de 1960 y 1970 el término contracultura va revoloteando por Estados Unidos y Europa. El rock había sacudido las caderas de los jóvenes, la marihuana y el LSD andaban en boca de todos y nuevas formas de percepción del mundo, nacida ante el rechazo violento a lo establecido, fueron etiquetados como contracultura y el tiempo lo enmarcaría como culturas urbanas.

El concepto de contracultura fue acuñado por el catedrático Theodore Roszak en la publicación de su libro El nacimiento de una contracultura en 1968. El libro se leyó como una biblia.
El mismo Roszak definía a la contracultura como una exploración del comportamiento concreto de la conciencia y “la experiencia psicodélica se nos muestra como uno entre otros métodos posibles de explorar esa exploración”. Es el rechazo a los valores establecidos por generaciones anteriores, una búsqueda una conciencia propia.
El rock fue pólvora para una generación que con una reacción adolescente intentó asesinar los valores del padre. Desde Elvis, que con su rock ’n’ roll para blancos, tuvo una crítica constante por religiosos al destacar que su música motivaba sexualmente a los jóvenes. Todo esto se traduciría después -junto con la invasión Británica, el hipismo y su acercamiento a la experiencia con ácidos o cannabis- en un época psicodélica de amor, paz y… ¿conformismo?
Desde la banda The Who había una crítica al movimiento hippie. No soportaban su amor y paz, cuando estaban llenos de ira, así admitió el vocalista Roger Daltrey en el documental Las siete eras del rock (2007). Así nació el punk en la década de 1970, que miraba a los hippies como conformistas y decidieron ser más reaccionarios en su forma anarquista de ver el mundo.
Desde la simpleza de la expresión de sentimiento de Ramones con sus canción I wanna be Sedated o la rabia de Sex Pistols con su himno God save the Queen en el que expresó su rechazo a la monarquía inglesa, hasta la canción Demolición de la banda peruana Los Saicos. Todas retrataron la intención de destruir las instituciones calificadas como arcaicas.
Aunque el anarquismo invadió el punk, existían varios músicos que solo creían en una expresión artística libre: como la banda The Velvet Underground, Patti Smith, Talking Heads, Blondie, Television, entre otros. Patti Smith intentaba recitar poemas de Rimbaud en medio de abucheos y The Velvet Underground fueron apadrinados por el artista plástico de la época: Andy Warhol. La idea era liberarse de ideas que atascaban el proceso del cambio estructural de toda una sociedad y para eso se necesitó libros.
La crítica social desde la literatura existió desde mucho antes. Podemos colocar desde la novela El Gran Gatsby (1925) de Francis Scott Fitzgerald hasta el libro Sin blanca en París y Londres(1933) de George Orwell, donde retratan la sociedad capitalista, su antipatía con la pobreza y la dificultad de sobrevivir. Pero existe un inició de todo y el perseguido comunista Dalton Trumbo, guionista ganador de dos Oscars, dio el paso al publicar su novela antibélica Johnny agarró su fusil (1939) para criticar la intervención de Estados Unidos en la Segunda Guerra Mundial.
Trumbo inició una actitud que estalló 20 años después de la publicación de su novela. Aun así, los representantes de esa época variaron. Está la Generación Beat -encabezados por Jack Kerouac, Allen Ginsberg y William Burroughs- que expusieron el consumo de drogas, la libertad sexual y la pobreza de los hipsters -aficionados que adoptaron la vida de un músico de jazz- en la década de 1940. Otros personajes como los escritores Norman Mailer, Hunter S. Thompson, Kurt Vonnegut hasta el historietista Robert Crumb personificaron los valores contraculturales y se presentaron contra el suceso más polémico de ese momento: la Guerra de Vietnam.
Esta revolución cultural no solo tuvo banda sonora y bibliografía, sino un ambiente político en cambio constante. Por un lado, el Movimiento de Derechos Civiles, liderados por Martin Luther King, movilizaba miles de afroamericanos para la obtención de sus derechos como ciudadanos desde 1954 hasta 1968, cuando Luther King fue asesinado. También el famoso rechazo a la guerra de Vietnam, como símbolo de la política intervencionista de Estados Unidos que se manifestaba desde Trumbo.

Además, el comunismo -el coco estadounidense- se colocó frente a sus ojos en una isla al sur de Miami: Cuba. Ernesto ‘Che’ Guevara, el médico argentino y participante de la Revolución Cubana, se convierte en ícono de la contracultura por una fotografía tomada por Alberto Díaz en 1960. La revolución liderada por Fidel Castro no solo llamó la atención de intelectuales y artistas latinoamericanos, sino estadounidenses como Allen Ginsberg y europeos como Jean-Paul Sartre y Simone de Beauvoir. El espíritu de un cambio político se respiraba en aquellas épocas.
Los eventos de mayo de 1968 son producto de todo lo anterior. En Francia nació una ola de protestas contra la sociedad de consumo y una necesidad de reforma política en la democracia que se vivía, encarnada en el rechazo al primer ministro Charles de Gaulle, líder de la resistencia francesa contra la Alemania nazi. La inconformidad se expandió por Europa y cruzó el charco hasta Latinoamérica, pero lo sucedido en México fue lo más terrible: la matanza de estudiantes universitarios en la Plaza de las Tres Culturas en Tlatelolco. América Latina no estuvo totalmente al margen de estos cambios.
Los cambios políticos, con los demás elementos culturales, se van masificando y van perdiendo reacción. Charles Manson aniquiló el sueño hippie cuando asesinó, con la Familia Manson, a la actriz Sharon Tate y cuatro personas más. Cuba le dio un toque siniestro a la revolución con la aprehensión de intelectuales cubanos críticos al régimen y la creación de campos de concentración para homosexuales. Por otro lado, en 1977 el músico Mark Perry a escribir en su fanzine Sniffin’ Glue que “el punk murió” cuando la banda de punk inglesa The Clash firmó un contrato con la disquera CBS. Las utopías se van desmoronando para dar paso al mercado.
Símbolos culturales del movimiento hippie al igual que el punk se convirtieron en moda y lograron mercántilizarla. Pantalones acampanados, crestas de colores, ropa deshilachada o de cuero mal parchada, todo se volvió un producto de venta y más que la búsqueda de identidad fuera del establishment, como determinó Roszak, se volvió una creación de una identidad que gira entorno a los productos de consumos: una cultura urbana.
Desde los hippies, los punks y los hipster han mutado. De ser jóvenes en búsqueda de autonomía, ahora son una marca personal de una comunidad que consumen, viven y piensan en una forma similar. Los personajes como el ‘Ché’ Guevara, solo quedaron como una recuerdo de la rebeldía pasada, representados estampados para camisetas.

