Al paraíso sobre unas costillas

Estoy a mitad de una etapa doble en Indianápolis, donde he encontrado una conversación que ha empezado hoy, pero va a continuar mañana. Ha sido tan interesante, que tenía reserva en el hotel solo para esta noche y he cogido otra más. Cambio los planes iniciales con mi visita al estado en el que solo hay maíz. Así que, mientras tanto, como llega el sábado, vamos a volver a sentarnos a la mesa en la segunda entrega gastronómica de la Ruta 16.

Montaña rusa

Me dijo el periodista Diego Barros, que vive en Chicago, que en mi paso por Memphis tenía que probar las costillas. Pedí recomendación en el hotel y me mandaron al Corky’s, que además estaba a menos de diez minutos en coche. Las costillas al estilo de Memphis son secas. Es decir, no están untadas en salsa, se asan cubiertas solo de una mezcla de especias. Aunque también te las ponen impregnadas en salsa, opté por el clásico local. Secas, estilo Memphis. Estilo Dios, habría que decir. Qué costillas, amigos. Las mejores de mi vida, sin exagerar. Las especias estallan en la boca, un festín de sabores, una montaña rusa desde lo salado a lo picante, también con toques dulces. La hostia en verso. Se despegan del hueso con suma facilidad. No fue una cena barata, pedí además media ración de aros de cebolla, pero entra en el Olimpo gastronómico por su capacidad de transportarme al paraíso. No hay dudas de su puntuación en la escala Ruta 16.


Richman no siempre acierta

Adam Richamn se recorrió Estados Unidos buscando lo mejor de su salvaje gastronomía. Comiendo a lo loco. Asumiendo retos hasta deshacerse el estómago. Tuvo que parar antes de llegar demasiado lejos. Fui fan de sus capítulos. Quería probar esas monstruosidades que enseñaba. Hasta que llegué aquí. Intento ir a raciones razonables, porque aprecio mi vida. Pero en su parada en Memphis, obviamente, se pasó por un restaurante de costillas. Y como yo iba todavía caminando sobre las nubes gracias a las costillas del Corky’s, decidí ir a por más al local en el que había estado Richman. Es el Charlie Vergos’ Rendezvous y está en pleno downtown, pleno centro de la ciudad. Huele a barbacoa desde fuera, supongo que en una estrategia comercial perfectamente pensada. Pedí un combo: costillas y brisket (ese corte de ternera del que guardaba un gran recuerdo desde la parada en Jackson). Sí, los dos mejores bocados de la Ruta en un mismo plato. Pero o Richman no eligió bien el sitio o el Charlie Vergos’ Rendezvous ha empeorado desde su paso. Porque el Corky’s está por encima. No digo que fueran malas, estaban buenas. Aunque si justo la noche anterior no necesité salsas para las costillas secas, en este caso tuve que echar mano de ellas. Costillas correctas, una pequeña decepción. Ay, Richman.


¿Dónde está mi brisket?

Creo que padezco una preocupante obsesión por el brisket. Voy a volver a España exigiéndolo en cada restaurante. Cogeré por la solapa a los camareros y les gritaré que tengo derecho a mi extraordinario, tierno y delicioso brisket. Dejaré de comprender el mundo sin él. Sin el brisket bueno. No sin esa cosa fría y fofa que me pusieron en un sándwich en el Rowdy Beaver de Eurka Springs, en Arkansas. He pensado si debía incluirlo en el repaso gastronómico y esconderlo en el cajón en el que he metido todas mis citas con la comida basura. Arkansas, gastronómicamente, digamos que no fue memorable. Ni siquiera en el Twin Peaks cené bien, pero en ese lugar lo menos importante era la comida. Volviendo a este sándwich… 17 euros tienen nombre de timo. ¡Devuélvanme mi maldito brisket celestial!


Por fin un steak

George’s Family Restaurant lleva unas cuantas décadas en Springfield, Missouri. Su reclamo es que allí puedes desayunar cuando quieras. Respetando la lógica comercial, fui a comer. Póngame un steak con patatas, señorita. Medium, al punto. O algo así porque lo de los puntos de la carne en Estados Unidos sería un máster en las universidades españolas. Un steak es un filete, claro. Luego ya depende del corte. Este era de la zona del solomillo. Y bueno, no estaba mal. La ternera era buena. Normal, será por vacas en los campos de Missouri, sólo faltaba. Las patatas fritas, evitables y congeladas. ¿Y la tostada? Pues dicen que es una tostada texana. Que ya hace falta tener narices de irse hasta Texas a por una rebanada de pan con mantequilla. Porque no es otra cosa que eso. No entiendo esta norma de darle nombres a todo. Hasta a una tostada.


Falsas esperanzas

La búsqueda del santo brisket me llevó hasta el Sugarfire de St. Louis, a dos minutos andando -sí, andando, por una vez no en coche- del hotel. Con unos comentarios fantásticos en internet, fui muy esperanzado. Pero a internet lo carga el diablo. Pedí pavo, por aquello de purificar la dieta, y, obviamente, brisket. Brisket en un restaurante de barbacoas. Como en Jackson. Nada podía salir mal. Afortunadamente, en el Sugarfire te ponen unos enormes botes con salsas en la mesa. Si no es por ellos, no me puedo comer ese esparto, perdón, ese pavo. El brisket, ojo, no estaba mal, aquí remontamos. Pero sigue lejos de aquel del ya mítico The Ping & Pint de Jackson. Sugarfire, me rompiste el corazón. Y encima no me dejaste llevarme un par de botellas al hotel.


Obama eligió bien

Recorriendo los pasos de Obama en su última visita a Springfield, Illinois, fui al Feed Store. Él pidió sopa para llevar. En mi caso, un sándwich para comer allí. Todo al revés, Barack. Pedí uno de roast beef, salami y quesos, en un cruasán. El sándwich da lo que ofrece, con los ingredientes en cantidades generosas. A veces uno no le pide más a la vida que un sándwich rico, sin florituras y que te dé lo que promete en la carta. Buena elección, presidente Obama. Espero que la sopa estuviera rica. Ocho euros bien invertidos.


Bonus track

Hay unos compañeros permanentes de este viaje. Unos compañeros que están vaya donde vaya, en todos y cada uno de los hoteles. Son la joya de la corona, la piedra angular de los desayunos estadounidenses. Los gofres. O lo que ellos llaman gofres. Siempre hay en los desayunos uno máquina para hacerlos y al lado un depósito surtidor de la mezcla preparada. Una mezcla de vaya usted a saber qué da como resultado el gofre. Esa mezcla, ese cementillo, se pone en la máquina de gofres durante dos minutos y medio, que es cuando empieza a pitar para avisarnos de que ya está. Y para acompañar los gofres, sirope. Sirope de azúcar, de sirope de maíz, de mil cosas que dejan las arterias apretaítas. No sé de dónde les viene esta obsesión con los gofres, que parece que han sustituido a las tortitas. Necesito una respuesta antes de irme y espero poder dárosla.


Ay madre, qué cerca están las elecciones, ya no queda nada… Y yo aquí, hablando de comida.