“El negocio inmobiliario no es para nosotros los de las pensiones”

Por Carlos Osman y Franco Barletta

En La Plata hoy existen todavía muchas pensiones y es un submundo dentro del mercado inmobiliario, del que poco se habla o se conoce. Hipólito, querido e ignorado, tano y alegre, radical e hincha del Lobo, hoy administrador de una pensión, mañana criador de chanchos, es un personaje de tantos que viven de esta fluctuante actividad.


“Los espero toda la noche sentado en la escalera hasta que llegan, y ahí charlamos. O me paga o se va, y me deja la habitación con sus cosas dentro, hasta que se ponga al día con lo que me debe”, dice Hipólito, refiriéndose a un inquilino que lo esquivaba, porque no le podía pagar la mensualidad atrasándose varios meses. Lo cuenta cómicamente, entre carcajadas y algunas palabras en italiano . “Sabes todo las que pase en tantos años”.

Hipólito Francisco es el administrador de una pensión que se encuentra en el centro de la ciudad de La Plata. “Desde mediados de los 80 que estoy acá en calle 5, manejando la pensión desde que me junte con mi mujer. Ella tenía cuatro pibes y no teníamos donde ir, mi cuñado recién llegado de Italia vino con mucha moneda y bueno, compro acá y me dejo a mí para administrar.” Ocupa una de las habitaciones con su familia: su esposa y cuatro hijos del corazón. Hipólito con sus sesenta y ocho años se encarga de la manutención del edificio en todo lo que se refiere a pintura y trabajos de albañilería. Sobre todo, en la cocina que es uno de los espacios más grandes, donde transitan todos los habitantes de la pensión, ya que ese espacio es compartido por todos, al igual que los baños, donde se encuentran los boxes de tres duchas y de tres inodoros. “Las habitaciones cuestan $3.300 y la luz corre a parte, igual que el gas. Sí querés una estufa en la pieza se paga a parte. Yo le coloco la estufa y se las dejo funcionando “. Comenta Hipólito, con su baja estatura y de figura delgada, mientras va mostrando las habitaciones. Se detiene y se pone a aceitar la bisagra de una puerta de una habitación y continúa relatando que en una oportunidad tuvo que internar de urgencia en el Hospital Rossi, a uno de sus inquilinos con problemas de vesícula; quedándose a su cuidado durante una semana después de ser operado quirúrgicamente “ Que podía hacer, el pibe estaba acá solo, no tenía a nadie que lo pueda ayudar. Los padres eran de Rivadavia (La Pampa), muy buena gente, pero acá encontrás de todo, buenos y malos, de todo”, manifiesta sacudiendo la cabeza blanquecina en canas.

-¿Entre todas estas situaciones, como transcurre tu vida familiar?

-Normal, atiendo mi familia, y trabajo acá porque siempre hay algo que se rompe. Cuando sale algún trabajito de plomería, albañilería o pintura afuera voy y lo hago.

-¿Trabajaste desde muy chico? ¿Fuiste postergando tu educación?

-Yo siempre fui muy independiente. Mi papá, que no lo quiero ni nombrar, me echó de mi casa a los 13 años. Trabajé para poder estudiar y con la ayuda clandestina de mi madre, que lloraba como una loca cada vez que iba a visitarme a la casa de unos tíos en calle 17 y 50 para rogarme que vuelva. Pero por suerte y gracias a mi tía, que me dió un lugar donde quedarme, estuve bien y hasta el día de hoy me banco solo. Por eso a mi familia no le hago faltar nada y no sabés cómo la peleo. Con mi finadita madre vivíamos en Tolosa, cerca del mercado, estuve ahí hasta que me rajaron.


Hipólito habla de la vida en general, pero en un momento, entre sonrisas sostiene que “Lo que me gusta de la vida es la vida misma, pero toda la vida me gustó la política. Soy afiliado Radical, prácticamente desde que nací o ¿por qué crees que me llamo Hipólito? por Hipólito Yrigoyen; mi madre se peleó a muerte con mi padre para ponerme el nombre, ella era Yrigoyenista, así me contaron mis tíos. Desde el año 66, con 18 años yo recorría los comités de reunión en reunión hasta que me cansé. La última vez que estuve en política fue con Alberti acá en La Plata, ya soy de los históricos”. Suelta unas cuantas carcajadas y frunciendo el ceño interroga con tono enojado “¿Vos no serás Peroncho, no? cara tenés”. Vuelve a reír y pidiendo disculpas concluye “Es una broma, no lo tomes a mal. Igual nosotros los verdaderos Radicales, ya no existimos más”.

