Crónicas mínimas

No, este no es un diario de la cuarentena ni pretende serlo. En Venezuela, nada funciona como debería hacerlo, de modo que la idea que se cumpla un plazo cualquiera sobre un sistema estructurado de medidas legales o sociales, es impensable. Lo que sí podría decir son estas líneas apresuradas, es una forma de recordar lo que ocurre. Este es un país con una memoria muy corta. Tanto que olvida sus tragedias con las heridas todavía abiertas. Y aunque la Pandemia no es exclusividad de nuestro territorio o una crisis que podamos llamar “nuestra”, si lo son nuestras reacciones. El temor de lo que empieza sin que sepamos cuando puede terminar.

Es el atardecer del primer día real de lo que los medios de comunicación y las redes sociales llaman “distancia social”. Dicho de esa forma, es más o menos lo que he hecho durante los últimos quince años de mi vida: mantenerme apartada de todo contacto social, aislada y protegida en mi trabajo, esforzándome por evitar la vida más allá de las ventanas de mi estudio. Pero ahora, el mandato me supera, es un silencio que se extiende más allá de las ventanas cristaleras. La sensación es singular, dura y amarga: ¿No decía Oscar Wilde que cuando los dioses nos quieren castigar, cumplen los deseos?

¿Qué deseo pedí, sentada a solas en esta habitación repleta de libros, a diario, todos los días? ¿Que el mundo fuera un poco más como este espacio que sólo me pertenece? ¿qué se pareciera más al silencio en fragmentos que protegió a medias mi cordura por casi década y media? Jamás pedí algo semejante. Lo imaginé. Lo escribí en docenas de ocasiones distintas. Pero jamás quise que…¿qué cosa? ¿Esta placidez engañosa? ¿el mundo cristalizado en una especie de ámbar turbio de una emergencia impensable?

La última hora del día en Caracas durante el mes de Marzo, es muy hermosa. Es radiante, dorada, nimbada de grises y plata, con un toque de radiante cobre que se desliza entre la montaña y el perfil de la ciudad. Hoy es el primer día puertas adentro para todos los demás. El primer día de asumir que fuera del mínimo espacio de lo doméstico, hay algo aterrador, que acecha y que aguarda.

Bienvenidos a mi mundo.
A mi pequeña castillo de la memoria.

Es el tercer día de la cuarentena para la mayoría. El tercer día con las calles más o menos vacías, en el que es obligatorio llevar mascarilla y guantes, cuando el gobierno tomó las calles con su herramienta favorita, la represión. Para buena parte de todos en Venezuela, lo que ocurre no es otra cosa que una capa más de la crisis. Un pequeño pliegue en medio de una historia larga que ya conocemos demasiado bien. De modo que continúan tomando todo el asunto como una mezcla entre vacaciones inesperadas y un fragmento de ciencia ficción. He visto mascarillas médicas caseras, confeccionadas con telas multicolores, guantes con dibujos y dedicatorias, gente que todavía se abraza (eso sí, por menos tiempo), mientras el mundo transcurre a una velocidad más lenta, pero al final, sigue en su trayecto a ninguna parte. Incertidumbre de nuevo, pienso mientras mastico el trozo de fruta de la mañana. De eso los venezolanos sabemos mucho.

Solo que en esta ocasión, el miedo no es exclusividad de este, el parque temático comunista más grande del mundo. Es algo global, un fenómeno progresivo que comenzó como una noticia marginal y terminó convertido en una realidad con la que se debe lidiar a diario. Hace poco, leía sobre la “fractura de la realidad”, esa hito que abre en dos lo que hasta entonces, creíamos del todo normal y cotidiano. Me pregunto con cierto sobresalto, si en el país eso nos ha ocurrido tantas veces que ya no nos importa otra nueva grieta. Como si el muro de los lamentos de los grandes dolores mundiales, nos quedara corto.

Esa es una imagen bonita, me digo mientras me lavo las manos durante los reglamentarios veinte minutos bajo agua muy caliente. No he salido a ninguna parte, pero soy incapaz de no hacerlo. No puedo contener la ansiedad. De modo que dejo las palmas abiertas bajo el agua hirviendo y vuelvo a la imagen que vi en mi mente por un momento. Un enorme muro de decisiones equivocadas, de terrores y angustias, que se alza en el mundo con un peso infranqueable. Buena parte de esa construcción es nuestra, me digo con cierto sobresalto. Hechura Venezolana. Y no se trata de un desborde de arrogancia ególatra. Por veinte años, dejamos de ser un país de adolescentes malcriados a una población traumatizada y pesimista que siempre espera lo peor. De modo que la gran crisis mundial, es otra de las tantas. Una de las cientos de formas que toma el caos en nuestra vida.

Cierro el chorro de agua caliente. Tengo la piel enrojecida, brillante y un poco inflamada. Pero limpia, pienso con cierto reborde de sadismo sutil. La salud cuesta sus dolores. Ah, que bonita frase para este tercer día, tan extraño, tan átono e incoloro.

Una grieta en la pared del desánimo.

No tenía deseos de escribir hoy. Pero desde ayer, que conversé con mi amiga K., una imagen me sigue a todas partes. Es la de un cisne, nadando en las otrora aguas pestilentes delos canales de Venecia. No lo creí hasta que alguien no me mostró un corto vídeo de apenas diez segundos, en el que se puede ver a un Cisne blanco que se deja llevar por las ráfagas del agua en una plácida pasividad absolutamente extraordinaria. Ingrávido, tan cristalino como el agua. Y al final, sólo desaparece en una pequeña curva. Miré una y otra vez la escena.

Mi amiga K. y yo hablamos de lo mágico y lo exquisito de ese pequeño trozo de incertidumbre. Según los científicos, la cuarentena en Italia no sólo permitió que ríos, afluentes, canales y lagos pudieran procesar de manera natural la contaminación — se limpiaran, en jerga coloquial — y además, que sea un proceso muy rápido y eficiente. De pronto, los manchurrones de basura semi diluida y otras mezclas repugnantes, desaparecieron de la superficie. Y en esta nueva amplitud cristalina, nada un Cisne blanco, de cabeza inclinada, el pico hundido bajo el ala.

Thomas Mann dijo una vez que la belleza es terrible e inquietante, porque se produce de forma espontánea, lo que viene a significar que un cadáver puede ser hermoso, lo mismo que una flor con los pétalos recién abiertos. Y es justo lo que ahora ocurre: hay cientos de muertos a diario en Italia, mientras la Pandemia avanza de forma brutal y deshace los cimientos sólidos de la vida cotidiana en un caos invisible imposible de definir. El país se viene abajo con lentitud, la muerte está en todas partes. Pero un Cisne nada en las aguas limpias de la Venecia solitaria. Nada y sacude las aguas, desaparece en la corriente. Y es el símbolo de lo terrorífico que se esconde en pequeños estratos, en la novedad del miedo recién descubierto, en las capas abiertas de lo que aterroriza, se sostiene, se deshace en medio de una amenaza impensable.

Lloro mientras escribo esto. A lágrima viva, con tanto dolor que tengo la sensación el cuerpo se me parte en dos, se hace frágil y después sucumbe a algo desconocido. No sé qué ocurrirá, no sé qué sucederá, no sé a dónde me ocultaré de este miedo. Pero hay un cisne en Venecia, uno blanco, imponente, lejano, inalcanzable. Como la promesa que se esconde en esta sensación aterradora y hermosa que el mundo cambia, la crisálida se rompe. Existe una plenitud desconocida en lo que nos espera en el futuro.

Aglaia Berlutti
·
92 min
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42 cards

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