#SinÁnimodeRimar — Introducción y prólogo.
Hola, buenas. Lo primero que hay que hacer al entrar en un sitio, o eso me enseñaron mis padres, es presentarse. Mi nombre es Guillermo Rodríguez, en el trabajo me llaman Guille y mis amigos Guillo. A mí lo que me gusta es que me llamen, para tomar un café o para una mudanza, pero que me llamen.
Soy manchego y obrero de la comunicación. De Valdepeñas, aunque residente en Madrid. Técnico audiovisual en Unidad Editorial, aunque yo quise ser periodista, de radio. Y acabé en la tele, ironías de la vida.
Y como echaba de menos escribir… lo empecé a hacer por hobby y, sin querer, un día rimó. Ese es el porqué del título de esta obra. Y ahora, déjenme que les cuente qué es Sin Ánimo de Rimar:
Déjenme que les cuente que este es un libro que he escrito pensando en muchas personas, y sin embargo en nadie. Este es un libro que he escrito pensando en ti, mientras te olvidaba. Este es un libro que contiene palabras vacías de todo y que pinté en unas cuantas noches en los que me apetecía hablar con gente cosas que solo me podía contar yo.
Déjenme que les cuente que este libro, a pesar de llevar un nombre no escrito, nunca tuvo protagonista, y aunque tiene un destino claro, nunca encontró un puerto donde dejar caer el ancla. Este libro se contagió de noches nostálgicas arropadas por una manta de estrellas que parecían no querer dejar escapar la última luz del brillo de tus ojos. Este es un libro escrito por todo en singular y por nada en plural.
Les confío algo de mí que rara vez confesaré. Porque al final de todo, lo eterno solo existe pintado sobre el papel. Agradecido. Son todos muy majos.
PRÓLOGO, por Mario Cortegana.
El amor, como el fútbol, no hay quien lo entienda. Por eso pocos han pasado por ellos sin contemplar sus dos aristas, la del disfrute y la del padecimiento. En ambas religiones, y perdonen que me ponga místico, un solo segundo basta para cambiar las lágrimas de alegría por las de tristeza; y viceversa. Aquí no hay trucos mágicos, ni fórmulas matemáticas: son inescrutables e imprevisibles. Y que no nos lo cambien.
Cuando Guillo me dijo que iba a escribir un libro, pensé que tenía más ganas que talento. Y no precisamente porque le escasee lo segundo, como prueba que haya desechado la prosa para atreverse con los versos, sino más bien por la agenda de ministro ajetreado que rige sus días.
Cuando Guillo me dijo que iba a escribir un libro y que me encargaba el prólogo, el epílogo o, ya puestos, ambas piezas, pensé que hablaba por él su resaca. Luego recordé que nunca le he visto borracho y me convencí de que, vaya usté a saber por qué, confiaba en mí para la tarea que aquí nos ocupa. No descarté, no obstante, que se hubiera llevado alguna que otra cobra literaria hasta llegar a mí. Tampoco me importó en exceso.
Pero sobre todo, cuando Guillo me dijo que iba a escribir un libro, lo que pensé con toda seguridad es que trataría de amor: precisaba de un tema con tirón y público amplio y, por mucho que se parezca al fútbol, a él no le resultan tan familiares. Al primero lo persigue y del segundo huye. Sí: sólo podía ser sobre ello, sobre ellas.
Porque es el amor lo que conoce de maravilla. Lo ha estudiado con profusión y ahínco, bastante más que el invertido en cualquiera de las materias que le imponían en esa universidad a la que hace un tiempo dejó de ir. Se sabe la teoría y, según me ha explicado alguna vez (sin lujo de detalles, que un caballero es un caballero), también la práctica. Como todos, sabe aconsejar a los demás, pero no siempre orientarse a sí mismo. Y fruto de todo esto, de tantas idas y venidas, de tantos síes y noes, y de tantas margaritas deshojadas, fueron naciendo un puñadito de estrofas que rompen en obra genuina de aquí en adelante.
A quien conozca a Guillo le sobran los motivos para quedarse en estas y venideras líneas. El que no sepa de él y haya dado con sus ojos aquí, ha de saber que es un tipo grande en el sentido más amplio del adjetivo: cuando te da un abrazo, lo sientes dos veces, una por su corpachón de hombretón manchego y otra por el alto tallaje de su corazón. Y, aunque sólo sea por eso, siempre merece la pena leerle. Pero es que no es sólo eso, sino que hay más. Podrán comprobarlo cada miércoles: el de hoy, más otros 28. Invito yo.
Gracias Mario. Y a partir de ahora vamos al turrón. Con su permiso y ya saben, sin ánimo de rimar.