Acerca de mí

“Mereces ser feliz porque sí. Por respirar, por haberte caído y haberte levantado, porque llevas en la piel de tu alma las cicatrices de lo que nadie más hubiera podido vivir. Y sobreviviste. Estás aquí, ahora. Vibras. Eres valioso. Eres hermoso. Y por eso mereces ser feliz”
Rita Arosemena P.

Mi esposa y yo en un Invierno en Chile (Junio 2017) PD: Hay que reírse para calentar el alma.

Me llamo Rita y escribo desde los 7 años (cuando aprendí a escribir, antes soñaba las historias).

Que haya comenzado a escribir a una edad temprana no significa que haya asumido desde ese momento mi vocación hacia la literatura. De hecho, hasta los 22 años no creí que fuera buena escritora… no creí si quiera que fuera escritora.

He aprendido que no importa el talento, la predisposición o el llamado que una persona sospeche que existe entre ella y una pasión si no hay primero, en esa persona, la capacidad de reconocerse a sí misma como alguien digno y merecedor de seguir sus sueños.

En mi caso, nunca creí en cuerpo y espíritu que pudiera dedicar mi vida a escribir, principalmente porque crecí en una familia donde la respuesta usual a mis aspiraciones literarias era que los escritores (y los artistas en general) se mueren de hambre.

Francamente, no quería morir de hambre.

“Levántate y vive. Los árboles también doblan sus ramas cuando llueve, mudan la piel, los años, los frutos… Se resecan, mueren y renacen, y mueren y renacen. Levántate. Vive. Has pasado por ríos de tristeza más profundos antes y sobreviviste. Vas a sobrevivir ahora. Levántate y vive”
Rita Arosemena P.

Una vez escuché que si quieres dejar un legado en el mundo debes creer en alguien y enseñarle todo lo que sabes, pero si quieres construir el camino hacia tus sueños, el primer paso es encontrar a alguien que crea en ti.

Yo no creía en mí, y el universo me dio el regalo de enviar a mi vida a una persona capaz de creer en lo que yo escribía como si ella fuera mis manos y las palabras fueran saliendo y tejiéndose de su bondad.

Así que a los 23 años asumí que soy la única responsable de subir y bajar las velas de mi barco, y que estar viva me concede el derecho a ser feliz por, para y desde mí. Que no hay que irse a la cama sin haber perdonado ni sin haber confesado los amores porque los silencios amargos envenenan el alma y uno termina muerto a destiempo, en horas que no convienen.

Desde entonces, escribo mejor.

Rita Arosemena P.

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