Nos pasa a algunos que ha medida que encontramos obstáculos en algo que nos gusta nos empeñamos en dar lo mejor de nosotros y demostrar que sí se puede.
Nos pasa a los tercos, a los obstinados, a los que queremos mejor, a los que queremos probar a quienes dijeron que no podíamos que con contancia, disciplina y mucho empeño, sí se puede.
A veces nos colocamos metas/retos para probarnos a nosotros mismos que sí podemos, que sí valemos. Porque una vez pase la energía, la edad, y nos llegue el momento de recordar lo que pudimos hacer y lo que hicimos es más gratificante decir: “Me costó un mundo, pero lo logré”, a decir: “Ojalá lo hubiera intentado”.
Una tía me dijo una vez que siguiera haciendo las carreras para que las medallas me quedaran como consuelo cuando fuera vieja. Sí, dijo consuelo. Me sonó triste, patético y conformista. Yo en cambio hago estos retos para cuando llegue a vieja, si ese es mi destino, pueda ver mis medallas, las fotos, los recuerdos y decir que son mi gratificación, mi recompensa. Que sí pude.
Con todo esto y con muchísimo miedo, comencé a pensar en septiembre en el maratón CAF de Caracas. No me sentía preparada, tenía (tengo) miedo del esfuerzo en mis rodillas, había tanto que hacer-entrenar y yo entreno sola, en fin, el miedo me paralizó.
Luego de lo de mi tío, la vida tan corta, tan injusta, tan ruda, puse los puntos sobre las íes, me replanteé el asunto, hablé con una nutricionista y un médico deportivo y pagué mi inscripción con algo en mente: Voy a ver si puedo hacer el entrenamiento y si puedo, entonces voy al medio maratón.
Cuando mi amiga Gaby me decía que iba a correr 14 kilómetros a mi me daba un terror indescriptible. Ya saben, ese “No puedo, es demasiado” que uno se impone muchas veces.
Ya corrí 14, 15 y 16 kilómetros. Ya pasé por una gripe terrible que me dejó 4 días en cama con fiebre y sin poder entrenar una semana. Ya sentí dolor en sitios que no sabían que existían. Sé que es rudo, MUY rudo, pero mi meta, más allá del tiempo, es hacer esos 21K en menos de 3 horas.
Las reglas del maratón son muy específicas, esa era mi primer miedo, que me sacaran. El segundo miedo, si mis rodillas aguantan. El tercer miedo, qué pasa si me quedo sin agua. El cuarto miedo, ¿y si no llego? Y así he ido.
Al día de hoy falta un poco menos de 8 semanas para el 23 de febrero y lo que me toca es más mental que físico.
Esos 21K los haré por mí, porque aún puedo, porque quiero recordar algún día que hice otra cosa que me asustaba, que hice algo que me decían que no podría hacer, y también los haré por él, por mi tío. Porque él corría en su tiempo también en pistas, aunque diferentes, y esa adrenalina la vi en sus ojos muchas veces.
Sigo teniendo miedo, lo tendré al momento de salir, lo tengo cada vez que leo-escucho que la ruta es RUDA, ¡pero lo haré!, porque esa gratificación, ese logro no me lo puede quitar nadie, ni de viejita, ni los pesimistas, ni los egoístas, ni siquiera yo cuando me deprima.
Es uno de esos retos que te definen, los haces y sigues adelante sabiendo que tenías más fuerza de la que creías tener y no conocías.
Email me when Run Curiosa Run publishes stories
