La larga lluvia

La sirena aulló una, dos, tres veces. Clemens dejó lo que sea que hubiese estado haciendo y saltó sobre la mesa de acero, sorprendiéndose en el camino con la velocidad de su reacción. Corrió por los pasillos vibrantes hasta llegar a la habitación de control. Allí encontró al capitán y a Phillips intentando analizar la situación disparada por las pantallas. Los tres hombres escucharon horrorizados el crujir ominoso del casco de la nave, el acero temblaba y chirriaba como si estuviese siendo rasgado por unas zarpas monstruosas.

Space Sirens- Marco Fasano

- Es una explosión. Gamma. Alguna estrella del sector 12 27-PL. Parece estar arrastrando materia.

- ¿Una tormenta de meteoritos? — Clemens se oyó decir.

El chasquido infernal de la roca contra el acero disipó toda duda. A su alrededor, el mundo vibraba y gritaba mientras la fuerza de los impactos no dejaba de acrecentarse. Clemens se percató de la bola fría en su estómago, aquella que le recordaba constantemente la probabilidad de su propia muerte. En sus 33 años de vida no había sentido nunca ninguna tan fría y viscosa como esta.

- ¿Donde esta Johansson? — preguntó.

-Afuera- fue la única respuesta del hombre, sus ojos nunca se despegaron del tablero.

Clemens corrió hacia el sistema de comunicación. Si no hacían algo, la tormenta lo despedazaría. Gritó su nombre al intercomunicador, pero la radio no devolvió nada más que estática. Entre el caos de alarmas y advertencias dentro de la nave, los tres hombres se miraron en silencio, atendiendo solamente al sonido de aquellas garras escarbando contra el acero del cohete.

-No hay nada que hacer- dijo Phillips.

- Puedo ir a buscarlo. Es posible que la radiación interrumpa nuestras comunicaciones- Clemens señaló al punto brillante en una de las pantallas. — ¡Allí! La señal de su traje sigue activada. ¡El sigue allí afuera!

La respuesta del capitán fue cortante.

-Ya perdí un hombre, no pienso perder otro.

Clemens comprendía la lógica en las órdenes del capitán, pero eso no le evitó horrorizarse ante su frialdad. Tras las ventanas circulares saetas de fuego y luz partían el vacío. Avanzaban contra la tormenta, o está contra ellos, imposible determinarlo. Una colisión a más de 25 millones de kilómetros por hora. Con sus medidores averiados era absurdo predecir cuándo pasaría. Quizás tan solo unos minutos más, quizás el radio de la tormenta se expandía por millones de kilómetros y terminaría inevitablemente arrastrándolos. Saboteando su rumbo, llevándolos a nuevos confines inexplorados. El universo, Clemens había aprendido, no estaba desprovisto de cierta teatralidad.

Para los hombres no había mucho que hacer más que esperar. La sensación de los minutos vuelto horas los envolvió, condensándose en las paredes de metal, volviendo el aire un velo asfixiante. Gradualmente los repiqueteos de las rocas contra el acero se fueron volviendo progresivamente más escasos y la tormenta pareció disminuir en intensidad. Los tres hombres aguantaron la respiración hasta que solamente los gruñidos de las máquinas y el llanto agónico de las sirenas prevalecieron. Los astronautas se quedaron en silencio, temerosos de romper el hechizo protector que el silencio parecía otorgarles.

- Creo… creo que ya pasó- Clemens se atrevió a decir.

Sin embargo, la bola fría seguía allí, enterrada entre el estómago y sus tripas, advirtiéndole que algo seguía mal.

THUMP.

Los tres hombres intercambiaron miradas.

THUMP.

La bola más fría que nunca.

THUMP.

El tercer golpe sonó a sentencia. Los tres hombres se miraron compartiendo la certeza de que este era el final. Nuevamente los tres golpes se repitieron y recién ahí Clemens reaccionó. El hombre bajó corriendo las escaleras hacia la escotilla haciendo oídos sordos a los gritos de su capitán. Los golpes se repetían ahora con mayor regularidad. Clemens saltó a su traje, maldiciendo los minutos que le tomaba preparar cada parte de este. Los golpes continuaban y Clemens no podían evitar sentirlos cada vez más desesperados.

