SHYMATAZZ: La caída de Coachella y el ascenso de Primavera

Mis talentos en Photoshop. Una aptitud más para mi linkin…

Hola, ¿cómo están? Disculpen la tardanza.

Esta ya se la saben: Cuando los grandes festivales de música develan sus carteles, la gran mayoría anuncia a sus actos estelares en la parte superior, con letras de gran tamaño, algo así como los encabezados de un comercial. Se trata de una manera tradicional e irrefutable de despertar la atención del público cuando el gancho principal es la música (y cuando no lo es, pues ahí tienes Bahidorá).

En la parte de en medio tenemos actos que pueden provocar el interés de un círculo más estrecho de fans, ya sea de bandas emergentes aclamadas por la crítica o veteranos consagrados que desean revivir sus años dorados frente a una nueva generación. Y ya en los renglones bajos se pueden apreciar apenas los nombres en letras microscópicas de bandas locales o artistas relativamente desconocidos que venían incluidos en los paquetes de las agencias.

Para vender un festival no hay mejor pitch que el line-up. ¿Quieres vender boletos? Sólo es cuestión de hacer tu tarea con respecto a la curaduría.

Resulta fácil olvidar que los festivales más grandes del mundo en la actualidad llegaron a esas alturas gracias a las bandas que formaron parte de sus line-ups en el pasado. Hay otros elementos que se deben tomar en cuenta para mantener en alto la imagen de un evento, como la logística, los precios, seguridad, servicio, el ambiente, etcétera, pero el factor más importante que determina si un evento sobrevive es la música. Una lección en sentido común.

Así como Coachella no se convirtió en “el rey de los festivales” de un día para otro, lo mismo se puede decir sobre festivales con más historia como Glastonbury. Cierto, hoy mucha gente compra su boleto sin tomarse la molestia de echarle un ojo al cartel, sólo por el simple hecho de que es Coachella y hay que ser parte de “la experiencia” y qué se yo… pero esa gente es pendeja. En efecto, no hay otra palabra, es pendeja (más abajo elaboro al respecto).

Cuando el nombre de un festival adquiere su propia dimensión como marca (en inglés, brand), el festival automáticamente pierde su valor. Asumir que Coachella es más grande que la suma de las bandas en su alineación es una tontería. Mucho se ha dicho sobre el barómetro que simboliza el posicionamiento de los grupos en su cartel, pero en los últimos años esa reputación se ha esfumado con las tormentas de arena que azotan a sus escenarios.

Obviamente Coachella aún cuenta con las palancas para enganchar a cualquier acto. Ningún artista en su sano juicio le va a decir a la gente de Goldenvoice que tiene otros compromisos por esas fechas. Pero ese poder y su ambición de crecimiento han permitido que el festival se embriague en su propia soberbia. Desde poner a Lana Del Rey en el mismo renglón que Motörhead (¡lado a lado!) hasta los excesos de introducir un segundo fin de semana (el de las presentaciones “déjà vu”), la excentricidad de sus decisiones le han restado protagonismo a sus actos con el fin de promover su propia marca.

El problema ocurre cuando los experimentos explotan en su cara, tal como sucedió en 2012 con la burla que fue el holograma de Tupac. Muchos críticos vieron ese espectáculo como una falta de respeto a la memoria de uno de los más grandes raperos del siglo XX, pero no hay duda que el acto produjo dividendos en los medios internacionales, levantando el perfil del festival en un mercado más amplio, más fascinado por el entretenimiento como un concepto general que por una propuesta artística específica.

La atracción de un público menos sofisticado pero más numeroso y (como dije antes) más pendejo, tuvo consecuencias. En ningún caso resulta más evidente esa situación como cuando Coachella metió a Stone Roses y a Blur en la cabeza de su cartel de 2013. Uno pensaría que dos de las bandas más influyentes del britpop noventero serían suficiente para atascar el desierto. Pero como ya sabemos hoy, las leyendas británicas se colocan hoy entre los headliners más decepcionantes en la historia del festival hipsteroso. ¿Por qué? Pues nadie los fue a ver.

No le podemos echar la culpa al rey mono por la pobre recepción. Simplemente no estaban en el ambiente adecuado.

Mucha gente que va estos días a Coachella son los mismos idiotas que viajan a Las Vegas para destruir sus células cerebrales en el Electric Daisy Carnival o en el Ultra de Miami. Ninguno de estos ignorantes va a un festival de EDM por el cartel porque todos los pinches DJs mezclan las mismas rolas, a veces hasta en el mismo set. Por tal motivo, a la gente le da igual si en la consola se encuentra Alecii o Avisso porque toda esta basura europea es intercambiable. Si esta es la gente que cuenta con los recursos económicos para pagar un paquete de Coachella todo-incluido, ¿a poco crees que se van a dar una vuelta por la presentación histórica de los Stone Roses? No cuando están repartiendo glow sticks en la carpa dance.

