Historia de una inquilina

Por Carlos Fabián Osman

Con el día ventoso y el cielo nublado me dirigí hacia el barrio de Melisa Mazzotta, con el fin de charlar sobre su situación de inquilina y conocer la problemática. Luego de transitar por unos minutos las calles de Berisso, llamé por teléfono anunciando mi llegada, ya que no conocía el lugar.

Al girar en la esquina de 158 y calle 14 en dirección a calle 15, me encontré con Melisa una morocha de estatura media y de grandes ojos de un marrón profundo y muy expresivos. Su cabello es largo y renegrido. Sosteniendo con sus brazos a su hijo de 2 o 3 años que se aferraba a ella. Abrazando su cuello y escondiendo su rostro entre los cabellos de su madre vergonzosamente.

Mientras ella me decía “te presento mi casa”, que contenía en su cerco una puerta de alambre artesanal al estilo de los años 60. La casa era de una construcción prolijamente rustica igual que el barrio.

La calle 158 es de tierra y tiene grandes pozos que se mostraban desafiante a transitarla en un día de lluvia. Luego de saludarnos pasamos al patio donde están las puertas de acceso a otras dos viviendas que comparten el terreno.

El departamento de Melisa está en una planta alta, y había que subir por una escalera tipo caracol. Que parecía una adaptación extraña al estilo del cine de ciencia ficción. Suministrando esa inyección de terror al momento de subir por esos escalones que nos llevaba hasta la puerta donde alberga con su hijo.

Una vez dentro, nos sentamos alrededor de una mesa pequeña, que se encontraba junto a la ventana que daba a la calle, mientras el viento silbaba entre las pequeñas aberturas, porque no cerraban bien las ventanas debido a su falsa escuadra.

Melisa, detallaba los problemas que atraviesa en su alquiler, ya que el locador no cumple con lo pactado en el momento que se alquiló el departamento. Los nervios la empiezan a tensionar mientras relata todo lo que padece, como la falta de agua, o que sus cloacas se tapan más de lo normal y que hacían caso omiso a sus reclamos.

Mientras contaba los hechos más oprimía sus manos entre sí como si se les humedecieran las palmas de su mano, estaba empezando a ponerse tensa de los nervios. Traté de tranquilizarla, que mirara con otra óptica la situación. Me respondió rápidamente, que ya estaba pensando en contactarse con un abogado para resolver el problema.

Comentando que ella pagaba 3500 pesos mensuales, que le cobraron el mes de depósito el mes de garantías y el mes que viviría, pero no le dijeron que los techos tenían filtraciones y las paredes no se podían rosar o apoyarse en ellas por que la pintura manchaba la ropa.

“Me siento estafada”, manifestó con gran bronca, “¿por qué todo lo que ago me cuesta el doble?, desde tener que dejar a mis padres en Entre Ríos, para poder estudiar, trabajar y ahora tratar de criar a mi hijo, ¡porque soy madre soltera! Y pago una niñera porque no tengo con quien dejar al nene cuando trabajo o voy a cursar en la facultad”.

Levanta los brazos, manifestando su agradecimiento a Dios, por tener esas amigas íntimas que le cuidan el nene en algún momento o mes que no puede pagar una niñera. Mientras comentaba con preocupación, no saber cuál sería el futuro de su carrera de estudiante de arquitectura, porque los cuidados del niño requerían mayor atención y eso le demandaba mucho más tiempo, por eso estaba analizando la posibilidad de abandonar sus estudios, que con ojos llorosos y un poco de resignación en su mirada. Dijo luego de lanzar un fuerte insulto. “En la lucha por llegar a recibirme de algo ¡no soy la única que va a quedar en el camino!”.

Agradeciendo a Dios nuevamente y entrelazando los dedos de sus manos se promete a sí misma, tratar de llegar por todos los medios de lograr obtener una profesión o seguir luchando para obtenerla.” Se lo debo a mis padres que hicieron todo para tratar de ayudarme” exclamo. Pero hoy en su intimidad y en su momento de soledad llora a su padre, a quien perdió hace tres años. “Todo se me derrumbo” agregó con tono de angustia. “Era quien me llevaba adelante.

Mi madre hoy no puede. Apenas tiene dinero para visitarme y ver a su nieto, yo que no puedo irme de acá, porque cargo con una restricción judicial que no me deja sacar el nene más de 80 km de distancia, y con la autorización legal de él padre. Toda una historieta, pero no te voy a contar porque es muy personal”, cerré de inmediato ese capítulo y volvió a la charla del alquiler.

Ya las últimas luces de la tarde obligaban a encender ese único foquito que colgaba de un cable en medio de la cocina, alumbrando lo necesario. Ante la pregunta de cómo estaba compuesto este proyecto de monoambiente improvisado, relató que consiste en un dormitorio pequeño, una cocina no muy grande y un baño de 1 metro cincuenta por 1 metro, teniendo que calentar agua en una olla para bañarse ya que el calefón no función por no tener agua. “Son todos problemas” exclamo con bronca nuevamente. El horario prudente de visitar a una chica con su hijo sola había finalizado por lo que se dio por terminada la charla. Me acompañó muy amablemente a la puerta de calle y nos despedimos.

* Entrevista a Melisa Mazzotta, Dom. 158 e/ 14 y 15 de la localidad de Berisso, edad 35 años. Empleada en el Estado y estudiante de arquitectura.

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