El ser del mito

El ser del mito

Tengo frente a mí un pequeño reloj de bolsillo. Escucho su rutinario tic-tac. La vida retenida en un minuto. El polvo microscópico de la habitación se escurre con más lentitud que mis pensamientos y se filtra por el cristal de la pequeña maquinaria. Todo son cenizas imperceptibles, inaudibles, etéreas. El tiempo transcurre sin darnos cuenta, mas cuando volvemos la mirada nos percatamos que ya es demasiado tarde y queremos recuperar el último soplo, el último aliento vital, el último sueño.

La luz de la tarde hace señales en mi rostro. En el horizonte, el sol veraniego devora los campos marchitos y traza en el cielo pinceladas en tono pastel. Un pájaro se posa atento en el alféizar de la ventana, mueve la cabeza inquieto, anda a saltos y levanta el vuelo. Todo es efímero. Un último rayo de sol reverbera en el cielo y sus destellos encandilan mis ojos. Me ciegan mil cristales en el preciso momento en el que no logro distinguir un hilo negro de otro blanco. Es el crepúsculo.

De subito los vi, luminosos en la oscuridad, cautivos en la libertad, infinitos en la finitud. Habían llegado otra vez, silenciosos, para instalarse en la frontera imborrable de nuestra memoria colectiva, la única que resiste el paso del tiempo, la única que recuerda una historia real, alejada de las grises peroratas de los historiadores, la única que renueva con inusitada fuerza las más ancestrales inquietudes del hombre.

Sí, habían llegado los mitos, ¿acaso se fueron?, ¿acaso abandonaron nuestro cotidiano existir?, ¿acaso perdieron su mágico hechizo? Y si así fuera, ¿por qué retornaron?, ¿por qué nos envuelven de nuevo en los misterios ancestrales?, ¿por qué renuevan incansables con su plasticidad eterna las noches y los días de nuestro frenético mundo?

Algunos antropólogos como Lévi-Strauss afirman que el mito ha sido sustituido por la escritura, y que la escritura sería sustituida por la imagen, pero hoy sabemos que no es así. Todo “soporte”, como dicen ahora los post modernos, puede convivir. De hecho, en pleno desarrollo de Internet, la comunicación es “multimedia”. Curiosamente, necesitamos acuñar nuevos conceptos y vocablos para expresar las diversas formas de comunicarnos. Lo multimedia alude al conjunto de imagen, texto, voz y música en un todo más o menos armónico. ¿Dónde queda el mito? Dentro de ese todo. “La organización mítica del mundo –decía Kolakowski- (esto es, las reglas que garantizan la comprensión llena de sentido de las realidades empíricas) está permanentemente presente en la cultura.”

Se generan nuevas leyendas, que ahora son urbanas, porque lo urbano se extiende, predomina, protagoniza el paisaje; por tanto, asistimos a una mitología renovada, que tiene su raíz en las mitologías antiguas, en una suerte de continuidad. A la postre, “lo que fue, eso será; lo que se hizo, eso se hará. Nada nuevo hay bajo el sol.” (Eclesiastés).

En definitiva, los mitos siempre han estado con nosotros, bajo una u otra apariencia, con uno u otro nombre, para ayudarnos a construir nuestras vidas dándoles un significado. Quizá esto pueda sonar atrevido para una persona muy religiosa, ajena a los estudios exegéticos e historico-críticos, pero no es mi intención provocar. Me confieso religioso. Es más, me confieso profundamente religioso, y lo antedicho no resta en nada mi religiosidad, todo lo contrario: sé que los textos sagrados sobre los que baso mis creencias, sean los textos de la Revelación monoteísta, sean los textos orientales, están repletos de mitos y narraciones extraordinarias. Los mismos Evangelios cristianos son, en gran medida, elaboraciones mitológicas.

Por tanto, el mito, en su profundo significado, me proyecta a lo más hondo de mi propia religiosidad, esto es, me pone en comunión directa con la mismísima Divinidad. De ahí la importancia que siempre ha tenido la mitología en la cultura, como piedra angular de ésta. En realidad, es la elaboración cultural posterior la que nos separa de la Divinidad, el mito, por el contrario, nos acerca al Misterio.

El mito es por definición cíclico, recoge la leyenda construida sobre un suceso determinado, la amplifica, la dota de sabor, de color, de textura, de magia, la presenta como un suceso acaecido en algún momento, en algún lugar, investido por el encanto de la imaginación, que es la fuerza más poderosa que tenemos. La memoria es imagen, y la imagen es mente. Por tanto, entre la imaginación y la imagen se encuentra “el reino de lo imaginario” que diría José Luis Aranguren. Podemos acudir a él consciente o inconscientemente, en los buenos y malos momentos, con la seguridad de que hallaremos siempre respuestas a nuestras inquietudes más latentes.

