Entre anillos espejados


A Papá un coágulo lo pescó con el puño envuelto en la pluma, mientras revisaba uno de sus viejos ensayos, un sábado por la tarde en Praga. “Un pinchazo indoloro”así lo describió Mirka, cuando telefoneó para darme las nuevas. Me avisó, además, que me había dejado el departamento en Belgrano.

- El de Migueletes y Juramento- dijo batallando con la ausencia de diéresis en la palabra migueletes.

Me informó que estaría viajando en la semana, pues su esposo quiso ser enterrado en Buenos Aires. Cuando pregunté cuántos años tenía papá, me respondió sesenta y uno; como quién acepta como la cosa más natural del mundo que un tipo de sesenta y uno se caiga muerto sobre un mar de papeles incompletos. Así sin más, sin avisarle a nadie,

Los VHS- Rodrigo Becerra

Considerando que el tiempo me sobraba y era la primera vez que ella venía para la Argentina, le ofrecí pasar a buscarla al aeropuerto. Pareció dudarlo un instante, pero finalmente aceptó con un: excelente, aterrizaré el lunes. Y con la conversación agotada, los dos colgamos el teléfono a la misma vez.

Malena me preguntó desde la mesita de la cocina, con quien había estado hablando. Cuando le conté todo el asunto abrió tanto la boca que le pude ver los trocitos de bizcocho todavía aferrados al paladar.

¿Te dejó algo? — me preguntó impaciente mientras me cebaba un mate.

El departamento en Belgrano. El de Migueletes.

Tan contenta se puso, que se largó a llorar ahí mismo, en la cocina. Recuerdo mientras la abrazaba haber reflexionado sobre lo insólito de ver a una persona llorar lágrimas de felicidad después de enterarse de la muerte de otra (incluso tratándose de un desconocido). No podía culparla realmente. Aquel barrio era un nefasto y el departamento nos venía como anillo al dedo. Con Vicentito ya teníamos suficientes preocupaciones como para encima andar haciéndonos mala sangre con que si las tuberías tenían plomo o no, o si el nene podía salir a jugar a la calle sin que un camión le reviente la cabeza.

El vuelo de Mirka arribó a las 16:20 desde París después de pasar más de 10 horas en el aire. Una viuda preciosa, pensé al verla asomando la cabeza por la puerta de arribos. Vestida de un negro simple y con una bufanda roja abrazándole el cuello. Su andar ligero emanaba la seguridad de una mujer acostumbrada a acaparar toda la atención del cuarto con tan solo cruzar la puerta. Tenía treinta y dos, dos años más que yo y veintinueve menos que papá. A él lo mandaron por separado, metido en una caja dentro de una van color plomo.

Como yo aún seguía desempleado, el tiempo me sobraba para ayudar a Mirka con los detalles del velatorio. Así que ese día y el siguiente, lo pasamos recorriendo de un lado a otro, tramitando los papeles necesarios y dando el parte a las pocas amistades que papá había conservado en Buenos Aires. Más de uno ya había muerto y la gran mayoría ni siquiera sabía de mí.

Lo terminamos cremando, siguiendo las instrucciones que le había dado a Mirka una tarde hace varios años. O al menos así ella justificó su decisión. Con el ataúd deslizándose lentamente por la rampa que desembocaba en el horno, recuerdo haber reparado en lo curioso de la escena. Ahí estábamos Mirka y yo, dos desconocidos observando… no, asegurándonos, de la destrucción final del único vínculo que nos unía. Un cuerpo desconocido para mí. El de un hombre del cual que yo no había visto ni escuchado nada (más que algunos rumores mal intencionados) por más de 20 años.

Incluso mientras lo velaba, no pude ver a papá. Todo podía tratarse de una estafa extraordinaria, quizás producto de su remordimiento y su vergüenza. Quizás solo quería dejarme su departamento para así ayudar a su hijo con la crianza de su nieto. Quizás su orgullo de hombre chapado a la antigua le impedía hacerlo personalmente. Una noción linda, pero finalmente ridícula. Hipnotizados por su voracidad, ambos observamos fascinados las lenguas de fuego bailando tras el vidrio del horno.

Las cenizas las tiramos al Río de la Plata. A la altura de Olivos o Vicente López, no recuerdo bien. A Mirka la invite a cenar a casa para así poder charlar y conocerla un poco.

En 4 horas estoy volando.-

Le ofrecí al menos llevarla al aeropuerto, pero me rechazó nuevamente adjudicando que yo debía pasar tiempo con Malena y Vicentito. Con una sonrisa melancólica encendió dos puchos y me alcanzó uno.

No seas como tu padre- dijo exhalando rapidito.- fue un gran hombre, pero causó mucho daño. Mejor quedarse pequeño y felíz ¿No te parece?

