La reina y sus subditos



aminó apartando la maleza con las manos, intentando que los recuerdos regresen a su cabeza. No todo era desconcierto. En su memoria se habían anclado ciertos axiomas inobjetables. Sabía por ejemplo, que su nombre era Joran, que tenía 33 años, y que 4 años atrás había dejado atrás los canales de su Ámsterdam natal, para conocer el mundo y todo lo que este tiene para ofrecer. Vivió aventuras, y amores, lo sabía, aunque los rostros y nombres específicos salieran de su alcance. Intentó reordenar sus recuerdos de manera cronológica, buscando su última memoria. Las palabras “Auténtica experiencia Amazónica” flotaban dentro de su cráneo como aquel cartel luminoso que daba la bienvenida a la choza de paja hace…¿4 días? ¿3 días?

Algo mordió su nuca. Joran reaccionó al pinchazo llevando su mano hacia su espalda. En su puño yacía magullado el cuerpo de otra hormiga. Nada descomunal por supuesto, pero si uno hubiese optado por compararlas con sus hermanas domésticas, la criatura rojiza que agonizaba en su mano se le presentaría varias veces más grande. Debo haber pisado su hormiguero o algo. Decidió darle poca importancia al asunto y continuar con su trayecto. No sabía exactamente qué hacer más que caminar.

-Moverse es vivir, quedarse morir. — El chico repetía su nuevo mantra, deseando darle más peso del que realmente tenía. — Moverse es vivir, quedarse morir.

El día estaba en su punto más alto, sin embargo pronto llegaría la noche, y sin saber por qué, Joran estaba convencido que eso nublaría aún más su mente. Joran comenzó a recordar en fogonazos, los detalles de su pasado inmediato. Recordaba ahora la choza con claridad. El olor a tierra y orines, el canto del brujo, las náuseas y las pesadillas manifestadas. Las paredes de barro, el techo de hojas, y en el medio aquel caldero con la sustancia. Su significado en Aymará era la soga de los espíritus, pero él la conoció por primera vez como Ayahuasca. Era curioso, sin embargo, pues no recordaba en ningún momento haber experimentado alguna alucinación, tan solo aquella pérdida de los recuerdos, que lentamente comenzaban a regresar. Muy bien, habré salido corriendo a la selva.- Joran sabía que eso no era poco usual- Lo que significa que no debo estar tan alejado de la choza.

Joran creyó comprender ahora una pieza importante del rompecabezas. La revelación no alteraba en lo más mínimo su situación y él lo sabía, pero en cierta forma, tener un objetivo claro (por más inefectivo que fuese) le daba cierta tranquilidad. Si tan solo pudiese encontrar la choza, el chico estaba convencido que todo tomaría sentido.

El chasquido de una rama lo alertó del movimiento a sus espaldas. Volteó la cabeza, pero solo alcanzó a ver el movimiento aleatorio de la maleza. Un mono quizás, o algún jabalí. Más lo incomodó la fina línea de hormigas marchando en su dirección. Parecían seguirlo a todos lados, imitando sus movimientos con sus seis patitas. Joran se preguntó si seguía alucinando, y cuanto tiempo tardaría su cuerpo en expulsar la sustancia.

Encontrar la choza le tomó 4 horas. Casi de casualidad, mientras bebía agua de una gran hoja, vio su techo oscuro alzándose entre los matorrales. Era mucho más alta de lo que esperaba. El cartel seguía prometiendo una verdadera experiencia amazónica, pero las puertas cerradas y el aspecto abandonado de la casa contrastaban con aquella promesa.

El ambiente le era conocido, las mismas paredes oscuras, y en el centro el mismo caldero ahora vacío, todos elementos familiares. Sin embargo, no recordaba el cadáver ubicado tras la puerta. El olor que despedía era asfixiante, y justificaba a las moscas que revoloteaban bajo el techo.Por la ropa, la pudo identificar como una mujer. Pero le resultó imposible emitir otra conclusión, pues su cuerpo era una horripilante amalgamación de huesos y pedazos de carne putrefacta. Cuando sus ojos lograron acostumbrarse a la penumbra del interior, el joven pudo notar las hormigas, dándose un festín con los restos de la chica. Emergían por cada orificio, de sus costillas, de su nariz hundida, de sus cuencas vacías. Exploraban el cadáver con metódica precisión, devorando laboriosamente su banquete. La visión de aquellos puntitos cubriendo y devorando todo a su paso se le imprimió directamente en el alma. Creyó sentir a las hormigas caminando por su propio cuerpo, viajando por sus venas y devorando la fina carne que dividía sus órganos hasta llenarlo completamente. Un dolor en el pecho, punzante y repentino, lo forzó al suelo.

El caldero brillaba en el medio del cuarto con una energía oscura. Los recuerdos volvían ahora a él como un torbellino. Esa chica, conozco a esa chica, oh Dios, esto no puede estar pasandome. La conocía desde que tenía 4 años, Mirjam, su hermana. Los recuerdos continuaban con su retorno brutal. El ritual y el sabor amargo de aquel brebaje, aquel concentrado de podredumbre y malas intenciones. Recordó la risa soberbia del brujo, y la presencia de otros 3 hombres. Recordó las lágrimas de su hermana. La violación. Recordó todo como entre nebulosas, revivió toda la escena con la misma impotencia que la primera vez. Los tambores y las lenguas de fuego acariciando el bronce del caldero. Y dentro de este, entre toda la oscuridad, el gusano, una vaina gris y arrugada que se le fue forzada por la garganta. Mientras descendía por su laringe, la pudo sentir palpitando cuesta abajo. Repleta de podredumbre y enfermedad. Los recuerdos zarandearon su espíritu y lo aplastaron con su monumentalidad. Sintió a la sanidad escabulléndosele por los ojos y a la locura rasgándole la nuca. El chico quiso gritar, pero temió que las hormigas entrasen a su boca. A su alrededor, observando el espectáculo, ahora había un coro de hormigas. ¿Será esta la manifestación de mi locura? ¿Estarán aquí verdaderamente estas criaturas?

