Versión narrada
La gitana —Rodrigo Becerra

La luz calidad del sol se filtraba entre los arboles nudosos y resecos. «Otoño», pensó mientras una brisa fría le rozaba las orejas. Camino mecánicamente por las callejuelas húmedas. Su mente en otro tiempo mientras el camino iba desenvolviéndose delante de él. Observó la rutina a si alrededor. Los comerciantes cerraban sus negocios. Las ventanas ahora escupían sus imágenes y ruidos tras pesadas rejas grises. Los dependientes ponían trabas y candados con manos apuradas, ansiando volver a sus casas.

«Casa», pensó.

El concepto ya le resultaba abstracto. Doblo automáticamente a la izquierda, entrando al callejón sin salida. Los cubos de basura despedían un olor dulce y agrio que hasta ese día no podía bloquear.

Quizás algo combativo, pero últimamente resignado, se dejó llevar por esa mano que a veces creía sentir detrás de su cabeza. El TI-LIN eléctrico lo despertó de su letargo. Busco impulsivamente entre todas las botellas de whisky hasta encontrar la más grande y barata. Los ojos del turco detrás del mostrador lo miraron indiferentemente. Sus ojos se volvieron a posar en aquella caja con sus imágenes y sonidos.

«13», escuchó.

Sus manos rebuscaron en sus bolsillos y sacaron un puñado de billetes y monedas. Silenciosamente se puso a hacer las cuentas. Como siempre, deseó que no le alcance, pero sabía que era en vano. El dinero siempre parecía aparecer en su bolsillo. Depositó en el mostrador el dinero en billetes de 5 y monedas sucias. Con la bolsa en la mano salió del local y el TI-LIN eléctrico lo despidió al cruzar la puerta.

Volvió bruscamente del letargo. Nunca lo podía evitar. Sentía el ardor agresivo dejar su boca, bajar por su garganta y humedecer sus úlceras. Ignorándolo, siguió tomando hasta que sintió como su visión se nublaba. Los sonidos de la calle no parecían corresponder a las figuras que veía. «Ecos de otros tiempos», pensó. Rápidamente ahogo esa noción dando otro trago de la botella.

«Volvieron los gitanos», dijo la voz a sus espaldas, ¿o era a su derecha? «Montaron campamento en la ribera».

«Alguien debería hacer algo», manifestó una segunda voz, «esas gentes no son bienvenidas aquí. ¿No cree usted?»

«No», pensó, «mil veces no», pero solo alcanzó a balbucear un «sí».

Pasaron 10 minutos y se encontró tumbado en al asiento trasero del coche destartalado. El cuero olía a sexo y vomito. Con rabia, pero sabiendo que ya nada podía hacer, balbuceo la orden al conductor para que avance. La radio gritaba una música rápida y artificial.

«Inglés», pensó, «creo que es inglés».

Recordó algún tango perdido mientras un hilo de baba resbalaba por el costado de su boca. Sintió el reflujo formando en su estómago. Lo ahogo con un trago largo de la botella casi vacía.

«Bueno», pensó, «quizás mañana sea distinto».

Escuchó al conductor decir algo, o quizás al copiloto. Ambos rieron. Las náuseas volvían y faltaba el whisky. Cerro los ojos y trato de dormir, ¿o era despertar? Abrieron la puerta bruscamente y entre insultos lo arrojaron a la tierra.

«¡Borracho de mierda!», escuchó desde el barro.

Allí se quedó, inmóvil. Veinte minutos después, con los pantalones todavía meados sintió como su cuerpo lo levantaba. Las llamas pintaban de naranja la noche. No muy lejos de ahí se podían oír los gritos y llantos. Vio al coche pasar a toda velocidad tocando la bocina mientras zigzagueaba por el terraplén. Un pensamiento lo asaltó, cruzando las nubes de alcohol. «Tienes que esconderte, los gitanos te encontrarán».

«Que me encuentren», se dijo, «que me revienten a palos como un perro, cualquier cosa antes que esto».

Sus ojos se posaron sobre unos arbustos debajo de un puente. «Ese sería un buen escondite». Tambaleándose se acercó. Primero escucho los jadeos. Luego los pasos. Segundo sintió el miedo, en sus días reinaba el miedo. Dos personas. Venían apuradas. Esperó agazapado y cubierto por las hojas a que pasen. Esta vez la noche no tenía estrellas. A unos 600 metros el campamento todavía ardía. Los pasos se acercaban.

«No me van a ver», pensó.

En su mano pesaba la botella de whisky vacía, la más grande y barata que pudo comprar.

«Siguen de largo».

Los pasos aceleraban su marcha. A tientas, odiándose por hacerlo, se incorporó entre los arbustos. Los pasos se detuvieron, los dos pares de ojos verdes se clavaron en los suyos. Pardos, cansados. Sitio la cólera del animal acorralado y salto gritando hacia adelante.

Las náuseas, la impotencia y el miedo eran insoportables. A pesar de todo cuando vio la botella reventarse en la cabeza del chico sintió placer. Su conciencia le gritaba, le suplicaba que se detuviese, pero el cuerpo se movía solo. Los músculos recordaban su rutina.

«Basta idiota».

Empujó a la mujer, ya habría tiempo para lidiar con ella.

«No lo hagas», su pierna se movió veloz como una serpiente y pateo la cabeza blanda. Los dientes desparramaron por el piso. El TIC-TIC que hicieron al rozar el pavimento le recordaron al TI-LIN del almacén.

«No tiene caso», alzó su pierna nuevamente.

«Es imposible escapar». Descargó todo el peso de su cuerpo en el cuello del adolescente. Mientras el pecho se iba inmovilizando lentamente, sus ojos se posaron en la mujer.

Recordó la primera vez, como ella lloraba y se arrodillaba frente al niño. Solo la primera. La segunda, la tercera, la cuarta, la centésima y el resto de las innumerables veces, la mujer solamente reía. Su piel oscura brillaba con sudor. La luna decidió salir y se mostró roja entre las nubes. En su mente se golpeaba contra las paredes. El fuego en su interior, la rabia, se mezcló con la lujuria y el deseo. En su mente lloraba.

«Basta, por favor», la mujer suplicaba entre risas.

Arrancó el vestido y los senos cayeron. Firmes, jóvenes.

«No me hagas esto», pensó.

La mujer reía a carcajadas. Sonidos secos, llenos de veneno. Le lastimaban sus oídos. Desesperadamente intentaba detenerse, pero no podía. El cuerpo seguía su rutina. Resignado trato de esconderse en el hueco oscuro y frío que su conciencia fue cavando a lo largo de los años. Quería escapar de la voz. Era en vano. El cántico maldito era ensordecedor. Escuchó las palabras salir desde su cabeza, brotar por sus propios ojos, nariz, oídos. Palabras negras, prohibidas. Mientras penetraba con violencia a la mujer escuchaba su maldición. Alguna lengua perdida, olvidada salvo por unos pocos. Nunca entendió con exactitud las palabras, pero sí su significado. Horrorizado vio el resultado de su locura. La mujer yacía en el suelo. Muerta. Pero la risa seguía. Aquella risa insoportable siempre seguía y no hacía más que aumentar.


Publicado originalmente en www.revistaplasma.com el 31 de octubre de 2016.

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