Cuento: Servicio al cliente

Por Carlos Jauregui.

What never was, “La lección de esgrima”. Fernando Bayona.

Seguimos con el rito. Son más de cinco meses y contando que no te dejan dormir. Bastan dos timbrazos agudos. Contestas colérico el teléfono y no recibes más que el tono raso de llamada terminada. Sé que son las dos treinta de la madrugada y que tienes que levantarte antes de las ocho; eso solamente si tus engorrosos hijos no empiezan la fiesta para la escuela a las cinco y media. Si esto llega a pasar, te quedan tres horas y algo más de sueño. Apenas lo habías conciliado, volvías a encaramarte en aquella maravillosa fantasía estelarizada por la mujer del cubículo de al lado de tu oficina. Una escena tan perfecta que parece real: te quedas tarde cualquier día preparando un reporte cuando de repente, ella se levanta y te susurra al oído algo tan morboso que empalaga; y en instantes, están ambos envueltos en un remolino pasional digno de narración de Miller. Imposible retomar la escena ahora que has volteado y has visto a tu señora enfundada en su nada sensual gorra de dormir, embadurnada de esa crema que en el transcurso de la noche transforma almohadas en pantanos. No bastó que listaras el número como privado. Tu reloj de imitación marca los sonoros segundos, recordándote no sólo el tiempo que no duermes, sino también la cantidad de sueño que vas perdiendo. Otro día en la oficina abatido y con rostro de muerto viviente. ¿Quién carajos marcará siempre a esta hora?

Ya que tu mujer ronca como perro con moquillo a escasos centímetros y que definitivamente no lograrás conciliar el sueño, decides levantarte e ir a la cocina. Sentado sobre una silla y con brazos recargados en la mesa comienzas el trabajo detectivesco: ¿Quién te haría pasar por esto? Recapacitas, la pregunta se invierte y ahora piensas más bien en quién no lo haría, pues varios nombres vienen a tu mente. ¿Quién haría semejante tortura? ¿Tu odioso suegro, quien jamás te aceptó y quien te dejó bien claro que jamás serías bienvenido a su santa casa?, que ambos sabemos nada tiene de santa. Pero infieres, sería estúpido pues si así fuera, su hija, su hermoso tesoro jamás dormiría tampoco. ¿Entonces Ramírez? El cabrón siempre la ha tenido contra ti desde que lo acusaste de robarse artículos de papelería en la oficina y quien quedó marcado con aquél apodo que atinadamente le pusiste para deleite de todos.

¿Martínez, el vecino?, ese tipo es un sin-que-hacer que ni siquiera coopera con la vigilancia de la cuadra. Además, aquella vez que lo insultaste en la reunión vecinal de noviembre bien pudo haber conseguido tu número del directorio. ¿O la señora del veintidós a la que le echaste a los del municipio por tener tanto gato maloliente?

¿Quizá algún compañerito del colegio? Ahí sobraban palurdos a los cuales les hiciste la vida imposible ¿no? Absurdo, esas son cosas de niños y se olvidan, un abusivo tan ínfimo como tú, seguro con un par de sesiones en terapia queda en el pasado. Sigues dándole vuelta: ¿Cómo no lo habías pensado? Aquél compañero de tu esposa. El gañan ése con quien tu mujer hace ronda para el trabajo; ah, ya todo va tomando forma. Inclusive te has preguntado si no hay algo más entre ellos. No te fías del zorro ése hijo de puta. Cabrón carita de no-mato-una-mosca, sabes que en el fondo siempre ha deseado a la Maru; tú que tantas veces le has dejado bien claro que ningún hombre es amable a menos que quiera cama.

Bebes un vaso de agua y enciendes un cigarro mentolado de tu mujer. Miras en la tarea de tu hijo que las operaciones tienen el punto decimal mal puesto. La ventana todavía acusa oscuridad pero va clareando, pronto se hará de día. Otra noche más en vilo sin respuesta. Nada funciona, el identificador de llamadas fue un gasto innecesario ya que se hacen de teléfonos públicos. Simplemente llaman y cuelgan.

Desconectar los aparatos tampoco funciona ya que la paranoia de la Maru al no poder recibir llamadas de la enfermera de su madre hace que el sentimiento de culpa sea peor que el insomnio mismo. La averiguación policiaca terminó olvidada en un atajo de papeles. ¡No se les perdiera su aguinaldo cabrones porque entonces sí, hasta al Scotland Yard involucran! No tiene ningún efecto mentar madres o preguntar cada vez que contestas porque del otro lado jamás hay respuesta; el autor del acoso no busca ofender o amenazar, ¡Simple y puramente es afán de joder!

No te explicas quién tendría el tiempo y las ganas de mantenerse despierto sólo para hacerte la vida imposible. Tú no podrías, no tienes la disciplina que implica la tarea en sí. Terminas el cigarro tratando de atar cabos, pero es como atrapar mariposas sin red. El sueño te va venciendo, y ruegas que hoy sea el último día de llamadas. Lo que tú no sabes es que mañana se repetirá el rito, y pasado mañana, y el día después, y el día después de ése porque no descanso los fines de semana. Me molesta que no intuyas que tu verdugo utiliza el mismo medio con el cual diariamente tú hostigas gente, invitándolos a conocer nuevas promociones bancarias, ofreciendo seguros inservibles, exigiendo referencias que no te corresponde pedir sólo para cubrir tu cuota semanal.

Sorprendente que no te pase por la cabeza que quizá te dieron un número e hiciste una llamada de más. El culpable absoluto eres tú. No tienes la culpa de mi estado, ni de mi enfermedad, pero en nuestra relación los términos de víctima y ofensor tu misma actividad los confunde. En un par de horas irás al trabajo, te sentarás en tu patético cubículo y seguirás marcando y tachando nombres; y como tú no paras de hacerlo pues yo tampoco. Verás, yo hago lo que todos los incautos que llamaste alguna vez quisieran hacer pero que no tienen el tiempo.

Excelente día, nos marcamos mañana a las dos y media.

Biografía:

Carlos Jáuregui (México, 1978) es abogado por mero requisito curricular (UIA 2003, USD 2009). Master de la Universidad Complutense. Fanático de cualquier mala idea, de consejos no solicitados, de tertulias nocturnas que no llevan a nada y de proyectos literarios no remunerados. Actualmente radica en el DF.