Partida por la noche

Las tres siluetas arrastraron las sillas y se sentaron formando un semicírculo alrededor de la pequeña mesa redonda. La noche estaba limpia en el campo, y corría una brisa fresca cargada con el olor de los eucaliptos y el chirriar de los grillos. El primer hombre tomó la botellita de aguardiente y sirvió tres vasos. El segundo hombre sacó las cartas, las barajó y las repartió. La mujer descubrió el revólver y les mostró a los otros dos la bala solitaria que descansaba en el tambor. Sin decir mucho, los tres chocaron sus vasos ceremonialmente y los dos hombres dieron inicio a la partida.

No habrá demorado más de 15 minutos. Era un juego rápido después de todo. Ambos hombres eran habilidosos jugadores, dependiendo más del engaño y la estrategia que del azar. Conocían las idas y vueltas del juego, y lo que era aún más importante, se conocían entre ellos. La mujer bebía en silencio descansando la mano en el revólver y fumando intermitentemente su cigarrillo. La escena era silenciosa más allá de las interacciones propias del juego. Truco, envido, quiero, no quiero, falta envido, son buenas. Los dos hombres tiraban las cartas en la mesa, acercándose sin darse cuenta al revólver que dominaba la partida. Finalmente uno venció al otro; cual de los dos no importa.

La mujer sirvió nuevamente su vaso y lo bebió de un saque. El aguardiente chorreaba por la comisura de sus labios, y recién ahí el ganador se dio cuenta que se había maquillado para la ocasión. Ambos jugadores, uno vencedor y otro vencido, observaron en silencio sus movimientos. El vencedor no pudo más y sollozó en silencio. La mujer lo fulminó con la mirada. Odiaba la debilidad, le resultaba intolerable.

— No arruines la noche, por favor.

El perdedor intentó evadir su suerte. Buscó negociar una salida, pero la mujer se mostró firme. Se levantó y caminó hacia ellos, dos niños a sus ojos, y los besó; gentilmente al principio pero con pasión al final. Tomó la mano del perdedor y la entrelazó con la suya, resguardando el revólver entre sus palmas. El vencedor decidió darles privacidad, se dio la espalda y miró al amanecer clareando el horizonte. El disparo quebró la noche. Cuando se dio vuelta, el hombre empuñaba el revólver humenate y la mujer yacía en en barro, con los ojos cerrados y el corazón lleno de plomo. Los dos jugadores la vieron exhalar su último aliento y tensar sus músculos en un último arrebato de vida. Al caer, la peluca se le había desprendido descubriendo su calvicie, revelando aquella debilidad que siempre odió. Con la salida de la noche, la mujer perdía un poco de su mística. Ya no era la criatura hecha de misterio y luna, era un asunto marchito, un cascarón arruinado por la enfermedad. Por primera vez aquellos jugadores, eternos rivales, la vieron afeada, encenizada. El vencedor palmeó la espalda del vencido.

— Lo siento mucho.

— Está bien. Era lo que había pedido. Irse en sus términos. Si se pone a pensar, se podría decir que venció al cáncer.

— Supongo que nunca sabremos con cual de los dos se hubiese quedado.

— Supongo que no.

Los dos hombres miraron el amanecer en silencio fumando hasta acabarse la cajetilla. Luego tomaron las palas y caminaron hacía el gran eucalipto que perfumó su partida. En silencio se pusieron a cavar la tumba. La tierra estaba húmeda por el rocío de la noche así que palear fue sencillo. Marcaron la tumba con una cruz hecha con ramas del mismo árbol. Nunca supieron si la mujer era religiosa o no, pero los dos hombres lo eran, así que decidieron hacerlo. Por ellos. Humedecieron la tierra con lo que quedaba del aguardiente y se marcharon, cada uno por su lado y sin saludarse. Uno se llevó las cartas, el otro el aguardiente. A la mujer la enterraron con su revólver.