Cómo NO escribir reseñas de conciertos

Me resulta inverosímil que hayan transcurrido a nueva cuenta ocho días desde aquella misa nocturna impartida por los sublimes cantos infernales de la banda de post-rock, post-metal bautizada por sus progenitores satánicos como Deafheaven, tomando en cuenta que aún puedo sentir en mi cuerpo los efectos de su furia. Más sin embargo, todavía recuerdo aún como si fuera ayer cómo mis oídos recibieron un bautizo de sangre y ruido, por lo que hoy me tomo la molestia de transportar a usted, querido lector, a lo que fue el mejor recital en lo que va del mes de julio, 2017, año de vuestro Señor más no el mío. La noche dejaba caer sus acuarelas sobre la gente arropada de prendas negras, ansiosa por cruzar el umbral del recinto al que el gran capital ha dado por nombrar El Plaza Condesa. Luego de ser ultrajado por las manos perversas de los zánganos de seguridad, fue en la antesala que me cayó el veinte de estar postrado frente a una imaginaria Puerta del Infierno, semejante a las visiones del escultor Rodin. Así es, el momento anticipado había llegado. Solo restaba aguardar los minutos cuasi-eternos que prolongaban la agonía de la espera, calvario al que debe someterse todo fanático de la música en vivo. Los primeros en bendecir el escenario fue la banda de post-rock, post-metal Mono, cuya reputación habla por sí misma. Poetas de la tierra del sol naciente cuyos emotivos haikus son emitidos por el poder y la precisión de aquellas liras que asemejan espadas samurais, katanas que cortan el aire con un sonido tan nítido que transforma la quintaescencia de los conceptos que hemos manejado de la música de acuerdo a paradigmas que a mi juicio han caducado dentro del esquema judeocristiano y a la vez anacrónico de la música popular del siglo XXI, marcada por la era digital de la administración del ultracapitalista neoidentitario alfarromerista Donald Trump, representante y símbolo de la mano invisible que todo lo controla y que todo lo ve desde la torre de marfil disfrazada de Casa Blanca en los días hábiles de la semana. Fue entonces que uno de los Mono se levantó de su asiento, puso a un lado su katana, y agradeció al público por su atención a nombre del resto de los integrantes, para ceder el escenario a los querubines del Cielo Sordo. Fue entonces que me encontré a mis amigos, viejos camaradas de batallas pasadas en la guerra global de la música en vivo. Uno de ellos tuvo la buena bondad de compartir de su bebida refrescante con este reportero, la cual trajo a mi mente sensaciones voluptuosas de un placer que enriquece los sentidos y despeja las dudas de las venas. Mientras tanto, en el aire encerrado de El Plaza Condesa ya se respiraban los primeros pronósticos de una tormenta silenciosa que precede a las explosiones de frustraciones que todo metalero seguro lleva en su interior hasta que la música lo deja libre, así como yo libraba a mi camarada de la mitad de su bebida refrescante. Fue entonces que los cinco o seis integrantes de Deafheaven salieron al escenario. No les voy a exagerar con ditirambos mal escritos, pero fue como si mi alma se hubiera montado a un carrito de la montaña rusa, a uno de esos carritos sin barra de seguridad y un poco oxidados, guiado por los manerismos del rubio vocalista. Mis ya de por sí frágiles emociones habían sido secuestradas como rehenes por este sujeto de camisa negra que flotaba por el escenario mientras su pelotón de guitarristas fusilaban la pista con un fuego sónico. Oh qué grande es Deafheaven, con sus versos que despertaban la ira de sus fans, ahora transformados en bestias como las criaturas más viles que vio Dante en el infierno o Ulises en inframundo. Al poco tiempo, los guitarrazos abrieron la pista para dar su lugar a los gloriosos juegos de violencia. La batalla campal orquestada por los músicos, agentes revolucionarios de las artes del Mal, definía a sus soldados y generales según el número de golpes y codazos repartidos. Este reportero se manchó de gloria al momento de levantarse en armas y recibir un destello vulgar de poder contra el tabique nasal, provocando que por primera vez en muchos combates tuviera el honor de bautizar la pista con los brotes rojos de mi fuente de vida. Sangre que corre por el rostro del zelote que ha entregado su alma al dios de las artes negras, Dionicio y/o Hares, controlen mi pluma mientras termino de documentar las hazañas en México del gran Deafheaven, larga vida a su trayectoria.
P.D. Cuento las noches que restan para el concierto de la banda de post-rock, post-metal Russian Circles. ¡Espero verlos ahí!

