Confesiones de un editor de música — Parte 1

“Quítese la peluca” -G.K. Chesterton

Nada podría ser más snob que empezar una columna con una cita literaria, pero ser un “snob” es prácticamente un requisito si quieres ser el editor de un medio, de lo contrario careces del juicio necesario para ignorar los comunicados de prensa de bandas culeras, y al poco tiempo te dan el estreno exclusivo del nuevo video de Los Infierno.

Ugh.

En un mundo ideal, el puesto de periodista musical sería totalmente obsoleto. Soy -o mejor dicho, era- parte de este grupo de intermediarios que en realidad son obstáculos que se interponen entre el artista y su audiencia. Me refiero a las disqueras, las promotoras, los managers, los publicistas, y por supuesto, la prensa. Con el desarrollo de una industria que gira en torno a la expresión artística, a la música le fue asignado un valor comercial, y con ello, la creación de puestos que solo buscan expremir al artista de su potencial en el mercado libre.

Pero ya que no vivimos en un mundo ideal, lo mejor que puede hacer uno es jugar bajo las reglas de nuestra nefasta realidad PRIennial. Y en dicha nefasta realidad PRIennial, el editor de música cumple un rol en la industria, un rol de vital importancia que a la vez suele ser menospreciado por la opinión pública… como debe ser. El periodista no tiene motivo alguno para buscar la fama ya que su razón de ser se debe al artista y su obra. Si a la mera hora uno termina siendo tan popular como Zane Lowe o Lester Bangs, pues esto ya sería un efecto secundario/involuntario de sus labores.

Full disclosure time! Por casi cinco años fui el “todólogo de música” en medios electrónicos como Sopitas, Lifeboxset, y otros blogs de menor alcance. Por todólogo quiero decir que en un día cualquiera cumplía las funciones de editor, redactor, community manager, traductor, reportero, y de vez en cuando, fotógrafo mediocre. No se impresionen amigos, herramientas como Wordpress te facilitan mucho la vida.

Mucha gente tiene la idea errónea que formar parte de este giro consiste en verse en una peda tras otra, con mucho sexo de por medio y un consumo desenfrenado de drogas, pero la realidad actual está más alejada de las fiestas legendarias de Truman Capote y más inclinada hacia el mundo de Dilbert: oficinas, café, juntas, correos, y nueve horas al día sentado delante de una computadora. No hay mucho glamour en toda esa rutina, pero es una chamba y te sirve para pagar la renta; SIN EMBARGO, hay detalles interesantes que valen la pena compartir.

En las próximas semanas, querido lector, le voy a ofrecer un asiento privilegiado a los entretelones de la industria musical a través de estas “confesiones”. Y cuando digo “confesiones” no me refiero a los chismes del backstage, ni cuántos “Lunes de Mallitas” llegué a redactar (ninguno). Más bien les quiero contar sobre algo más fascinante -desde mi punto de vista- y tiene que ver con los procesos internos que permiten que esta maquinaria siga en marcha.

Por ejemplo, en el próximo SHYMATAZZ les voy a contar: ¿Por qué carajos somos tan amarillistas?

Una pista. Va más allá de “los clicks”.

P.D. ¡Ah! Y por si no lo han visto, le pueden dar LIKE por aquí a mi nuevo proyecto #shamelessplug.

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