Aquello sobre comer solo


No recuerdo muy bien cómo fue que empecé ese ritual de comer solo. Lo único que sé es que ya en Puerto Rico me dediqué a regalarme almuerzos y cenas para mí mismo una vez al mes. Eran una manera muy mía de agasajarme por el esfuerzo del mes de trabajo duro.

De esa manera fue que un día aparecí en la legendaria cafetería “La Bombonera” del Viejo San Juan, donde almorcé un increíble plato de pernil, arroz con habichuelas, tostones y aguacate. Lo apuré todo con varias botellas de cerveza heladísima porque me pasé de picante y andaba llorando de la emoción y el ardor en la lengua.

El placer máximo para mí consistía en rematar aquellas comidas con una copita de anisado o Cointreau, y un café negro cargado y sin azúcar.

Asímismo, la comida TENÍA que transcurrir a la barra, y no a la mesa. Mi razonamiento concluía en el hecho de que me sentiría sumamente incómodo viendo tres sillas vacías rodeándome. En cambio, sentarse en un taburete siempre nos ofrecerá al bartender como interlocutor. Nunca hay pierde.

Está entendido que el comensal de barra es un solitario, un viajero, un pasante, y un foráneo. Pero también -valgan contradicciones-, el parroquiano regular sabrá conocer al cantinero, al gerente y al dueño, y entonces querrá estar en un sitio de más confianza. He ahí que uno aprende a granjearse amistades de puro solitario.

Fue así que conocí a Amedeo Liuba, dueño del inenarrable Transylvania; restaurante de deliciosa comida rumana que terminó siendo bar. Jamás olvidaré el mejor goulash que he probado en mi vida hecho ahí, y ese carpaccio de lomo casi congelado en capitas de espinaca y vinagre.

Cada mes estrenaba algún restaurante nuevo, siempre de barrista. Trabé amistades con meseras, bartenders, dueños, viajeros, estudiantes, empresarios y vagos profesionales.

Cada comida iba acompañada con la conversación de rigor y anónima con el compañero de turno en el taburete. Que si te recomiendo esto, que si debieras probar aquello, que ni se te ocurra pedir estito otro… es decir.

Pero, muy aparte de la interacción social, está aquella profunda experiencia personal de saborear delicias en la más estricta soledad. He ahí la belleza del asunto. Cada bocado se disfruta con sinceridad, masticando lentamente, degustando las temperaturas, las sensaciones, los sabores, las texturas, en un diálogo interno.

Cada comentario gastronómico se hace honestamente, y es una de las formas más perfectas de conocerse uno mismo. Luego, cuando nos toque invitar a la pareja de turno, sabremos recomendar con conocimiento de causa cuál es el mejor platillo de la carta, bajo qué circunstancias se debiera comer, y qué vinos/bebidas son los más indicados.

Porque -ultimadamente-, es bien sabido que aquel quien se conoce mejor a sí mismo sabrá enamorar sencillamente por el hecho de saborear y disfrutar tan provocativamente. Así, siendo honestamente entrañables llegamos a superar cualquier engaño encantador. He ahí lo bello del asunto.


Originally published at eggscrambler.blogspot.com on November 24, 2010.