La bajada a los infiernos

El cráter del avernal Kawah Ijen y sus gentes.


En un intervalo de apenas una semana, por motivos que no vienen al caso ahora mismo, tuve la suerte de dejarme caer dos veces por la caldera del Kawah Ijen, un volcán pequeño, pero lleno de sorpresas, en el extremo este de la isla de Java, en Indonesia, así que me voy a permitir el lujo de hablar con algo de propiedad del lugar.

Mi aproximación al volcán en ambas ocasiones fue radicalmente diferente; la primera vez llegué (y salí) en scooter por la carretera de Banyuwangi, en el estrecho que separa Java y Bali, tran haber cogido el ferry. La carretera es un infierno en el tramo de más altitud, y el mero hecho de llamarlo carretera es una osadía, pero para pilotos calmados y sin miedo a tener que bajarse de la moto en muchas ocasiones, lo recomiendo sin dudarlo como aventura de las buenas. Es un trayecto tranquilo en el que el viajero no se encontrará con más de veinte vehículos, casi todos camiones de trabajadores, puesto que no es para nada un tramo demasiado transitado.

Road to Kaha Ijen, by Aaron K Hall

La otra opción es la carretera que llega desde el oeste, desde Bondowoso, y normalmente mucho más transitada por las excursiones que llegan desde el volcán Bromo, es una ascensión mucho más larga, pero la carretera es bastante decente, y se puede hacer sin ningún problema. Mi recomendiación es tomar la que mejor pille en cada momento, sin merecer la pena rodear todo el volcán para tomar la cómoda, o la aventurera; en caso de llegar desde Bali, subir por Banyuwangi, y en caso contrario, tomar el camino de Bondowoso.


Donde sí debo recomendar una de las dos opciones de las que yo disfruté, es a la hora de hablar del lugar donde pasar la noche previa a la ascensión. Es este caso se plantean dos aproximaciones, la primera que yo tomé fue dormir en unas cabañas en el inicio del camino de subida, en Pos Paltuding, en la oficina del parque donde se paga la entrada al recinto; y la segunda fue pasar la noche en el cercano pueblo de Sempol.

Las cabañas de Pos Paltuding son roñosas, viejas, mugrientas, sucias, malolientes, caras (para lo que se paga en Indonesia por dormir, claro), oscuras y muy frías, pero permiten levantarse a la hora que uno quiera para iniciar la ascensión, sin control ni depender de nadie, y llegar con margen suficiente para disfrutar de la increíble lava azul en lo alto del volcán, antes de que anochezca. A cambio, en Sempol la oferta de hospedaje es amplia y de todo tipo, mucho más cómoda, barata y de mejor calidad, en general; pero para poder tomar camino del volcán a hora temprana tendrás que pelearte con algún taxista que esté dispuesto a madrugar tanto o comenzar a andar mucho antes. Personalmente creo que alojandose en Sempol es prácticamente imposible llegar a ver la lava azul (de hecho, en mi segunda subida, no la vi), así que no puedo hacer otra cosa que recomendar la estancia en Pos Paltuding.


Y tras una fría noche comienza la subida, empieza lo bueno. El camino tiene aproximadamente 3.5 kilómetros, todos de subida (pero muy facilona), y desde el principio el viajero se cruza con mineros cargados con cestos llenos de cristales de azufre de hasta 80 kilos al hombro con los que suben y bajan la montaña con bastante más ligereza que cualquiera de nosotros, buscando unas rupias por hacerse una foto con los viajeros que les pueda ahorrar alguno de los viajes. Sus caras están envejecidas muy por encima de su edad y las marcas y heridas en su cuello y hombros no pueden sino hacerle sentir a uno un poco insignificante. Gente partiéndose la espalda y los pulmones por alrededor de diez euros al día para dar de comer a su familia y nosotros ahí mirando como si fuera un circo, no es una sensación sencilla.