Recuerdo la humedad tibia en la colilla del pucho y la sabrosa marca de rouge hecha por sus labios. Casi como besarla.

Un mes después los tres nos estábamos mudando al departamento. Más allá del polvo en las ventanas, y alguna que otra mancha de humedad en el techo, el espacio estaba muy bien mantenido. Era amplio y bien iluminado; y ni con todas las cosas que trajimos desde la casita en Adrogué pudimos completarlo. Afortunadamente, el departamento ya se encontraba a medio amoblar, sin embargo nunca pude quitarme de encima la sensación de vacío.

¿No te parece che, que deberíamos poner una mesa ratona al lado del espejo circular del lobby? — Le preguntaba día por medio a Malena. — ¿O quizás o un cuadro frente al sillón de la sala?

Malena no parecía compartir mi sensación de vacío al recorrer nuestro departamento. Simplemente encogía los hombros y decía que para ella estaba bien así, o que no había plata para comprar una nueva lámpara. Con el correr de las semanas, seguí mi modus operandi usual y logré empaquetar toda la angustia al fondo del cajón.

Papá había dejado atrás varias cajas embaladas juntando polvo en un depósito. Con pericia me dediqué a investigarlas, amparándome en las horas libres del hombre desempleado. Álbumes de fotos, libros, la mayoría de la época en la que él aún vivía en Buenos Aires con mi madre. Entre las cajas de papeles y las pilas de libros mohosos, encontré una tarde el baúl con las cintas. 4 VHS en un pequeño cofre de roble. Todos en perfecto estado y rotulados con una etiqueta que leía VICENTE.

Por muchos años lo único que papá y yo compartimos fue el nombre. Los años y los pedacitos de información que fui recopilando a lo largo de mi vida no habían hecho más que acrecentar mi curiosidad. Ver su nombre -y por ende el mío- escritos en la cubierta de estas cintas disparó en mi un apetito voraz de respuestas.

A salir del depósito recorrí la ciudad como un desquiciado, trotando de negocio en negocio hasta encontrar una videocasetera que funcionase. Le termine comprando una a un peruano en el Once. Una caja oscura y gastada; manipularla avivó en mí intensos recuerdos de mi infancia. En algunos estaba papá, jugábamos a la pelota o veíamos películas juntos. Me gustaría poder decir que puedo diferenciar las memorias reales de las fantasías recordadas, pero no es así.

Con la cinta ya cargada, el aparato comenzó a hacer funcionar sus mecanismos internos. La cinta siseaba al pasar rápidamente por el cabezal del reproductor, como una serpiente anunciando problemas a venir. Me senté frente a la pantalla negra, y miré.

Los tubos catódicos del televisor se reorganizaron formando una imagen familiar. Un espejo. El gran espejo circular que me recibió minutos antes al entrar al departamento. El círculo espejado a su vez estaba compuesto por distintos círculos concéntricos que devolvían la imagen de una cámara puesta en un trípode. Y eso, solamente eso.

Nada se movía en la pantalla. Los minutos pasaban y la imagen era la misma. Nada más parecía ser notable, más que el bendito espejo de hierro.

Adelanté el video para corroborar si había alguna otra imagen para ver, pero no hubo caso. Comprendí que la cinta no era más que eso: Dos horas de una cámara grabando un espejo.

Confundido, cargue una nueva cinta a la videocasetera. El ritual se repitió, con el siseo del cabezal y una imagen idéntica formándose en la rudimentaria pantalla. Reproduje consecutivamente las dos cintas restantes y no encontré más que lo mismo. El espejo de anillos concéntricos devolviendo la imagen de una cámara. Las 4 cintas eran copias casi perfectas. Grabadas contra el mismo fondo por la misma cámara sobre el mismo trípode. La única diferencia parecía radicar en los ruidos de la calle que brotaban impersonales desde la derecha del encuadre.

Descorazonado por lo insípido de mi descubrimiento desconecté el VHS y guardé las cintas en su baúl. Sin saber muy bien que hacer, y con varias horas libres por delante, me decidí por estudiar de cerca el espejo.

El espejo es decididamente más pesado de como se ve en las cintas. Está compuesto por un cristal circular y pegado a él un marco de hierro negro. Inmediatamente unido a este marco circular hay un nuevo anillo de vidrio que a su vez está pegado a otro anillo de hierro que sostiene una segunda circunferencia espejada. Dependiendo de donde uno lo vea, el objeto devuelve un reflejo fragmentado de la persona. Compone una figura verosímil en su centro, pero conforme se va acercando al límite, la inter-periodicidad de los círculos de hierro y vidrio van deformando al espectador y alterando su perspectiva. Quizás, por eso, razoné, papa eligió usar una cámara. No hay allí una percepción capaz de ser engañada por emociones o nociones preconcebidas. A su objetivo frio y artificial nada puede escapársele.

