Lo que el “periodismo cultural” le robó a la música

Hace algunos años se dio a conocer un polémico estudio sobre cómo la música que escuchamos varía de acuerdo a nuestra edad. Los que tengan buena memoria seguro se acordarán de la nota (sino, aquitá). A partir de los 33 años , la gente ya no se molesta con descubrir nuevas bandas. Al contrario, se nos hace más preferible refugiarnos en la música que formó parte del soundtrack de nuestra juventud. Y si en esta juventud había muchos posters de nu metal en tu cuarto, no olvides ponerte los audífonos si hay niños pequeños en tu hogar, no tiene caso traumarlos desde la infancia.

Esto tiene su lógica. En tus años 20 cuentas con los recursos y los incentivos para buscar nuevos artistas, especialmente cuando tienes al alcance una biblioteca ilimitada como Spotify. Y cuando sale el line-up de un Bahidorá, digamos, se vuelve una competencia entre tus amigos para ver quién reconoce más bandas en el cartel (¿quién carajos es Audion? -Oh, es Matthew Dear. Fíjate). Sin embargo, con el paso del tiempo, la tarea de escuchar los nuevos lanzamientos de la semana se vuelve ríspida. Los treintañeros alegan que ya no tienen tiempo para sus hobbies. Por más “indie” que seas ¿cómo puedes enterarte de los debuts de Sunflower Bean o Whitney con tantas responsabilidades sobre la mesa como un trabajo de tiempo completo o una nueva familia?

Sin duda, la falta de tiempo tiene su peso en la decisión de poner a un lado el consumo de nuevas expresiones artísticas a cambio de fines más prácticos y mundanos. Pero hay otra variable más importante en esta ecuación que me inquieta, sobre todo a mí que cumplo 34 años el próximo mes (Dios me libre), adentrándome en esta etapa de “muerte en vida”. La susodicha variable es el paulatino deceso de la imaginación.

Alguna vez leí que el buen gusto es natural, mientras que el mal gusto es adquirido. De niños, sólo basta escuchar el acorde de una canción o una frase en un cuento, y la imaginación le da forma al resto de la figura que tenemos en mente. Esto se debe a que el arte -el arte auténtico- no solo es un objeto que ocupa un lugar en el espacio, sino una llave que te permite descubrir una plétora de imágenes que viven escondidas en tu interior (y sí, estoy consciente de lo corny que suena eso).

Es curioso cómo las historias que retenemos con más facilidad en la memoria son los llamados “clásicos”: los relatos de los hermanos Grimm, las fábulas de Esopo, varias leyendas del folclor popular, las sinfonías de música clásica, e incluso material más denso como las tragedias de Shakespeare. De una u otra manera llegan a nuestras vidas (¡como en las caricaturas!). ¿Por qué? Porque los mitos nacen de la honestidad de los arquetipos; se trata de personajes y situaciones que cualquiera puede dibujar en su imaginación.

Todo lo demás son imitaciones corrientes, falsificaciones, o parodias de la fuente original. En el peor de los casos, son errores que le abren la puerta a otros errores y así es cómo se va forjando el mal gusto. En la medida que crecemos, la imaginación se contamina, se pudre, ya que el mal gusto nos enseña cómo asignarle un valor extraordinario al artificio, en detrimento de la obra. Se podría decir que vemos este fenómeno en la historia de la música pop. Empezamos con los Beatles y, 50 años después, nos quedamos con productos de marketing como Ed Sheeran, un simulacro barato de la estructura verso-coro-verso.

El mal gusto en la actualidad es universal y aquellos que lo forjan rigen nuestras vidas. ¿Pero a quién podemos señalar con el dedo culpable por desviar la dirección del placer estético? Pues una parte significativa de la culpa la tiene el mal llamado periodismo cultural. “Mal llamado” porque -como ya se ha mencionado anteriormente en SHYMATAZZ- el periodismo cultural no es más que otra tuerca en la maquinaria publicitaria del espectáculo.

Esta necesidad ridícula de explotar y lucrar con los asuntos privados de la comunidad artística priva a la obra de uno de sus componentes claves: el misterio.

La imaginación se nutre del misterio inherente en la obra. Es el enigma lo que te brinda espacio para que dibujes tus propias imágenes en la mente y así se disparen las fuerzas creativas que te impulsan a expresarte por la vía artística. Bueno, en el mejor de los casos. Pero tengo la certeza de que el misterio le otorga a la obra una huella que perdura en la memoria con más ahínco.

Les doy un ejemplo. De mi adolescencia recuerdo que uno de los primeros discos que mayor impacto tuvo en mi memoria fue Tommy de The Who. Quedé fascinado con esta historia sobre un chico ciego, sordo, y tonto, abusado física y psicológicamente por sus familiares, pero que con el tiempo descubren que es un prodigio para el pinball, y hasta termina fundando su propia religión. Todo esto viene exclusivamente del álbum. El arte de portada complementa lo que estoy escuchando, pero no necesitas más.