Ijen miners, by Wel Long

La subida en sí no tiene mucho de especial hasta que prácticamente se llega a la cima, y si se sube de noche, absolutamente nada hasta la propia cima; justo cuando se empieza a notar el olor a azufre, la luz de las estrellas deja entrever alguna columna de humo saliendo de detrás de un recodo del camino, se llega al recodo y ahí está, al fondo del cráter una tenue luz azul envuelta en humo que se hace mucho más clara y visible según el viento le permite (o no) liberarse de su abrigo de vapores y sólo hasta unos minutos después de amanecer.

Ijen Blue Fire, by Ricky Martin

La bajada al fondo del cráter está prohibida para viajeros (bien lo anuncia un cartel), y en mi primera visita bien se preocuparon de impedírnoslo, aunque en la segunda intentona, coincidente con un festivo nacional, el guarda dedicado a prohibir el paso a viajeros descabezados como yo, no se encontraba en su puesto de trabajo, pese a haber llegado más tarde que la primera vez, así que ni cortos ni perezosos, tomamos camino de las puertas del infierno.

El sendero de bajada no es tan sencillo como el camino que hace la subida, es rocoso y más empinado, pero no es peligroso a plena luz del día, y con una linterna durante el día, tampoco debería serlo. Así que si alguien se anima a bajar, en un día común, le animo a que comienzce la bajada de noche, antes de que llegue el guardia, que así no encontrará ningún problema, excepto el tráfico de mineros en este tramo, que es mucho mayor que en el resto del camino.

Java Sulphur Mining at Kawah Ijen, by Markus Hill

El fondo del cráter es lo más parecido al infierno que uno puede imaginar, salvo por el color: los vapores de azufre no dejan respirar sin mascarilla (y ahí abajo nadie la lleva, ni los mineros, ni nosotros, ataviados con camisetas y calzoncillos a modo de pasamontañas para intentar evitar la intoxicación grave), toser se vuelve una necesidad, los ojos se irritan y urge cerrarlos muy fuerte, las nauseas son interminables y uno no puede sino desear el momento de salir de allí; y mientras tanto, grandes grupos de mineros realizan trabajos que parecen para prisioneros de guerra de otra época como si nada, como si el volcán no fuera con ellos, día tras día.

Acidic Crater Lake, by TropicaLiving

El “agua” del lago es tan ácido (se trata, además, del lago ácido más grande del planeta, de largo) que podría disolver un cuerpo humano en pocos minutos y provocaría quemaduras graves sólo con tocarlo. Del suelo, de la misma roca sale fuego constantemente, hay charcos y riachuelos de pura lava allá donde mires. Una situación que los mineros parecen haber dominado y ahora controlan mediante tubos que canalizan este azufre líquido para extraelo correctamente. De locos. Inlcuso hacen ciertas tareas cotidianas allí abajo como si todo este grotesco escenario les fuese totalmente ajeno. Juegan a las cartas y en ocasiones incluso comen ahí abajo en vez de hacerlo por el camino. Algo fuera de la razón.

Ijen vulcano, east Java, by Katja Smolina

Habiendo pasado más tiempo en el fondo del que mis pulmones hubieran deseado, ya a plenísima luz del día, retomando camino hacia el borde superior del cráter, se observa la magnífica estampa del cono volcánico, con su cráter, sus fumarolas, y el increíble empazamiento en medio de la selva, con varios perfectos volcanes alrededor, en el que se encuentra el Kawah Ijen.

Kawah Ijen, by Richard Arculus

Un agradable paseo alrededor del cráter para contemplar el paisaje y ya sólo queda bajar, con el constante goteo de más mineros en el camino, y las hordas de turistas de grupos organizados, que no suben de noche, en dirección contraria, y en la cabeza, y en los pulmones, aún el aliento de las puertas del infierno.

El camino de salida del volcán en mi caso, en ambas ocasiones fue por el sendero hacia Banyuwangi, una vez en moto y otra vez en camioneta y, si bien en los tramos más difíciles nos hicieron bajar de la camioneta y salvar los pedregales andando, he de decir que la bajada es notablemente más sencilla que la subida.

Y hasta aquí mi visión del Kawah Ijen, seguid conectados para nuevas historietas, y ya sabéis, si os gustó: ¡Compartidlo! ¡Y meneadlo!

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