La muralla verde


Muralla verde- Mariano Díaz

Una vez alcanzado el claro desenfundó el sable y lo enterró en la tierra, parodiando una humilde proclama territorial. Los rayos del sol se filtraron desiguales entre los recovecos de los árboles, tejiendo una red de sombras sobre su yelmo oxidado. Con manos enguantadas limpió el sudor de sus ojos y meditó sobre el camino a seguir. El ejercicio era inútil —había concluido tiempo atrás— pues en la impenetrable muralla verde que lo rodeaba era imposible desentrañar un rumbo. La vista no podría sino penetrar unas pocas varas hasta empotrarse con la hermética maraña de vida y muerte que era la selva de este Nuevo Mundo.

Fernando de Azcuénaga escupió hacía la tierra húmeda. A pesar de la insoportable humedad del ambiente, su garganta se sentía árida como un desierto. Tomó con ambas manos una gran hoja de un verde intenso y sorbió las gotas de agua condensadas en su tallo. Su arrogancia ibérica odiaba imitar el comportamiento de los salvajes, pero usualmente su sed probaba ser mayor que su orgullo. El líquido broto generosamente de la hoja saciándolo momentáneamente. Sintió gotitas de sudor o agua —era imposible determinar— deslizándose por su barba rala y despeinada. En algún momento había sabido ser sedosa y de un negro azabache, pero la naturaleza y la desesperación habían reducido su melena a un puñado de pelos maltrechos y encenizados. Con el paso incesante de su marcha, la vida se le desprendía por trocitos. Su piel —ahora con un tono amarillo y enfermizo— se pegaba como cuero viejo a los dos pozos celestes en su rostro. Los labios destrozados por el sol, parecían disminuirse con cada relamida de su lengua pastosa.

El suelo a su alrededor estaba repleto de troncos podridos y maleza aferrada a sus botas. Pero nada de eso preocupaba al conquistador, pues cuando alzaba la mirada podía ver por unos minutos el cielo. El celeste profundo, sobre su cabeza tenía un efecto tranquilizador en él. Un recuerdo necesario de que, a pesar de estar perdido en este infierno verde, los ojos de Dios estaban posados en él. Acompañándolo en su misión. Sus dedos se enrollaron alrededor del crucifijo de plata que colgaba de su cuello. Sin dudas su posesión más preciada, una reliquia otorgada por su majestad Isabel de Castilla en el día de su partida.

«Para que proteja a vuestra merced» —había recitado la niña con su boca de porcelana.

En el pasado, Fernando era capaz de entregarse a sus plegarias y allí hallar cobijo de sus miserias. Pero con el correr del tiempo, la selva siguió su curso habitual y devoró incluso esa parte de él. Ahora cuando cerraba los ojos, no se sentía surcando los cielos azules, si no enterrado en esta tierra húmeda y viscosa acompañando al resto de las bestias. Este era, al fin y al cabo, su reino.

Y este era un reino vivo. Consciente. Fernando no tenía duda alguna de ello. Tampoco que él era un intruso en este reino, y que sus habitantes deseaban verlo muerto con la misma intensidad que él a ellos. Mientras avanzaba luchando contra la vegetación podía escuchar a los pájaros cantando canciones funestas. Invocando criaturas rastreras. Insectos diabólicos lo miraban con docenas de ojos, mientras avanzaban silenciosamente por sus extremidades. Las bestias mayores, los grandes gatos, ocasionalmente tropezaban en su camino buscando una pieza de él. El sable y el fuego era sus armas predilectas y habían probado ser efectivas. No significa esto que sus batallas habían sido fáciles. Los colmillos y las garras le habían propinado profundas heridas al cuerpo del conquistador. Incontables. Todas y cada una amagaban con ser la que finalmente acabe con él. Y más de una vez, extenuado tras una batalla, Fernando de Azcuénaga se echaba en la tierra esperando morir. Sin embargo, con la luz del amanecer sus heridas aparecían cerradas, como meras cicatrices. Recubrían su torso, sus piernas y brazos. Cada nueva cicatriz aparecía coronada por pequeñas flores blancas de dulce aroma.

«El infierno no pretende dejarme escapar» —concluyó tras despertar una mañana con el pecho cubierto de flores; tan solo unas horas antes, la vida se le filtraba por los agujeros que dejaron unos colmillos descomunales.

Pero sin duda, el peor de todos los peligros, era el salvaje pues suyas eran las armas de la selva. Nunca podía verlos, pero sabía que siempre estaban allí. Observándolo. Los oía en el viento, los sentía en el agua y los olía en la tierra. Su presencia invocaba la del dios profano. La serpiente.

«Meras mentiras» —vociferó Fernando en el pasado— «Pues la forma de la serpiente es la de la bestia. Y ella es madre de mentiras, engaños y todo lo malo».

Los salvajes lo miraron con ojos vacíos, sin entender las palabras de su boca.

