¿Tenemos lo que nos merecemos?

Miami — Aspen

Singular Factory
Nov 16 · 3 min read

Este mes tenía planificado escribir sobre la influencia que el trabajo remoto estaba teniendo en el precio de la vivienda, los nuevos requerimientos de una zona de trabajo junto a los tradicionales dormitorios y baños o quizás el comienzo de la vuelta al pueblo desde las grandes ciudades.

Sin embargo, horas antes de enviar mi texto, Nadal gana su décimo tercera final de Roland Garros. Y algo ocurrió.

Twitter es de las pocas redes sociales en las que aún participo. Tiene un truco muy sencillo que es abandonar todos aquellos generadores de ruido u odio. Aquellos que no aportan nada. Que restan en lugar de sumar. En mi caso particular además evito leer posturas políticas fundamentalistas y radicales en cualquiera de los sentidos. Una vez que lo has construido, te queda una poderosa herramienta de conocimiento, referencias y aprendizaje.

Pero, ¿qué fue lo que ocurrió? Pues que en uno de los comentarios a uno de los tweets donde la organización del torneo celebraba la victoria del español, Twitter destacó una de tantas respuestas:

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Y en ese momento, lo que más me llamó la atención fue la cantidad de odio y opiniones similares que estaban entre los comentarios. Así como los mensajes de apoyo a este comentario concreto.

¿Que puede estar sucediendo? Una persona que se ha trabajado su carrera desde el comienzo. Que ha elegido pagar sus impuestos en España (cuando legalmente pudo haber trasladado su residencia) y resulta que es responsable del mal uso que los que gestionan el dinero que aporta hacen.

Sé que opinar es gratuito, conozco y convivo con trolls a diario en las redes. La misma historia la he visto con las donaciones de la Fundación Amancio Ortega, que legalmente paga todos los impuestos que la ley requiere. Y he llegado a la conclusión de que existen personas que creen que sus problemas son consecuencia de los éxitos de otros.

Cuando la izquierda política ha decidido renunciar a la bandera de su país por un cúmulo de prejuicios del pasado, deja el hueco para que la derecha, torpemente, se los apropie. Y a partir de ahí la división llega al punto en el que vivimos una de las peores crisis sanitarias y económicas de la historia. Y, lejos de unirnos ante un enemigo común, usamos todo lo que está a nuestro alcance para restregárnoslo los unos a los otros. Conozco bastante bien la mayoría de los países del continente americano. Desde Canadá a Argentina. En ninguno he visto este comportamiento. Siempre hay algo que les une y generalmente es el orgullo de una pertenencia común.

Estos días he vivido además un debate en varios medios escritos que se cuestionaban si los españoles tenemos lo que nos merecemos. ¿Tenemos los españoles lo que nos merecemos?

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