Cuando abrió la escotilla, su terror se volvió alivio. Frente a él estaba Johansson, aterrorizado pero vivo. Su mirada perforó a Clemens. Los ojos de un hombre muerto. Avanzó torpemente extendiendo los brazos hacia su compañero. Mientras Phillips cerraba la escotilla, los hombres se fundieron en un abrazo torpe. Una vez dentro, y con el ambiente presurizado, Johansson solamente alcanzó a llorar.

Estaba sedado y con herida en su brazo cauterizada y bajo control. No debería causar mayores problemas, fue el diagnóstico apresurado del capitán. La computadora escaneó el cerebro de Johansson y mostró signos de un fuerte episodio de estrés post traumático. A Clemens, le pareció un precio barato para pagar, teniendo en cuenta la situación.
Una vez dentro, Phillips fue el primero en notar la gran brecha en el traje de Johansson. El traje estaba chamuscado y maltrecho a la altura del codo izquierdo donde el meteorito había impactado. El polímero sellador de emergencia del traje fue lo que le salvó la vida. Phillips observó el vientre de su compañero subir y bajar a un ritmo irregular.

-Es ilógico. Las posibilidades de supervivencia son…

-Sin embargo, aquí está. -El capitán fuecortante-. La computadora muestra que aún seguimos en el camino de la tormenta. Es imposible saber cuándo vendrán, pero esperen nuevas lluvias.

La atmósfera artificial se cargó de un pesimismo real. Mientras los dos hombres discutían el protocolo de acción que mejor se aplicaba a su situación, Clemens había dejado de oírlos. Su mirada estaba posada en la oscuridad tras las ventanas circulares del cohete. Revolviendo entre la nada, sus ojos buscaron meteoritos, pero encontraron tan sólo la negrura del vacío. En la lejanía, inalcanzables, brillaban pálidamente las estrellas. Tan solas, alfileres plateados clavados en un gran manto negro… Eterno. “Nunca te dice cómo es verdaderamente.” Reflexiono. De niño al inscribirse a la academia soñaba con viajar entre nebulosas y orbitar planetas imposibles. Los telescopios alimentaron su obsesión trayéndole paisajes de extrema belleza. De infinita rareza. Sin embargo, nadie nunca le habló del frío, del silencio y de la nada. El espacio, en su avasallante mayoría, no era más que eso… espacio. Un abismo infinito, con nada arriba, nada abajo y especialmente con mucha nada en el centro

-Eso no es cierto- se corrigió Clemens- yo estoy en el centro.

Se preguntó dónde, entre toda esa oscuridad, viajaba el meteorito que partiría su nave en dos y los vomitaría a esa oscuridad. “En algún lado debe estar, destinado a viajar a través de la nada, toparse con algo, anularlo y seguir su trayectoria” Se imaginó a si mismo flotando y cayendo eternamente como aquel detestable montón de roca. Sus ojos vieron figuras entre las tinieblas. Cuerpos rodeando la nave, justo en el umbral donde la oscuridad y las tenues luces del cohete batallaban incansablemente. “quizás son los cuerpos de otros viajeros, cayendo para siempre, esperando a que me una a ellos”

La sirena interrumpió sus fantasías. Nuevamente uno, dos, tres gritos. Los hombres saltaron a sus posiciones, aunque la situación escapase completamente de su control. El casco tembló y nuevamente escucharon los arañazos de la piedra contra el acero. Entre las luces Clemens vio a las figuras bailando. Invitándolo con sus movimientos sensuales a que se les una en su baile condenado. Cerró los ojos y simplemente rezó. la nave crujía y chillaba, luchando por no ser despedazada. Repentinamente, con la misma inmediatez con la que comenzó, la lluvia se detuvo. Los tres hombres nuevamente temieron romper el silencio, pero ninguno tuvo que hacerlo, pues a dos habitaciones escucharon los gritos.