Aunque Cochela (como le dicen aquí) ha caído en relevancia varios escalones, la verdad es que sigue jalando gente, y ahora que ha entrado en una fase de madurez, el festival ha tomado su lugar entre los otros monolitos de los festivales gabachos como Austin City Limits, Governors Ball, Bonnaroo, y Lollapalabala. En su próxima edición, el festival intentará recuperar algo de su brillo pero sólo basta ver quiénes son los headliners para tacharlo como un monstruo mutante que carece de pies y cabeza.

La reputación que Coachella gozaba en la década anterior entre el público conocedor ha sido suplantada por nuevas fichas en el tablero como el Fun Fun Fun Fest y el Levitation, ambos festivales originarios de Austin, Texas. Su clave para el éxito… creo que es bastante obvio y ya lo había escrito en negritas.

El verdadero valor de un festival se mide por su prestigio, un factor que se establece y se desarrolla por medio de la curaduría. Festivales pequeños cuentan con más libertades para armar un cartel sólido y congruente siempre y cuando no pierdan de vista su propuesta original. Por ejemplo: Mutek es sinónimo de actos electrónicos experimentales; el cartel de Levitation suele estar integrado por bandas de rock psicodélico, noise, y dream pop; y Rock the Bells es un festival de rap y hip-hop. Muy simple. Es difícil cagarla como organizador cuando ya cuentas con una dirección pre-definida.

La situación se complica cuando el festival crece en popularidad, por lo que los organizadores buscan ampliar su oferta: más días, más escenarios, más bandas y de más países. Y claro, más presupuesto. Los que no pueden mantener la nave a flote se ven obligados a “regresar a sus raíces” (véase: Vive Latino) o chocan contra sus propios límites y se estancan (véase: Corona Capital). Sin embargo, hay uno que otro por ahí que logra construir algo sólido con las herramientas que tiene a la mano. Tal es el caso del Primavera Sound, el festival catalán que con su más reciente alineación ha vuelto a capturar la atención del mundo.

¿Qué ofrece Barcelona que Indio, California ha perdido?

Para empezar, el cartel da la impresión de que el festival es curado por gente que realmente tiene un gusto y respeto por el medio, y no por zánganos de marketing y relaciones públicas. Es cierto que hay muchas bandas que van a tocar tanto en Coachella como Primavera (LCD, Chairlift, Beach House, Deerhunter) pero un cartel no sólo es grande por quienes agregan sino también por quiénes omiten.

Por ejemplo, es de notar la ausencia de varios actos consentidos de las grandes disqueras como Cold War Kids, Halsey, Twenty One Pilots, Hozier, Ellie Goulding, o James Bay. De hecho, es una sorpresa que Warner, Universal, y Sony-BMG no gocen de tanta influencia dentro del marco del Primavera, pero estos dinosaurios son notorios por colgarse tarde de una tendencia. Yo digo que es cuestión de unos años para que empiecen a esparcir su veneno en estas tierras. Es casi inevitable.

Otro ejemplo. CERO DJs de EDM. Nada de Calvin Harris, ni Skrillex, ni Baauer, ni demás pendejada repetitiva. Sí, hay varias actos electrónicos en el line-up, pero son del tipo Sónar que suelen malvibrar a los mirreyes como Moderat, Kiasmos, Pantha Du Prince, Floating Points y Air. Hudson Mohawke se salva porque es de los DJs que no recurren a las fórmulas de siempre, y que de inmediato son etiquetados como “futuristas”, lo cual también saca de onda a los mirreyes tacheros.

Desde mi punto de vista, España es como territorio neutral. Los festivales del Reino Unido son demasiado locales. Los británicos siguen viviendo en una burbuja cultural y les cuesta mucho trabajo reconocer el trabajo artístico de alguna banda de fuera, especialmente si viene de Norteamérica. Al otro lado del Atlántico, los festivales gabachos se inclinan demasiado por los mismos intereses corporativos, y el resultado es que todos sus carteles se parecen entre sí, como nos muestra este diagrama que publicó Spin el año pasado.

Barcelona tiene el beneficio del que está mirando de fuera, por lo que tiene un mejor pulso sobre las tendencias marcadas por la gente que SÍ escucha música y que discute sobre ésta. Sólo en Primavera podría haber geeks emocionados por ver actos como Cabaret Voltaire, Drive Like Jehu, Kamasi Washington, y John Carpenter. De hecho, mucha gente quedó decepcionada al sentir que les hizo falta la participación o el regreso de más bandas de culto (digamos, Lush o Spacemen 3) pero eso es una buena señal. Indica que Primavera es capaz de generar un tipo particular de expectativas.

Puntos extra a Primavera por no darle la espalda a la escena indie española, aunque es cierto que muchas de esas bandas son enterradas en los últimos renglones. Pero puedo pasar por alto ese detalle cuando se rifan tanto con la develación del cartel. Con CLASE.

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