Las cosas que me encantan cuando corro en el Parque del Este

Caracas no tiene muchos lugares amplios para correr, pero el Parque del Este es un ícono de la ciudad que yo disfruto al máximo, porque no sólo corro allí sino que cuando corro procuro disfrutar de esas cosas que muchos dejan de lado y no aprecian.

El sábado estaba haciendo un largo y generalmente esos días presto más atención a mi alrededor para no pensar en si me duele esto o aquello, o si estoy cansada, o en cuánto falta. Esos son los días que sin que me dé remordimiento me paro y tomo fotos de las cosas que me gustan.

Esta vez no fue que me paré a tomar la foto, sino que en la acera por donde estaba corriendo (estacionamiento norte) venía muy horonda ella, una pereza. Obviamente no podía pasarle por encima o por un lado (son lentas, pero no se confíen. A la hora de un zarpazo los sorprenderán). Así que me detuve y hablé con ella como si fuera a entenderme o responderme. Aunque en varias ocasiones se detuvo y me miró con su carita de: “¿Me vas ayudar o te vas a quedar ahí parada hablándome?” Iba determinada, buscando un lugar en el muro que pudiera alcanzar para subirse a un árbol nuevamente.

Me preocupaban dos cosas: que si subía al muro y caía al otro lado (habían pocos árboles donde estaba) iba a dar en los kennels de los perros de PoliChacao. No era buena idea. Y, si cruzaba hacia el estacionamiento, por su color y que los conductores no iban a estar pendientes de qué era lo que estaba en el piso, la fueran a atropellar.

Así que detuve mi reloj y caminé con ella. Como dije, de vez en cuando se detenía, me miraba y seguí buscando ese trecho en el muro para subirse.

Se paró una muchacha en un carro, preocupada también. Le dije que iba a buscar a algún trabajador del parque para ver cómo hacíamos con ella y, al levantar mi cabeza, veo que vienen dos caminando. Me acerco, les cuento, uno de ellos la tomó por el lomo (salieron como dos docenas de bichitos de su lomo) y la llevó a la zona Xerofítica (o algo así). Les agradecí y seguí mi trote.

Hace dos semanas por querer reunir a un gatico de unos tres meses con su mamá recibí una buena mordida. Pero eso me hubiera pasado en cualquier otro lado, jajaja.

Al finalizar mis entrenamientos es normal llegar hasta donde está “Caliope”, la nutria. Es parte del estiramiento relajarse mientras uno la ve nadando, comiendo, jugando.

Hace tres semanas se me cruzó un rabipelado en pleno trote. Me detuve y él corrió hacia un árbol, que subió casi tan rápido como los monitos.

Y así se nos va el entrenamiento en la semana. Viendo los patos cruzando de un lado a otro, los morrocoyes en sus actos de amor, los Cristofue llamándonse unos a otros, las maravillosas y escandalosas guacamayas que se posan en cualquier parte e incluso se dejan tocar, las perezas, las ardillas peleonas, los perros que se meten a escondidas y que trotan a tu lado como si fueran tuyos.

No sólo es trotar y entrenar el cuerpo, también debemos estar abiertos a entrenar la mente y disfrutar lo que damos por sentado y no percibimos en el apurado mundo en el que vivimos.

Disfrutar del amanecer en el parque, de la vista del Ávila, de saberse dentro de la selva de cemento y a la vez estar tan lejos.

Estas son las cosas que me encantan de correr en el Parque del Este.

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