«¡Pérfidos! Si realmente fuesen parte del rebaño de Dios, comprenderían la sagrada lengua española» —sentenció el padre Hinostroza, convaleciendo desde su camilla de hojas. 5 días atrás había sido mordido por una mosca extraña y su salud no dejaba de empeorar. Considerando que la marcha sería demasiado para el sacerdote, Fernando de Azcuénaga guío personalmente a la tropa hacia el templo de piedra. Tras sus muros encontró una colonia de salvajes. Niños y ancianos en su mayoría.

Los ánimos rápidamente se caldearon en la pequeña tropa de conquistadores, y la tensión culminó con el cocinero Hernán Pizarro tomando la estatuilla de oro de su pedestal de roca. Ante la ofensa, los salvajes respondieron abalanzándose sobre el hombre y despedazándolo con puñales emplumados. Sus tropas doblaron la agresión con fuego y acero. La carnicería fue corta pero voraz. Al terminar, yacían sin vida una docena de españoles —más de tres cuartos de la expedición— y un número aún mayor de salvajes. Con los pocos hombres que le restaban, Fernando de Azcuénaga ordenó replegarse. Él personalmente tomó la estatuilla de las manos tiesas de su compañero y guío la retirada.

Desde ese momento, comenzó una persecución enfermiza, por el reino de serpientes. Uno a uno sus hombres fueron sucumbiendo a las mordidas de las bestias, las en fermedades o los puñales emplumados. Uno a uno el dios diabólico cobró su cuota de sangre, hasta dejar a Fernando completamente solo.

Ya con las energías recuperadas, se calzó el bolso de cuero al hombro, y avanzó dando sablazos a la maleza. Para un observador ajeno, casi podría dar la ilusión de tener un rumbo determinado. Con cada nueva zancada la estatuilla duplicaba su peso. Las cintas de la bolsa se clavaban en su carne y agarrotaban sus músculos cansados. Oculto entre numerosos pliegues yacía su rehén. Aquel dios terrible que los salvajes llamaban Kukulkán, la serpiente emplumada. Según los indios, su reptar daba cuerda al mundo y de sus colmillos brotaba su poder sobre el tiempo, la vida y la muerte.

Tirar la estatuilla al fondo del río. La idea pasó por su cabeza incontables veces. Pero comprendió que esto no quitaría su influencia en el mundo, pues esta jungla era su reino y las aguas estaban a su disposición. ¿Cómo explicar si no, las lluvias constantes y esporádicas que relentecían diariamente su marcha? La única manera de librar al pueblo de Dios de su influencia maligna, era cruzar el océano y presentarle a España al dios en cadenas. Su meta era el mar. El mar significaría una escapatoria. Pero la marcha era continua y agotadora. Más de una vez Fernando se cuestionó si su tiempo no estaría avanzando en círculos, como una serpiente enrollada alrededor de un tronco.

La noche cayó sin reparo, y con ella la lluvia. Fernando busco refugio bajo unas rocas intentando en vano encender un fuego. Las noches en la selva no están hechas para marchar, pero aún menos para dormir. Los cantos diabólicos de las alimañas no hacen sino aumentar en volumen y densidad con la salida de la luna. Afligido por el aburrimiento, releyó las notas de su diario de viaje, pero las encontró pomposas y repetitivas. Se apiado del pobre diablo que las encuentre interesantes y le dedique una pizca de su tiempo. La lluvia no parecía amainar, pero la dinámica ya le era familiar. Tan repentinamente como el cielo expulsa su agua, la suspende. Era cuestión de esperar. Echó su cabeza atrás e intento dormitar un poco.

Despertó bruscamente, sus oídos alertados por algún sonido extraño. No era humano ni animal. No era de este mundo. Se sorprendió al encontrar en sus manos la estatuilla de oro, midiéndolo con ojos dorados. Fernando usualmente rehuía su mirada, temiendo caer bajo algún hechizo. Pero esta noche, quizás por goce propio o gracia de algún poder ajeno, le devolvió la mirada. Lejos de cualquier tipo de comunicación, la estatua permaneció callada. Eso quizás fue lo que más incomodó a Fernando. Que después de tantas leguas, tanto sufrimiento, tanta sangre derramada la serpiente permaneciera indiferente. Por primera vez Fernando barajó la posibilidad que quizás este demonio no fuese más que una fantasía. Pero de ser así…después de ver el costo de la odisea, ¿qué impedía entonces a su Dios no caer en la misma indiferencia? La angustia brotaba de cada parte de su cuerpo. La boca la sintió pastosa y terrosa, las tripas se le revolvieron mientras en su estómago aleteaba una bandada de mariposas. Fernando se vio poseído por un pavor insoportable. Abandonó el ídolo entre las rocas, y corrió despavorido hacia el maremoto verde.


Lo encontraron a la mañana siguiente, dos niños caminando hacia su trabajo en alguno de los innumerables Resort que plagaban las costas mexicanas. Enteramente muerto y mojado. Víctor Peralta Navarrete, el mayor de los dos, comentó a “La Riviera Impresa”

— Creemos que venía de la selva. Lo encontramos ahí solito, recostado en la arena y mirando hacia el mar. Su rostro tranquilo, con los labios llenos de arena y su cuello coronado en flores

Publicado originalmente en www.revistaplasma.com el 21 de noviembre de 2016.