Los insectos se limitaron a observarlo con sus múltiples ojos llanos. Las paredes de la choza parecían achicarse y colapsar sobre él. Tambaleándose y medio ciego aún por la migraña, buscó un escape a tanta miseria. Las hormigas se alejaban de sus pasos formando pequeñas islitas de suelo en aquel mar de insectos. Justo cuando se encontraba en el marco de la puerta, una sombra bloqueó su paso. Joran alzó los ojos y estos se toparon con la sonrisa podrida del brujo. Olía a cerveza, sudor y ron. Apestaba a muerte. Prendida a su brazo, arrastraba a una mujer de mirada apagada y llanto ligero.

-Tú de nuevo. Sabía que volverías. El ritual aún no acaba. — dijo sonriendo- Una verdadera experiencia amazónica.

Su cuerpo tembló con una ira acobardada. Se lanzó contra él con todas sus fuerzas, pero en su estado actual poco significaba eso. El brujo se apartó de su camino, y Joran se desparramó por el suelo afuera de la cabaña. La migraña continuaba, al igual que la rabia. Tomó una piedra y se la lanzó al hombre. Este la esquivó sin esfuerzo. Joran continuó arrojando piedras a sus pies, cada vez con menos fuerza. El brujo caminó cuidadosamente hacia él, atento a esquivar cualquier ataque sorpresivo del chico. Pero Joran ya no tenía energías para ello. Su cerebro ardía y el dolor penetrante en su pecho drenaba sus fuerzas. La chica a sus espaldas aprovechó la confusión para correr hacía la maleza. El brujo la miró irse largamente. Hasta mucho después que su espalda desapareciese entre el verdor.

-Carajo, tendré que buscar otra.

Joran vio entonces su oportunidad colgada del cinturón de aquel hombre. Tomó como pudo el puñal y lo clavó en el pie del brujo. El hombre gritó y lo insultó en mil lenguas diferentes. Antes que pudiese reaccionar, Joran ya había clavado el cuchillo en su otra pantorrilla. El hierro estaba afilado, y músculo y tendón rápidamente cedieron para darle lugar al hueso. En medio de un grito desgarrador, el brujo colapsó a su lado. En sus ojos brillaba ahora una ira asesina.

Se arrastró encima del chico y le empotró su puño en la boca. Una vez, dos veces, tres veces. Joran sintió sus dientes astillarse, y su nariz ceder. La sangre brotaba roja y cálida por su rostro.

-¿Crees que me vas a vencer, hijo de puta? ¿Tú a mí? ¿Tienes idea de con quién te metiste? ¿De lo que conozco? ¿De lo que soy capaz?

Joran solamente podía recibir los golpes aferrándose al puñal. A pesar de su contundencia, lo que más le dolía era el pecho. Los golpes seguían. El chico alzó el cuchillo para propinar una nueva estocada, pero su captor le detuvo la mano y le arrebató el cuchillo. La batalla había concluido, Joran yacía derrotado y quebrado. El brujo elevó el cuchillo al aire y pronunció unas palabras malditas en la lengua de la selva.

-Ahorita te la quito. Ahorita terminamos.

Sin embargo, la estocada nunca llegó. A cambio el que se encontró gritando era el brujo. Gritos desesperados, empapados en miedo. Joran no era capaz de comprender porque, hasta que el hombre le dio la espalda y la mostró cubierta de hormigas. Pululaban en su cuerpo como un plumaje negro y rojo. Mordían, roían y herían al hombre, despedazándolo de a trocitos. El brujo en su desesperación se echó de espaldas buscando aplastarlas. Ese fue su error, pues en aquel momento, una nueva ola de insectos cubrió su pecho y su rostro. Tal era su número, que pronto en los gritos se vieron ahogados bajo el millar de patitas y antenas que viajaban por su garganta. Joran observó aterrorizado la escena, sabiendo que pronto sería su turno. Sin embargo aquella muerte espantosa nunca llegó. En su lugar, las hormigas restantes habían vuelto a formar un coro a su alrededor. Las pesadillas lo miraban expectante amontonadas unas encima de otras.

-Me están protegiendo. — la afirmación sonó tan absurda como cierta.

Era innegable, que los insectos atacaron al brujo, en el momento que se abalanzó contra él. El dolor en su pecho crecía, opacando el de su cerebro. No era un infarto, ni un hematoma, era algo más. Un calor, una braza encendida bajo su esternón que no dejaba de roerle las entrañas. En ese momento Joran comprendió todo. La ironía de su situación no se le escapó, se supo un mero protegido de la casualidad. Recordó las palabras del ritual, y el sabor de aquel caldo amargo, bañando, guardando el gusano del caldero. El gusano que ahora vivía en su interior.

-Las hormigas no estaban resguardándome a mí… — Pensó amargamente el chico- sino a su reina

Y como una brutal confirmación de la selva, la piel de su pecho reventó repentinamente, y de la negrura del hueco, emergió la cabeza grotesca de una hormiga blanca. En sus mandíbulas monstruosas todavía se balanceaban pedacitos de piel y carne. Joran solo alcanzó a ver como empujaba el resto de su cuerpo por la abertura en su pecho y con sus movimientos sinuosos, caminaba por su cuerpo hasta posarse en su frente. Allí se dirigió en alguna lengua incomprensible y quizás sagrada, a sus súbditos. Expectantes, estos movían sus antenas desde el suelo, esperando la orden para iniciar el banquete.


Originally published at www.revistaplasma.com.

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