El símbolo se construye cada día, segundo a segundo, instante a instante, de forma imperceptible unas veces, otras mediante complicados procesos de transformación y manipulación del mensaje propagandístico y político (véanse las exitosas campañas de marketing), pero siempre nos interpela, nos habla, nos manifiesta su poder extraño, casi hipnótico, instintivo, y el cuerpo, mi cuerpo, se pone en sintonía con el símbolo que me llega, que me susurra, que me transmite una información casi inútil. Percibimos el símbolo porque nuestro pensamiento es simbólico, aún incomprendido, somos una especie en evolución que no conoce su origen, ni el origen de nuestra conciencia, ni de nuestro lenguaje. Por tanto, nos queda el símbolo, educador de nuestras ignorancias, y el mito, calmante de nuestros miedos.

Desde esta perspectiva, la actividad artística se fusiona con las capacidades simbólico-representativas humanas, hasta el punto de poder afirmar que ambas realidades –arte y mito- nos presentan un conocimiento configurado del mundo, que permanece latente en el imaginario colectivo de nuestra existencia.

Después de esta reflexión el sueño aparece y me sumerjo en un viaje mítico plagado de hermosos significados. Quedo cautivado y sueño con el poeta:

“Allí de la tierra lóbrega, de Tártaro nebuloso y del ponto estéril, de todos están una tras otra las fuentes y los límites penosos y húmedos, que incluso los dioses odian, de una gran sima, a cuyo umbral no podría llegarse en un año completo, ni aun estando dentro de sus portones. Sino que de aquí para allá le llevaría a uno tormenta tras cruel tormenta; terrible, incluso para los dioses inmortales (es) este prodigio; y la morada terrible de la sombría Noche se alza cubierta con nubes de azul oscuro. Allí hay brillantes portones y un umbral broncíneo, inquebrantable, fijado con raíces sin fin, natural; enfrente, lejos de los dioses todos, habitan los Titanes, allende Caos sombrío.” (Hesíodo, Teogonía).

-2-

He pasado una noche convulsiva, atormentada. El caos primigenio me asaltaba una y otra vez. Todo era una tempestad ininterrumpida, furia desatada, oscuridad eléctrica.

Por la mañana, alcanzo un poema de Juan de la Cruz: “¡Oh noche que juntaste amado con amada, amada en el amado transformada!”

Ha pasado tanto tiempo… Y fue entonces cuando percibí, gracias al mito, la Creación. El mito, que es sueño, el sueño que se transforma en ciencia, la ciencia que trata –solo trata- de explicar el origen, y vuelvo al sueño, el principio, lo he dicho, la Creación:

… Pero Tiamat no volvió su cuello,

Con labios que no eran vacilantes emitió palabras rebeldes

Entonces el señor levantó el rayo, su poderosa arma,

Y contra Tiamat que estaba enfurecida, envió su palabra:

“Te has vuelto grande, has exaltado tu estatura,

Y tu corazón te ha empujado a la batalla…

Y contra los dioses mis padres has forjado un malvado plan.

¡Deja entonces que tu ejército sea equipado y que se ciña las armas!

¡Ponte en pie y luchemos tú y yo!

Cuando Tiamat oyó estas palabras

Se sintió posesa y perdió la razón.

Tiamat dio gritos agudos y salvajes,

Tembló y se sacudió hasta sus más profundas bases,

Luego recitó un encantamiento, pronunció un hechizo.

Y los dioses de la batalla perdieron sus armas a gritos,

Luego avanzaron Tiamar y Marduk, el consejero de los dioses;

Llegaron a la lucha, se acercaron a la batalla.

El señor extendió su red y la cogió en ella,

Y le soltó en la cara el viento maligno que estaba detrás de él.

Los vientos terribles llenaron el vientre de ella,

Y perdió el valor y quedó con la boca abierta.

El tomó el tridente y le reventó el vientre,

Y después de haber cortado sus entrañas, atravesó su corazón.

El la venció y le arrancó la vida;

Echó al suelo su cuerpo y se puso de pie sobre él.

Y el señor se puso de pie sobre la parte trasera de Tiamat

Y con su lanza inmisericorde le aplastó el cráneo.