Johansson estaba incontrolable. Se agitaba y convulsionaba, arrancándose con violencia los cables que lo unían a la computadora medicinal. Entre los dos hombres lo sostuvieron mientras el capitán inyectaba el sedante. La histeria había tomado control absoluto de su cuerpo y lo había dotado de una fuerza casi sobrehumana. El efecto fue inmediato: Johansson fue invadido nuevamente por un sopor y quedo repitiendo para sí mismo una palabra, cada vez más suavemente hasta convertirla en susurro.

-Mavia…Mavia…No me dejes, Mavia….Mavia.

Phillips recuperando el aliento explicó que el pobre diablo estaba condenado.

-Mavia es el nombre de su esposa.

Clemens intentó calmarlo hablándole al oído. Sin embargo, el capitán le recordó, con su pragmatismo usual, que aún tenían trabajo que hacer. Clemens quiso golpearlo, pero se detuvo a último momento. Por la ventana, la realidad seguía tan indiferente como su capitán.

Los tres hombres restantes se sentaron a deliberar. Concluyeron que sin comunicaciones, su posibilidades eran nulas. Debían buscar auxilio y disparar una señal de emergencia a todos los confines. Eventualmente, quizás alguien responda. Sin embargo, con la antena destrozada por los meteoritos, esto parecía una opción cada vez más lejana.

-Podríamos enviar una señal de auxilio. ¿No hay estaciones en este sector?

-Y ese es solo el inicio del problema- El capitán habló- La respuesta podría demorar décadas en manifestarse.

Siglos pensó Clemens.

-Solo nos queda una opción…

-El letargo criogénico- Clemens termino la oración.

La última medida. El sueño estelar. Una sentencia de muerte disfrazada de salvavidas. Dormir y esperar que alguien algún día en algún tiempo remoto los despierte. Clemens miró a la nada buscando sin saber qué. Algo, cualquier cosa aparte del reflejo de sus ojos cansado. Recordó a la mujer que había dejado en la tierra. La vieja y querida tierra. Ya estaba muerta. O él para ella, daba igual. Jamás se volverían a encontrar. Acababa de perder todo. ¿Para qué seguir? Sin embargo, la idea de sentarse a esperar a que la muerte simplemente sucediese lo repugnó. Se maldijo a él, a su suerte, y todas esas películas de ciencia ficción que lo condenaron desde niño.

-Si. Sin embargo, alguien debe salir y arreglar las comunicaciones. O todo será en vano.

-¿Alguien?- Phillips lanzó una carcajada seca cargada de dolor.

-Yo lo haré- Clemens dedicó una sonrisa a su reflejo- ¿qué más nos queda?

El casco se cerró sobre su cabeza lanzando el silbido habitual.

-Ambiente presurizado, todo listo para salir- habló más que nada por fuerza de hábito, pues con las comunicaciones averiadas, no había nadie al otro lado que lo escuchase.

Phillips y el capitán lo despidieron en el puente. La ceremonia fue breve y funcional, al igual que los dos hombres. Johansson continuaba hablando para sí mismo. Repitiendo el nombre de su esposa.

-Está ahí. Mavia está ahí fuera. Mavia. Clemens, la vi… Mavia Mavia, la necesito. -

Clemens estudió el traje de Johansson abandonado en el suelo como un montón de trapos sucios. El polímero chamuscado en el brazo izquierdo era testigo de la fuerza del impacto. Le llamó la atención, sin embargo, la naturaleza de los cortes, delgados y transversales, que recorrían la manga hasta el codo. Más parecido a un cuchillo que a un martillo. Clemens no pudo evitar verse despedazado por una ráfaga. Arrastrado hacia los confines y con los años desmenuzado y vuelto polvo estelar.

La sirena amarilla avisó que la escotilla estaba a punto de abrirse. Clemens enganchó su traje a la guíaque se unía a su cinturón como un cordón umbilical de acero. Con cada paso, sintió la gravedad artificial desvanecerse hasta que solamente pudo avanzar flotando, impulsándose con sus brazos. De un empujón salto al vacío, vomitándose al velo negro.