El disco te deja con muchas puertas abiertas, pero no son preguntas sobre qué le pasó a Tommy o a su familia al final del disco. El periodismo insiste en apelar a la razón cuando la prensa le pregunta a un artista qué significa esta letra, o qué quiso decir con este verso. Pero en los terrenos del arte, la pregunta que le haces a tu interlocutor no es “¿qué fue lo que entendiste?” sino “¿qué fue lo que sentiste?” La música en particular trabaja con las emociones. Por eso es que a los 16 o 17 quedé tan impresionado con Tommy. Nunca había escuchado antes algo semejante que combinara de tal manera una historia perturbadora con una musicalidad tan magnífica. No hay nada qué interpretar de manera racional.

El álbum es un ejercicio para la imaginación. Te pones los audífonos, le das play, cierras los ojos, y por 45 minutos dejas que tu mente divague bajo la dirección de la música. Puede que sigas la letra de las canciones o puede que solo te fijes en la fonética de las palabras, no hay un manual a seguir en lo que respecta a esto. Lo importante es que dejes los sentidos libres mientras la mente busca espacios dónde jugar en el imaginario que alumbra la obra.

Todo luce más fascinante para los sentidos cuando está cubierto por un velo de misterio. Desde un chico que acabas de conocer, a una casa a la que nunca habías entrado antes, o incluso un nuevo trabajo. Pero mientras vamos pelando las capas de la ambigüedad, aquél chico deja de lucir tan intrigante una vez que lo conoces mejor, aquella casa ya no tiene secretos que contarte, y la chamba que antes te planteaba un reto, ahora resulta tediosa. Y así es, el periodismo cultural cumple este mismo crimen de robarle a un disco de su elemento más fascinante, incluso antes de que lo escuches por primera vez. ¿Cómo? Pues inflando las expectativas, revelando datos del artista que no vienen al caso, o a través de entrevistas íntimas con el talento.

Lo más interesante que puede decir un músico se contiene en su música. ¡Todo lo que tiene que decir está ahí! Las entrevistas, los comunicados de prensa, las actualizaciones en Twitter, en Instagram… todo esto es irrelevante y ajeno a la obra. ¿Por qué me debería importar si Taylor Swift invitó a las hermanas Haim a su fiesta de año nuevo? ¿O qué más da si una banda se encuentra en una disputa legal contra el ex-vocalista? Eso es asunto suyo y mi opinión simplemente no tiene peso en lo absoluto. Sin embargo, el periodismo busca alimentar el morbo que impera sobre nuestro mal gusto, y emplea tácticas como encabezados amarillistas, imágenes impactantes, o copy que despierta alarma con palabras clave, para enganchar nuestra atención de cada vez más corto plazo.

El culto a la personalidad erigida por la prensa del espectáculo nos distrae del objetivo principal del arte. La verdad es que el artista como persona no tiene nada que decirnos. Es su obra la que es capaz de transmitir un mensaje que nos conmueve. Claro, es natural que busquemos a los que nos tocaron de tal forma y les mostremos nuestro aprecio por su trabajo. Pero es ahí donde termina la relación artista-audiencia, con un aplauso y ahí nos vemos pa’ la otra.

El artista no es amigo tuyo ni es un semidios en la Tierra. Si realmente eres fan de una banda, entonces quédate con su música. No hay motivo para que investigues a qué escuela fue Paul o cuántas novias tuvo John. ¿De qué sirve eso? ¿Acaso te mueres por saber cómo fue que el prestidigitador hizo su truco? Si revelas el misterio le robas a la magia de su encanto. Ignorance is bliss, escribió Orwell de forma irónica en 1984, pero en la música hay conocimiento que sale sobrando, y que incluso puede impedir que disfrutes el disco. ¿En serio te interesa saber cuáles fueron las influencias de tu artista favorito? Lo único que aquí vale un carajo es su obra. Lo demás es artificio y es de mal gusto ponerse de pie y aplaudirle a una exhibición de luces.

P.D. Cabe señalar que no TODA la prensa del espectáculo es un desperdicio de papel. Hay un pequeño rincón en el basurero que me parece rescatable: la crítica. Siempre he creído que la crítica inteligente tiene algo sustancioso que aportar en el entorno de la obra. Sin embargo, desde hace tiempo los medios han tomado pasos para reducir los espacios de la crítica, en su constante afán de eliminar costos, y no se ve que esta tendencia dé marcha atrás. Pero bueno, nadie ha señalado al periodismo cultural de poner a la cultura primero.

P.P.D. Y hablando de publicidad, va mi anuncio sin vergüenza. Como les había mencionado en el SHYMATAZZ pasado, en la actualidad me gano la vida como freelancer… y en estos momentos, y por tiempo limitado, soy agente libre. ¡Ding ding ding ding!

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