Especulando sobre el tema, comprendí que las cintas habían sido grabadas por mi papá y no para él (o para mí). Sin embargo, esta reflexión traía consigo nuevas problemáticas. Mi papá decididamente eligió permanecer oculto a la hora de filmar el espejo, ya que en ningún momento se puede ver a un camarógrafo manipulado la cámara. De no ser así, inferí, hubiese visto su reflejo en alguno de los círculos encendiendo o apagando la grabadora.

Envalentonado por mi descubrimiento corrí a la sala dispuesto a revisar nuevamente las cintas. Oportunamente, escuche el roce familiar de las llaves contra el cerrojo de la puerta. Por el rabillo del ojo, pude ver a Malena reflejada en uno de los anillos. Volvía del trabajo y tenía puesta su expresión usual de perpetuo cansancio. Cuando me pregunto qué fue lo que hice en todo el día, no pude evitar sentirme ofendido y le respondí de mala manera. Lo que siguió fue una discusión que en las próximas semanas se iría volviendo rutinaria.

Los servicios de luz y agua eran cada vez más caros, y las cuotas del colegio no hacían más que aumentar. Mi carrera de escritor, nunca llegó a levantar el vuelo que alguna vez prometió. Era momento de que consiga un trabajo. Yo lo sabía. Ella también. Pero Malena no quería ser la verduga de mi sueño así que se aferraba a la pequeña esperanza de que yo llegue a esa conclusión por mis propios medios.

Infantilmente, lo pospuse unos días, esperando a que sea ella la que se acerque e inicie la pelea. Sin embargo, fue en vano. Quizás se había dado cuenta de mi tramoya o quizás aún seguía enamorada de mí, no lo sé. Me encontré a mi mismo todos los días esperando a que se vaya a trabajar, para así poder dedicarme al estudio de las cintas. Estaba obsesionado y tomó que mi hijo me encuentre a la madrugada con la nariz pegada a la pantalla para que llegue al punto en que ya simplemente me daba vergüenza ver su carita, y que salga a tocar puertas y buscar empleo. La crisis económica en aquel entonces reinaba rampante y había diezmado a gran parte de la fuerza laboral. Por varias semanas me queme las suelas recorriendo la ciudad acompañado por un coro de puertas cerrándose siempre a mis espaldas.

Sin embargo, el misterio de las cintas no dejaba de seducirme desde su baúl. Cada vez que derrotado abría la puerta, me recibía el maldito espejo circular. Su gran ojo proyectaba mi frustración hacia todos los rincones del departamento. Reflejado en sus anillos concéntricos, el departamento se veía alterado y deformado. Una noche, la tentación demostró una vez más ser superior a mi buen juicio, y me encontré a mí mismo escabulléndome hacia las cintas del cajón.

La pantalla nuevamente despertó y vomitó una imagen. Malena y el nene dormían profundamente. Aprovechando las horas sin interrupción que tendría adelante, busque lápiz y papel y comencé a tomar notas. Primero, mis apuntes siguieron una lógica y buscaron emular, en cierta forma, al método científico. Anoté la duración precisa de cada película, intenté estimar la fecha de grabación o al menos de fabricación de la cinta en sí. Anote el país y la fábrica donde fueron ensambladas. Los detalles de la cámara, la hora estimada del día, la pared exacta donde estaba colgado, la altura del trípode y la extensión del eje de reflexión del espejo.

Con el sol frío asomándose entre los edificios, mi cuaderno estaba repleto de fórmulas y datos inferidos, pero no había allí ningún hilo conector para unir a todos esos nodos.

La siguiente noche la dedique a buscar fallas, o pistas que remitan a un sentido perdido. La gran pregunta subrayada en mi cuaderno dictaba ¿Qué ha llevado a Papá a filmar este espejo? ¿Por qué había dedicado horas, quizás días de su tiempo a un acto tan extraño?

- Quizás era una prueba de cámara.

- ¿De ser así, porque cuatro? ¿No alcanzaba con una?

- Quizás solamente estaba enviando pruebas de la existencia del espejo.

- ¿No bastaba acaso con una fotografía?

- Quizás era parte de una obra de arte conceptual

¿No habría entonces, algún libro sobre arte entre las cajas del depósito?

Cada nuevo detalle que sacaba, no hacia mas que aumentar el misterio y mi obsesión por resolverlo.

