Porque no deberías de darle premios a tus hijos

Un dulce, una dona, un refresco o un juguete matarán el por que hacen las cosas (hoy y a lo largo de su vida)

Por un lado tenemos el tema de los efectos de los dulces. ¿Por qué no lo voy a obviar y sí lo voy a repetir? Por qué por todos lados veo a papás dándoles dulces o cosas con mucha azúcar a sus hijos y las cafeterías y maquinitas de las escuelas siguen con muchos productos con azúcar, aun siendo considerado el veneno del siglo (si, más que la sal, grasa etc).

Van cuatros puntos (abajo están los estudios) del por que no deberíamos de darles cosas con azúcar, luego ya pasaremos al porque no darles recompensas o premios y a los tipos de motivación:

  1. El azúcar es terrible para el sistema inmune, para disminuir considerablemente la capacidad de absorción de vitaminas y minerales y para los dientes.
  2. La adicción al azúcar es algo real. Muchos niños hoy en día sólo comen comida con azúcar. Múltiples efectos documentados por no comer cosas saludables en vez de pura comida que tiene azúcar.
  3. Comer demasiada azúcar predispone a los niños a tener más congestiones nasales crónicas e infecciones de los oídos. Estudios hablan también de una relación con desordenes sensoriales para la coordinación y la memoria.
  4. Consumo crónico de azúcar refinada (como en dulces y mucha de la comida “preparada” que les damos) entorpece el mecanismo natural del cerebro que te “dice” que pareces de comer. Ligado al punto dos de alguna forma, la cosa es que el azúcar te “baja la defensa” para dejar de comer como quien dice.

El niño asocia directamente algo placentero como el dulce, dañino para su cuerpo, con su recompensa por conseguir algo. ¿Está claro que es lo que pasa por la mente del niño? “Hago algo que me piden y me recompensan dándome una cosa que me hace mucho mal.”

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Foto de rawpixel.com para Pexels

Los incentivos: Externos vs Internos

La motivación extrínseca (la que viene de afuera como lo es dar un dulce como premio) sale perdiendo en todos los estudios versus la motivación intrínseca (la que viene de adentro). Esto no discrimina edades, aplica para grandes y chicos; es algo humano y ya. Desde que nuestros hijos son pequeños podemos echarlos a perder y hacer que batallen por el resto de sus vidas para hacer las cosas.

En psicología llaman condicionamiento operante a esto que es que el hecho de recompensar actos aumenta la posibilidad de que estos se repitan. Esta idea se ha utilizado con humanos y animales desde hace muchos años. Claro que funciona y funciona muy bien.

El problema es la forma en la cual funciona. Este sistema de recompensas le enseña a las personas a esperar una recompensa a cambio de cierta conducta. Al dejar de dar la recompensa está demostrado que una cantidad muy alta de personas dejan de realizar tal conducta.

Con los niños empieza el “¿Ahora qué me vas a dar por hacer esto?” o el “¿Y yo qué gano?”. Los incentivos externos tienen el poder de casi matar por completo cualquier motivación intrínseca que pudiera haber.

Si llevamos a nuestros hijos por una dona o les damos algún premio por su buena calificación por ejemplo la motivación pudiera estar basada completamente en el recibir el premio y no en la satisfacción interna de aprender y todo lo que esto conlleva (no es fantasía, hay formas de aprender con motivaciones intrínsecas que se verán en otro artículo).

, uno de mis héroes personales, tiene muy estudiado este tema en su laboratorio social (así como se escucha, tiene un lugar en el que hace experimentos sociales con personas; en este caso estudió el como toman decisiones, que es lo que los motiva etc) y aparte conduce estudios con otros expertos en las ciencias del comportamiento de diferentes universidades del mundo y con grandes empresas.

Mucho antes de Ariely ya decía Edward Deci, Ph.D., profesor de psicología en la Universidad de Rochester, que “Es cierto que las recompensas motivan a a las personas a hacer ciertas actividades. Lo que pasa es que la conducta se vuelve dependiente a la recompensa y dejarán de hacer las actividades cuando las recompensas paren. Los adultos van al trabajo para recibir un pago, cuando dejen de recibir su paga, dejarán de ir a trabajar.”

