Ahí siguen los Sun Studio, haciendo su función 66 años después.

Memphis para siempre

La Gran Vía de Madrid, Times Square en Nueva York, el paseo del Prado en La Habana, Picadilly en Londres, el Strip de Las Vegas, la piazza Navona de Roma. Es una lista de algunos de los lugares del mundo, en ciudades concretas, que se han quedado para vivir en mi memoria. En algunos casos, apenas bastan unos metros. Cada uno de esos sitios por diferentes motivos. Diferentes entre sí. En ese especie de paseo de la fama, se ha colado la Beale Street de Memphis. ¿Por qué? Porque tiene personalidad propia, porque desde que entras sabes que estás en un lugar único en el mundo, que no vas a encontrar nada igual. No valen las palabras, creo, tampoco las imágenes, pero vamos a intentarlo:

En Memphis está esa parte de la ciudad que reivindica el blues. Que reconoce a B.B. King, que nació en Indianola, Misisipi, como uno de los suyos. Esa parte de la ciudad que se identifica a las claras en la Beale Street. Pero en esa misma calle coincide otro ídolo. Se llamaba Elvis y se apellidaba Presley. Curiosamente, también nació en Misisipi. Concretamente, en Tupelo. Aunque se hizo estrella ahí, en Memphis, Tennessee.

Pero vayamos por partes.

El centro de Memphis, decíamos, respira vida. Y, por encima de todo, suena a música. Casi por cualquier esquina aledaña a la Beale Street. Como esta plaza. No hace falta mucha gente, pero sí entregada:

En Memphis pasaron cosas importantes en los cincuenta. Pasó por ejemplo que trabajaba en la radio Sam Phillips. Pinchaba música pop, pero a él lo que le gustaba era el blues. Pasó que Phillips abrió un estudio de grabación que se llamó Sun Studio. Y pasó que en agosto de 1953 se dejó caer por allí y grabó un par de canciones ese tal Elvis Presley. Así sonaba:

Y pasó que sin querer empezó la historia de uno de los músicos más influyentes del pasado siglo. Así que Sun Studio es una visita obligada en Memphis. No ya solo por Elvis. Es que por allí pasaron Johnny Cash, Jerry Lee Lewis y Carl Perkins… O los cuatro juntos, en lo que se conoce como el Cuarteto del millón de dólares. Sun Studio, ahí también la gracia de la visita, sigue funcionando como estudio de grabaciones. Bob Dylan o Bruno Mars, entre otros, lo han utilizado.

El salón de Graceland, la mansión de Evlis. Tenía talento, pero también era un poco hortera.

Elvis se convirtió en una estrella. Probablemente, como nunca antes había habido otra. Se compró una mansión en Memphis que se llamaba y se llama Graceland. Hoy es una atracción turística, casi un parque temático, en el que, como es lógico, se subraya lo positivo de Elvis. Se ignora, por ejemplo, por qué terminó sus días tan inflado. O por qué como actor pues bueno, era justito. Pero no estamos aquí para insultar a un tipo que cogió su voz, su meneo de caderas y su tupé y cambió la música para siempre.

Y lo hizo desde Memphis, Tennessee. Un estado en el que, por cierto, va a ganar Donald Trump. Un estado en el que de pronto puede oler toda una planta del hotel a marihuana. Un estado en el que por fin he visto en pleno centro un Starbucks. Hay turistas (sí, Misisipi, existen los turistas) señoritos de las dos costas que beben café latte, como diría Thomas Frank en su estupendo libro ¿Qué pasa con Kansas?. Esto no es Misisipi. Aquí han pasado y pasan cosas. Recordaré siempre Memphis, pero la Ruta 16 continúa y se marcha hacia Arkansas. Territorio Clinton. ¿Territorio Clinton? Bueno, al menos lo fue.