Cortó los canales de su sangre

E hizo que el viento del norte la llevara a lugares secretos…

Entonces el señor descansó, miró el cuerpo muerto e ideó un astuto plan.

La partió en dos mitades como a un pez;

Estableció una de sus mitades como la cubierta para el cielo

Puso un cerrojo y puso un guarda

Y les dijo que no dejaran salir las aguas.

Pasó a través de los cielos, y miró las regiones celestiales

Y por encima de la Profundidad estableció el reino de Nudimmud.

Y el señor midió la estructura de las profundidades.”

Y sigo soñando con el reino de Nudimmud, pero quiero ahondar más, llegar más atrás, como Aristófanes, hacia el momento aquel donde sólo existían…

“Caos, la Noche, el negro Erebo y el ancho Tártaro y ni Ger ni Aer ni Urano existían; en los senos ilimitados de Erebo, la Noche de negras alas alumbra primeramente un huevo, del que, al término de las estaciones, brotó Eros el deseado, brillante su espalda con alas doradas, semejante a los ventosos torbellinos. Éste, tras unirse al alado Caos tenebroso en el ancho Tártaro, empolló a nuestra raza y fue el primero en sacarla a la luz. No existía la raza de los inmortales hasta que Eros mezcló entre sí todas las cosas; y, al mezclarse unas cosas con otras, nació Urano, Océano, Ge y la raza imperecedera de todos los dioses felices. Así somos, con mucho, los más antiguos de todos los bienaventurados.”

Crear es dejar fluir las energías divinas que nos impregnan. Para el filósofo George Steiner:

“Creamos o nos aproximamos a la creación igual que morimos en un aislamiento ontológico, en “soledad”. Este término, asociado a la poesía de Góngora. Concentra perfectamente estos valores fundamentales. Implica la solitudo latina, que es su origen, comporta aislamiento, exilio en la tierra baldía del yo, un apartarse e otras presencias humanas comparable al de un anacoreta. Connota la “noche del alma”, otra distinción barroca bien conocida por el místico, el metafísico y el poeta. A partir de ella, el nacimiento de la obra produce luz o una oscuridad más densa si cabe. La “soledad” del creador es, como di-ce Góngora, “confusa”. Es a la vez vacío, desierto del espíritu y plenitud en potencia, preñada de impulsos creadores. El poeta, el pensador están indeciblemente solos, aunque sometidos a la presión de múltiples posibilidades. En el umbral de su silencio interior se halla la turbulencia de la forma incipiente, de la voluntad de articulación.”

Somos dioses menores y creamos, mediante la danza, multiplicando las formas del cuerpo en infinitos gestos y perfiles; mediante la poesía, balbuciendo el lenguaje paradójico de los ángeles; mediante la ficción, dando vida a lo imaginario; mediante la pintura, plasmando la belleza escondida. Crear es un acto religioso, aunque ocurra en un laboratorio. Es una forma sutil y dinámica de oración, en la cual lo que hay de más feroz y sublime en nosotros se funde en materia de plegaria, pues la creación artística es toda esa trama en la que el artista se relaciona con el mundo y se muestra a su prójimo determinando su conducta. Así, donde se habla de arte, podemos hablar también de la conducta artística del hombre, es más, de la conducta creadora del hombre. Sólo allí donde el arte se convierte en una determinante esencial de la conducta humana, podemos hablar de arte creador en sentido pleno. La idea de creación es, por tanto, el presupuesto decisivo y fundamental del arte. De ahí que la manifestación artística comparta tantos elementos con las religiones. Son comportamientos humanos que obedecen a las numerosas ideas de expresar el sentimiento divino y de cómo el hombre trata de acercarse a dicho misterio.

Estoy convencido de que todo artista imita a Dios. Y todo arte, es un intento de expresar el lenguaje de lo Absoluto que resuena en lo más íntimo de nosotros y nos permite mirar lo Real mediante la óptica de la Estética. Sólo así trascendemos esta realidad ilusoria que nos rodea, y nos tornamos capaces de reinventarla, modificarla, humanizarla, hacerle un espacio de amortización para nuestros deseos mundanos.

Envuelto en estos pensamientos, contemplo el cristal del reloj de bolsillo, traspasado por el sol de la mañana. Mi rostro irradia luz. En mi mente prosigue la representación del mito, auténtico salto al conocimiento verdadero. Y nos disponemos a entrar, y miramos al pasado, que es futuro, y adivinamos que ahora, más que nunca, es el tiempo del mito, es la esperanza fundida en el presente, es el presente proyectado en el mañana, que fue ayer, que siempre es, que siempre soy.

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