Me quedó la boca llena de pasto

¿Porqué es que no me gusta lo que no me gusta?
De un tiempo para acá agarré la costumbre de hacerme esa pregunta, así como quien se agarra una gripe. Me di cuenta de que eso que no me gusta habla mucho más de quién realmente soy que aquello que si me gusta. Es más fácil crear la identidad a través del No soy que definiéndola a partir del Soy. En otras palabras, lo que no nos gusta es un reflejo más fiel de nosotros que todo lo demás. Por ejemplo los homofóbicos usualmente terminan siendo homosexuales reprimidos. Los celosos son terriblemente inseguros. Los que odian las matemáticas tiene problemas con conceptos abstractos y así ad infinitum. Así fue que empecé a fijarme detalladamente en aquello que no me gustaba y su porqué.
El primer ejemplo que se me ocurre está en mi niñez. No me gustan los caballos. No los soporto cerca. La razón es sencilla; mi papá fue parte del Ejército Nacional, del arma de caballería. Durante una de las acostumbradas exhibiciones de destreza, cayó de su corcel Azabache en un salto complicado. Se quebró el brazo y estuvo varias semanas en cama recuperándose; ahí interioricé que los caballos debían estar lejos de mi vida.
El ejemplo más reciente lo tengo muy en la punta de la lengua, después de haber leído una novela de Osvaldo Soriano que me dejó la boca llena de pasto; Una sombra ya pronto serás. Claramente no me gustó. Pero no me gustó en ningún sentido. Su estética me fastidió terriblemente. Sus personajes me parecen indignos. Su argumento me pareció reprobable.
Esto es una muy buena noticia en medio de todo. Porque pasa como con el ají. Cualquier persona que disfrute del picante sabe que encontrar algo que haga llorar de picor es todo un acontecimiento. Porque es la noticia infalible de que aún quedan glándulas gustativas y un nuevo limite que superar.
¿Porqué no me gustó?
La estética
Todo pasa en la pampa. Todo es Pampa en la novela. El problema de la Pampa es que sólo hay tierra y paja. Es un paisaje horrendamente monótono; vacío. No podría sentirme cómodo con ese escenario siendo el montañero que soy. Acostumbrado a ver el atardecer tostar las montañas. Esa sensación de nada geográfica me espanta desde una perspectiva inconsciente. Es para mí como un desierto. Sin norte ni sur. Es estar perdido. Cualquiera que crezca cerca de una colina aprende a ubicarse de acuerdo a ella. Ni hablar de los cerros que sirven de brújula en la ciudad en la que crecí.
Así mismo, lo rural choca de frente con mis costumbres urbanas. Los citadinos sabemos lo cerca que estamos de la desesperación cuando nos sacan de nuestro bullicioso estilo de vida. Sé que dirán que hay mucho placer en la desconexión. Pero precisamente ese placer de la desconexión existe porque es temporal. Claramente me jode la idea de desconectarme tanto como el protagonista.
Los personajes
Todos me cayeron mal por estar fuera de sitio. Pero ¿como no? si siendo ajedrecista se me dificulta dar un paso sin procurar que este sea estratégico. Bah, no sé si eso sea por ajedrecista o por obsesivo, pero para efectos prácticos ¡hay que perderse en la puta Pampa!. Un tipo que trabaja en informática no puede por ningún motivo alejarse de una computadora a no ser que sea para reflexionar sobre como lucrarse con la misma o para ser más eficiente con ella. Esa falta de ambición me jodió mucho. Pero claro, fácil es para mí decirlo siendo que soy un capitalista pobre. Capaz me sentí ofendido por un personaje que abraza la pobreza con resignación. Esa característica también la comparten los personajes de la obra. Yo la resignación no la tengo en el bolsillo para todos los días; al contrario la cuelgo en una percha junto a mi traje más negro para cuando alguien muere. En mi mundo lo único resignable es la muerte. Todo lo demás son excusas. Mi disgusto es evidente; tengo pánico de perder la irreverencia de poder exigirle a la vida lo que me merezco y sentir que ella simplemente me va tirando por ahí un pedazo de queso amargo a su voluntad. Mi disgusto se llama impotencia.