Charlar de política lo entusiasma y moviliza ¿alguna vez habrá ocupado algún cargo?. Se excusa y exclama “No, por suerte no. Lo único que podría haber echo en política fue que estuve a punto de formar la Cámara, Federación o Confederación de Propietarios de Pensiones de la Provincia de Buenos Aires. Éramos unos cuantos, en el 83 había muchas pensiones, pero hoy en día ya son pocas las que funcionan. Antes había hasta pensiones de señoritas que tenían horario de visita para que los noviecitos no se les instalen”. Vuelve reír, mientras camina en dirección de la cocina y con la resignación en su voz comenta “Bueno todo eso se pinchó y quedo en la nada”. Se queda en silencio mirando un punto perdido, como quién mira hacia el pasado añorando proyectos que nunca pudieron ser.

La política sigue siendo un tópico presente en la conversación, insiste que por suerte nunca estuvo en ningún cargo político y reflexiona irónicamente“¿No ves lo que pasa hoy en día? Antes era lo mismo, pero no se daba a conocer tanto o no robaban tanto. Si al saludar algunos de estos políticos dándole la mano, después te tenías que volver a contar los dedos de nuevo por si te faltaba alguno. Mirá lo que son las cosas, de dar vueltas en la política a criar chanchos”. Vuelve a reír pero con mayor intensidad, mientras se dedica a aclarar que en poco tiempo se dedicará a la cría de cerdos para consumo y venta. En un emprendimiento, financiado por su cuñado (el dueño de la pensión) que funcionará en parque Sicardi, en los alrededores de la ciudad de La Plata.

Sus vecinos, de algunos comercios de la zona, con 20 años de antigüedad lo describen como una persona cálida y solidaria, un loco lindo, como la mayoría de los tanos. Siempre se muestra sonriente y dispuesto a socorrer a quien lo necesite, manifestaba uno de los comerciantes que lo conoce, otros prefieren no decir nada, dejando entrever que algún conflicto existió. “Es hombre de una sola palabra, lo que promete cumple, muy recto y muy de familia” así lo define otro de los vecinos. De una voz al mejor estilo arrabalero y amante del tango de los estilos de Jorge Valdés, Julio Sosa o Jorge Sobral. Hincha fanático de Gimnasia pasión que hace notar en su voz al nombrar varios jugadores del plantel de los años 60. “El loco Ciaccia, Domínguez, Novarini…” enumera y exclama “¡No sabés qué jugadores! Daba gusto verlos.” Mientras reniega reprochándose “Lo que tengo de malo es que nací en el Instituto Médico Platense en la esquina de las pinchas”. “Para desgracia de ellos” dice cómicamente.


— ¿Qué va a ser de esos estudiantes y trabajadores cuando se cierre la pensión a fin de año?

— Mira, te digo la verdad esto no dura mucho más, cuando se ubiquen los pensionados que quedan se cierra . Ya está la mitad de la pensión vacía. Por favor no me escraches la dirección de acá, que tengo la habilitación vencida. Si a fin de año me voy ¿para que voy a renovarla? ¡Te imaginas el municipio tocándome timbre! Yo no le abro a nadie, si preguntan por una pensión les digo que no hay ninguna pensión acá”, comenta con mucha risa mientras continúa “Te voy a dar una definición de cómo está la cosa hoy en día. Ésto dejó de ser negocio hace rato, la gente ya no alquila como antes. Ésto era todo universitario, el que te diga que vive hoy de los estudiantes te miente. Ya no vienen tanto del interior porque no tienen plata para mantenerse y estudiar. Este negocio agoniza y si no me creés, pasá por las grandes inmobiliarias y preguntá cuantos estudiantes les alquilan y vas a ver que de 60 o 70 inmobiliarias que tiene toda la ciudad, se disputan 30 o 40 posibles inquilinos como mucho. A eso sumale las pensiones y las casas particulares. El negocio inmobiliario no es para nosotros los de las pensiones. En un tiempo si fue negocio porque llegaban muchos extranjeros a estudiar, hoy los extranjeros se trajeron los familiares acá y nosotros nos quedamos sin los inquilinos

Las risas comienzan a desaparecer y otra vez la mirada de Hipólito se pierde. Apoyado en la boca de la escalera, como al principio enumera todo lo que tiene que hacer en el día. Nuevamente, con sus carcajadas de fondo, que a esta altura son como la banda sonora de la pensión, pide nuevamente por favor que no sea escrachada la dirección de la pensión, agradece, se despide y se queda ahí esperando. Esta vez nadie le debe el mes, sólo espera la llegada de fin de año y un nuevo comienzo.

One clap, two clap, three clap, forty?

By clapping more or less, you can signal to us which stories really stand out.