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Lo triste es que esto pasa no sólo con adultos en el trabajo. Hay un estudio de la Universidad de Stanford en el cual a niños que disfrutaban pintar con marcadores les empezaron a pagar y cuando les dejaron de pagar dejaron de pintar. En pocas palabras: la recompensa mató su pasión.

Ariely condujo muchos experimentos sociales para demostrar el porque no funciona para el largo plazo la motivación extrínseca, como lo es recibir un dulce o cualquier premio para un niño. En su librito (lo presté a mi cuñado hace casi dos años, espero acordarme tal cual de lo que sigue) uno de los ejemplos que da sobre lo que nos motiva es un experimento que hizo con una multinacional que lo contrato. Le dieron dinero como bono por lograr ciertas metas a unos empleados y a otros el director “simplemente” les mandó una cartita agradeciendo su esfuerzo; en otra empresa dieron dinero a unos, a otros los invitaron a una pizza y a otros les dieron un vale por una pizza para que ellos fueran al restaurante.

Realizó múltiples estudios como los anteriores y en todos los casos los incentivos económicos fueron no sólo lo peor para motivar a las personas sino por el contrario la productividad y hasta el estar contentos iba decreciendo dramáticamente (hasta el vale por una pizza fue mejor que dar efectivo) aún y cuando los incentivos siguieran, con esto en mente, ¿Cual sería el raciocinio para pensar que en los niños la recompensa o los premios extrínsecos (como es el dar dulces) sí funcionan?

¿Por qué pensaríamos que los niños no son humanos y con ellos a largo plazo el darles premios (incentivos extrínsecos) si los motiva a hacer ciertas cosas?

No sólo les matamos la pasión ofreciéndoles premios y “corrompiéndolos” con recompensas por hacer algo; estamos programando a nuestros hijos a que la forma en la que hagan las cosas sea sólo porque van a recibir un premio a cambio.

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Y aparte de que los predisponemos a sólo hacer cosas para que obtengan una recompensa otro estudio nos muestra algo aún más triste: Los estudiantes a los que ofrecieron ciertos incentivos (motivaciones extrínsecas) seleccionaron actividades o tareas más sencillas y dieron el mínimo esfuerzo pero tratando de siempre obtener las recompensas máximas versus los que no fueron ofrecidos recompensa alguna, siendo sólo la motivación intrínseca de hacer cierta actividad la que guió a estos segundos a realizar actividades más complejas independientemente de cualquier cosa.

Otro estudio impactante que no puedo dejar pasar fue realizado en el 2008 por Felix Warneken y Michael Tomasello a niños de menos de dos años y que demostró como el recompensarlos redujo sustancialmente las ganas de ayudar después.

En el experimento dejaron que los niños les ayudaran de diferentes formas y a algunos los recompensaron dejándolos jugar con un juguete y a otros no. Un 53% de los recompensados ya no quisieron volver a ayudar (ojo, ya no estaban con el juguete) contra el 89% que sí quiso ayudar de los que no obtuvieron recompensa extrínseca (pero que sí estuvieron motivados intrínsecamente a ayudar).

Les hacemos un mal a nuestros hijos al darles premios por hacer cosas. Lo han demostrado múltiples estudios, más claro ni el agua.

Ahora la pregunta es, ¿Cómo motivar intrínsecamente a nuestros hijos desde muy chicos? Pronto un listado de ideas prácticas para darles un muy buen regalo para la vida.


Estudios sobre efectos del azúcar en los niños referenciados al inicio:

Sobre la motivación:

Deci, E. L. (1971). Effects of externally mediated rewards on intrinsic motivation. Journal of Personality and Social Psychology, 18, 105–115.

Deci, E. L., Koestner, R., & Ryan, R. M. (1999). A meta-analytic review of experiments examining the effects of extrinsic rewards on intrinsic motivation. Psychological Bulletin, 125, 627–668.

Heyman, G. D., & Dweck, C. S. (1992). Achievement goals and intrinsic motivation: Their relation and their role in adaptive motivation. Motivation and Emotion, 16, 231–247.

Motivated by Meaning: Testing the Effect of Knowledge‐Infused Rewards on Preschoolers’ Persistence. Aubry L. Alvarez, Amy E. Booth en

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José Manuel De Urquidi

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