El argumento
A Vicky le he repetido un sin fin de veces que el día en que yo no le encuentre sentido a la vida, alegremente -es difícil pensar en el sustento de esa alegría- me volaría la tapa de los sesos. Esto porque me parece que una persona tiene siempre que actuar con valentía; bien sea de abrazar su suerte o de rechazarla violentamente. Pero nunca andar por el mundo misereando adrenalina o algo para embotar el alma y la mente. Me abruma la falta de control; ser un fardo que lo corre el viento o ahora que están tan de moda, una rolling stone que rueda por una montaña es algo que no me permitiría en ninguna de mis reencarnaciones. Claro, esto es muy fácil decirlo dado que hay cosas que motivan cada mañana. Pero ¿qué pasa si un día me quedó sin combustible?¿Si se marchita la pasión en aquello en lo que creo; Vicky, mi familia, el dinero, la corrupción, la hipocresía, la marihuana, etc? Mi fastidio aquí se llama cobardía.
Lo rescatable
Algo que me llevo muy conmigo y que me gustó profundamente -claro, porque es un tema recurrente en mis textos- es la nota de suicidio:
Le dejo el auto. Tíreme por ahí. Un abrazo. Lem
Me recordó vivamente mis instintos suicidas más profundos, aquellos que veo reflejados en Andrés Caicedo — también recurrente en mis textos. Esto del suicidio me llegó muy joven. Desde que me decidí poeta. Lo triste del tema es que como buen poeta, como escritor soy un fracaso y claramente no llegaré a suicidarme. Con toda la furia escribiré columnas ultra derechistas para un diario que no entiende de derechas pero se define como tal y moriré burgués una noche serena después de caerme de la cama huyendo de una pesadilla. Mi cabeza se atascará en la mesa de luz y mi nuca se girará 197 grados -ni uno más ni uno menos- separando mis vertebras hasta que los canales de información que fluyen entre ellas se interrumpan. Con ello guardo la esperanza de poder decir -bueno, que lo diga otro, porque yo ya no podría decir nada obviamente- que a mi también me mató la guerra. Porque yo la guerra la llevo adentro y la veo cuando cierro los ojos. Mis sueños y mis pesadillas se diferencian en una sola cosa; en los sueños mi papá logra alejar la insurgencia. En mis pesadillas yo no puedo evitar que me lleven con ellos. Freud diría muchas cosas de mí. A mi Freud me chupa un huevo. La insurgencia es una figura que me persigue todo el tiempo. Para mi no son otra cosa que testigos de Jehová con un galil 556 terciado, barba rala y botas de caucho. Estos tipos que se creen más vivos que todos y pretenden salvarnos me suena a providencialismo trasnochado; es el mismo argumento dialéctico de Hitler, Stalin, Mussolini, Tito, Kirchner, Chavez, Correa y Uribe — porque obtusos hay de todas las formas y colores. Aclaro que no tengo nada contra los testigos de Jehová. Pero si me jode mucho el papel que asumen de salvadores. ¿Acaso no estuvo Latinoamerica sumergida en la violencia subversiva durante la segunda mitad del siglo pasado bajo el pretexto “ libertad para el pueblo”? Convengamos que no se ganó un ápice de libertad con las balas porque unos mojigatos pensaron que había UN camino hacia lo que ellos consideraban la salvación y sólo ellos podían dirigir a toda la sociedad hacia él.
Retomando la novela, algo que agregaría a lo rescatable junto con la nota de suicidio de Lem y que me sumó mucho es el comentario del payaso gordo. Cuando dice que todo gran artista sabe cuando debe retirarse así esté en el clímax de los aplausos. Por eso corto aquí. No por lo de artista, si no por lo de gordo payaso.
Postdata: El lunes florece.