Pude notar, en el minuto 36:18 de la cinta 2, una leve variación en el reflejo de la cámara desde el segundo anillo, como si alguien hubiese colocado una plancha de vidrio entre la cámara y el espejo y hubiese decidido , por diversión o malicia, hacerlo vibrar ligeramente de manera casi imperceptible. Luego de verlo y reverlo varias veces, concluí que de la misma forma que podría efectivamente tratarse de una vibración en una plancha de vidrio, podría ser simplemente una falla óptica del lente o un producto de un desgaste causado por el roce constante de la cinta con el cabezal del reproductor.

El argumento que finalmente llevó a convencerme de la importancia de las cintas llegó a mí en mi cuarta revisión consecutiva. Después de pasar horas frente a la pantalla, noté (por más estúpido que sonase) la ausencia de mi padre en todo tipo de material. El espejo devolvía claramente la imagen de la cámara, pero nunca el de mi padre. Realizando una serie de experimentos apresurados confirmé la insensatez de intentar de escapar de su reflejo. Su ángulo de reflexión probó ser demasiado grande, y no había forma de prender la cámara y salir del encuadre a tiempo sin ser capturado por el reflejo. Todo esto solamente podría significar una cosa: Las cintas no eran accidentales. Las imágenes que estaba viendo estaban manipuladas, pero con la intención de esconder ese montaje. Papá estaba huyendo de su propio reflejo.

Ensimismado, meditando sobre las nuevas repercusiones de mi descubrimiento, mis oídos fallaron a la hora de escuchar el murmullo de los pasos en la puerta principal. Segundos después las cerraduras berrearon y Malena irrumpió con el nene aun llorando en sus brazos. Aparentemente, en mi entusiasmo por llegar a la verdad, había olvidado a Vicentito en el colegio. Las profesoras no pudieron hacer más que llamar a su madre al trabajo, que lo pasó a buscar recién dos horas después. La siguiente hora la repartimos entre discusiones y explicaciones y un poco más tarde, antes de irnos los tres a dormir, comimos fideos con manteca.

Esa noche, como todas las noches, el espejo me visitó en sueños. Me vi atrapado en sus anillos concéntricos, huyendo de una voz a mis espaldas que me forzaba a moverme hacia adelante. La perspectiva parecía alternar entre el lente de la cámara y mis propios ojos, forzándome su perspectiva. El resultado era una serie de imagenes inconexas que se forzaban en mi subconciente. Y la voz, aquella voz oscura y burlona que me susurraba desde los límites circulares. Siempre avanzando, caminando y caminando buscando la salida; olvidando (o eligiendo ignorar) la continuidad perpetua del anillo en el que me encontraba. Desperté con una presión insufrible en el pecho y con la horrorosa impresión de haber envejecido 32 años.

Como todas las noches del último mes, me deslicé cuidadosamente fuera de la cama, cuidadoso de no despertar a Malena. En la oscuridad del departamento, coloqué mi celular frente al espejo apoyándolo en una pila de libros. La voz continuaba susurrándome impertinencias desde el rincón más oscuro de la sala, sin embargo, nunca dejé de sentirme en control de mis acciones. Es cierto, fue la voz la que me aconsejó cortar los fragmentos del video para esconder mi accionar, pero fui yo quien elegí hacerlo. Simplemente, se sentía como lo más natural del mundo. En la pantalla del aparato- un nuevo espejo- observé mi carta de despedida. Dejé el celular cargando en una repisa, y escribí en el dorso mi nombre y el de papá. Al tiempo que me percaté, (quizás por primera vez, es difícil recordar) que era el nombre de mi hijo. Dandole una última mirada al maldito espejo, noté que de alguna forma, tenía ahora un nuevo círculo concéntrico y devolvía una imagen ya completamente deformada de mi. Mis ojos se mantenían en el centro, anclando el caos antropomórfico que era el resto de mi rostro. Mis orejas en mi frente, mis cachetes bajo la boca y esta última a mi lado susurrando obscenidades. Todo amalgamado en una pesadilla que no hacía sino replicarse y deformarse aún más, conforme se iba alejando del centro.

Con la noche aun reinando y el torso desnudo empapado de penumbra cerré cuidadosamente la puerta principal. Imposible predecir cómo reaccionaría Malena la mañana siguiente cuando despierte en una cama vacía. Espero realmente que no se culpe a sí misma, pues todo este asunto la superaba. Vicentito, ahora Vicente, crecerá entre la incertidumbre y la convicción. Imposible saber cuándo se tropezará con la verdad, quizás al tiempo de mi muerte, cuando alguna mensajera extranjera le traiga las noticias negras. Con la única certeza de que mi vida acababa de tomar de manera permanente un nuevo rumbo; me interne en la noche. Mi cuerpo, todavía atolondrado por tantas emociones, agradeció el roce de la brisa nocturna contra mi pecho desnudo. Y en algún lugar de la ciudad una bandada de cotorras comenzó a cantar.


Originally published at www.revistaplasma.com.

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