Nada que ver ni oír, tan solo su respiración agitada condensándose en el polímero del casco. Clemens se aferró a la nave y pasó su mano enguantada por las cicatrices del acero. Cientos de abolladuras, ninguna mayor al diámetro de una moneda, poblaban el revestimiento del cohete. Bastaba que una sola perfore el acero para que toda la vida saliese disparada por la abertura. Se concentró en la misión. La antena de comunicaciones se encontraba a unos 40 metros sobre su cabeza. El plato estaba bastante maltrecho y el mástil estaba despellejado, mostrando sus vísceras electrónicas. Escaló rápidamente, agradeciendo la liviandad que el espacio vacío otorgaba a sus movimientos. En su ascenso entre las incontables abolladuras notó unas finas marcas extendiéndose por todo el casco. Largas y misteriosas, diferentes a las otras cicatrices. Le recordaron a los cortes en el traje de Johansson. Clemens deseo tener más tiempo para estudiarlas.
 -Vamos idiota, que te vas a morir. — tuvo que recordarse.

Esta vez ni siquiera tendría la sirena de la nave para avisarle. Avanzó los últimos metros y se puso a trabajar. A pesar del daño la reparación fue breve, tan solo soldar unos cables y ajustar unos tornillos; sin embargo, dentro del traje y de espaldas a la muerte, los minutos se sintieron como horas.

-Clemens a control… responda control.

-¡Aquí control… Clemens, maldito enfermo lo lograste! ahora entra de una vez antes que…

La sirena aulló nuevamente una, dos, tres veces. Los hombres acompañaron sus gritos con los propios. Clemens vio algo golpear el acero frente a él y salir disparado en otra dirección. Luego otro impacto, y un tercero. Sabía que debía huir, pero la tentación era muy grande. En su nuca podía sentir a las figuras bailando. Llamándolo. Giró su cuerpo y enfrentó el vacío. Las estrellas se abalanzaron sobre él. pequeñas saetas de piedra y hielo surcando el vacío. Avanzaban a toda velocidad mientras disparaban colores vibrantes. Clemens cerró los ojos y bañó su rostro en el caleidoscopio infernal que las lluvias proyectaron dentro de su casco. Entre todas las voces arremolinándose dentro de su casco, escucho la de Johansson, repitiendo sin cesar el nombre de su esposa.

-Mavia, Mavia, Mavia

En la atmósfera presurizada de su casco los gruñidos rebotaban entre sus oídos y las voces sonaban como ecos espectrales. Ruidos de lucha. Insultos. Súplicas. Gemidos. Clemens no podía hacer más que imaginar la escena. Lo último que escuchó antes de que la estática dominase todo, fueron los gritos desesperados de Phillips, suplicándole que no abra la escotilla.

-Es que tu no entiendes- contestó llorando Johansson- ¿Soy el único que escucha?

Segundos después los tres hombres se perdían en la oscuridad absoluta del universo. Clemens vio con magnético horror cómo sus cuerpos convulsionaban desenfrenadamente hasta ser despedazados por la lluvia de estrellas. Ya no había nada que hacer. Quiso llorar, pero ni siquiera fue capaz de eso.

A su alrededor las piedras desmantelaban la nave por partes, quitando primero el acero, luego el aluminio y continuando hasta llegar a los polímeros interiores. Clemens espero en silencio su turno, sin embargo, algo lo llamaba desde el vacío. Las luces del caleidoscopio estaban cada vez más cerca. Una voz, una mujer parecía hablarle, cantarle en una lengua antigua, terrible y desconocida pero no por eso menos hermosa. Las saetas de fuego lo rodeaban y entre ellas emergió una mano, luego dos, luego tres. De entre la maraña de luces y partículas surgió un rostro. Infinitamente ajeno al suyo, pero igualmentebello. Sus ojos eran dos carbones al rojo vivo y su pelo enmarañado parecía estar hecho del hilo que unía incontables nebulosas. Las galaxias bailaron en sus labios. Su rostro era el del universo, cambiando y re acomodándose sus facciones, vio en ella todos los paisajes posibles, un universo de posibilidades, ese con el que había soñado de niño. La sirena de su casco le advirtió de la brecha en su traje. El aire huía silbándole en los oídos de pronto no hubo nada. Nada en su nariz, nada en sus pulmones. Solo ella. Irradiando luz y posibilidades. Acercando su boca infinita a la suya y enseñándole sus colmillos estrellados. Roca e hielo, roca e hielo.


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