
Inventando el tiempo
La vida sucede en una inmensa sopa de fenómenos. En medio de ellos, podemos elegir la experiencia de vivir el momento como parte indivisible de ese universo fenoménico. O bien, sentirnos una individualidad separada de todo lo demás y constantemente acosada por los acontecimientos.
En un intento de controlar lo que sucede en nuestro impredecible alrededor, inventamos el tiempo. Una forma de introducir medidas lineales entre todo lo que acontece. Una especie de hitos regulares a lo largo de un camino que también ideamos imaginariamente.
La medida del tiempo la ideamos para contrarrestar la angustia de la separatividad, para sentir que podemos medir la vida.
El efecto tranquilizante finalmente ha sido desbordado por la angustia. La medición del tiempo termina enloqueciéndonos.
Nos identificamos con un cuerpo que, en nuestras mediciones, se aleja de un punto y se dirige a su propia destrucción.
Seguramente ese es el problema. Decidimos ser un cuerpo y, por tanto, un suceso minúsculo en su temporalidad.
Nos tocará revisar esta percepción.
¿Es una fantasía imaginar que transcurren fracciones de la eternidad?
Para encontrar las respuestas tenemos que encontrar nuestro real ser.
Y entonces, hasta los pensamientos más “grandes” nos parecerán un pedo. Tal vez el pedo de una reina. Pero una simple y minúscula porción de metano que, momentáneamente, ha hecho un leve ruido.
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