Día de cambios

Por Ricardo López

El alquiler en la ciudad es siempre algo tedioso y complicado, pero una vez que está todo acordado, tenés el dinero, alguien te salió de garante, encontraste un lugar adecuado en buen estado, con una buena ubicación y se alinearon los planetas, comienza otra tediosa etapa, que es parte del proceso y que requiere más esfuerzo físico. La mudanza.

Ésta historia narra el proceso de una mudanza en la ciudad de La Plata, con todos sus inconvenientes y sus pequeños logros.

Nos reunimos bien temprano, más temprano de lo que se espera para un domingo. El motivo era que íbamos a despedir la casa vieja, hacer la mudanza y recibir al nuevo hogar.

El departamento estaba al fondo, era parte de un conjunto de viviendas, ocultas en 55 e/ 3 y 4, antes de llegar al lugar había que recorrer un pasillo largo y angosto, ya estaban preparadas algunas cajas que nos dieron la bienvenida. Fuera del departamento estaban la heladera, el lavarropas y una biblioteca con el espejo original de un Ford Falcon atornillado en uno de los estantes superiores. Adentro quedaba poco y nada, lo que no estaba dentro de una caja era parte del desayuno que estábamos por tener. Así nos recibieron, éramos todos amigos, Nicolás era quién vivía ahí y preguntó qué queríamos tomar, también estaba Pilar su novia que saludó muy cálidamente, más tarde llegó Pablo, amigo costarricense, también estaba yo para ayudar y había arrastrado a mí novia Magdalena conmigo. Después de abrir un par de cajas para encontrar lo que necesitábamos para el desayuno, se puso el agua a hervir. Teníamos que desayunar tranquilos, faltaban algunos detalles y que llegara el flete, pero se estaba haciendo tarde. Nicolás, el responsable de toda la mudanza, llamó al encargado del flete porque se estaba haciendo tarde. Lo atendió una voz perdida, recién despierta y le dijo “Uh, colgué” tan claramente que todos lo escuchamos. Al parecer había tenido una larga noche de sábado. Luego continuó disculpándose, pidió nuevamente la dirección y salió retrasado para su destino.

Nosotros continuamos empaquetando las últimas cosas, terminamos el desayuno, desagotamos el lavarropas y el freezer. Después fuimos llevando cajas hasta la puerta que daba a la calle, en el otro extremo del pasillo. Sólo faltaba el flete que iba a llevar las cosas más pesadas, lógicamente. El lavarropas, la heladera, el somier, la biblioteca y las cajas que entren. Lo más delicado, como la cristalería, la vajilla, la impresora y la computadora va en otro auto que teníamos a nuestra disposición. No teníamos que ir muy lejos, eran 3 cuadras. Pero nos esperaba otro departamento en el sexto piso de un edificio frente a la Casa de Gobierno.

Finalmente llegó el flete y comenzamos a llenar la parte trasera de la camioneta, en cada mueble y cada caja despedíamos de a poco a “La cucha” como la había bautizado Nicolás. Cada uno ayudaba como podía y vigilábamos a Pilar que por una vértebra desplazada y un estricto pedido de su padre no podía levantar cosas muy pesadas. Encajamos las cosas en la caja como si fueran piezas de Tetris y nos separamos. Pablo y Nico se fueron en la camioneta, los seguí con el auto que estaba lleno de otras cajas más pequeñas y no había lugar para las chicas que se fueron caminando con una caja y una mochila cada una.

El viaje fue muy corto, pero ahora nos esperaba la peor parte que era subir todas esas cajas y muebles que conforman la vida de una persona al sexto piso. Llenamos la planta baja y los futuros vecinos pasaban y hacían comentarios muy amables.

Nicolás se acercó al conductor del flete y le entregó los 250 pesos que habían acordado. Mientras tanto Pilar retrataba la mudanza con su cámara y el chofer pidió una foto para publicitar su página de Facebook, en donde todos tuvimos que posar junto a él y su camioneta.

Las cajas que entraban, se iban por el ascensor y acaparamos ambos, las cosas subían por uno y las personas bajaban por el otro. Pero lo que no entraba, lo más pesado, había que subirlo por las escaleras al bendito piso 6. Solamente quedaban para subir a pie las dos partes del somier y la biblioteca que no entraba por muy poco en el ascensor. Lo intentamos. Nico y Pablo hicieron dos viajes, el de la biblioteca y el del colchón, quedaba por subir la otra parte de la cama, no pude zafar mi turno. Subimos exitosamente y pude observar el departamento por primera vez. La noche anterior habían lustrado el parqué del living/comedor y brillaba por la luz del ventanal que daba frente a la casa de gobierno y se podía observar el boulevard de la calle 54. Era un cambio notable, la cocina estaba aparte, luego la sala, una habitación y el baño. Cada ambiente terminaba en una ventana y la luz daba sobre todas las cajas y los muebles a medio ordenar.

Todos estaban contentos, habían terminado con la tarea y ya había pasado el mediodía. Era hora de festejar con unas pizzas y unas cervezas.

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