El fantasma platónico II
La primera parte de este texto puede encontrarse aquí.
¿Por qué vale la pena “mejorar”? La pregunta puede parecer estúpida en primer momento, pero resulta más problemática de lo que pudiera parecer a primera vista. En la discusión de agendas descubrimos que la sed de justicia social esconde el deseo de imponer una forma de pensamiento. Esto es, si como clasemedieros pugnamos por justicia social, estamos representando la voz de una clase que no habla por sí misma sino que es interpretada por otros actores. Lo cual — se me ocurre — abre dos posibilidades, que asumamos que nuestro proyecto tiene un contenido ideológico, o esperar a que la clase menos privilegiada asuma, por su propia voz, cómo quiere vivir.

Claro es que, como lo platicamos en aquella ocasión, la pobreza implica un círculo vicioso de condiciones de vida que dificultan a quienes viven en ella asumir un compromiso político o intelectual con alguna causa. El estrés, por ejemplo, ejerce una influencia importante en el comportamiento de los menos privilegiados. Considerando que, además, quienes viven en condiciones marginales tienen — por lo general — que trabajar más tiempo que la clase media, y algunos destinan partes de su ingreso en asegurarse goces inmediatos que además de efímeros, contribuyen al deterioro de su salud.
Por esta razón es que me parece imperativo reconocer que la labor de Wikipolítica es ideológica. Sin embargo, yo no concibo la ideología como la falsa consciencia marxista, sino como la inevitable certeza de que estamos sometidos a la creencia. Los universales nos están negados, las esencias también están fuera de nuestras posibilidades epistemológicas. Nuestras creencias no son buenas porque contengan en sí algún principio absolutamente necesario. Nada como la igualdad ni los derechos humanos son garantías de una naturaleza humana. Todo está sometido al lenguaje y a la historia, e incluso la vieja creencia positivista de que la ciencia es objetiva es histórica. Esto no significa que debamos vivir en el nihilismo, sino que debemos — en principio — asumir ese rasgo de la condición humana: somos seres de lenguaje, ideológicos. Negarlo significa presuponer cosas con las que quizá no estemos de acuerdo. Para algunos tecnócratas bienintencionados, negar la ideología resulta en la asunción ciega — dogmática — de la modernidad burguesa. La asunción de que el modo de producción, las instituciones, la ciencia, son verdades últimas dadas, constituyentes de lo que Leibniz llamaría el mejor de los mundos.
En Wikipolítica, negar la ideología nos llevará a la misma tibieza discursiva que han sostenido los partidos políticos actuales a lo largo de su historia. En el mejor de los casos, negar la ideología nos llevará a ser el sueño de todos nuestros maestros tecnócratas, que no tienen el carácter suficiente para aceptar que defienden un proyecto político moderno por convicción, no porque sea algo naturalmente bueno. Yo, abiertamente, pugno por una Wikipolítica violenta, que asuma los costos de sus convicciones como primer paso para una verdadera transformación de la praxis política y cultural cotidiana de nuestro país. Hacerlo no solo significa operar una transformación política, sino un proyecto mucho más radical: cuestionar realmente qué tanto de lo que se nos ha dicho que es “bueno” es bueno y útil para nuestra sociedad.
En la última asamblea escuché a alguien decir que (cito): “no tenemos que justificar nuestras posturas”. La misma persona sostuvo, en otro momento, que las condiciones de igualdad legal y económica no se relacionaban unas a otras por una cuestión sociológica (entre más desigualdad, mayor espacio para que la democracia se convierta en una completa simulación). Agregó que esta condición es necesaria porque es lo bueno. Esto, además de disgustarme, me hizo darme cuenta de la importancia de que Wikipolítica sea capaz de sostener — y fomentar — discusiones teóricas sobre los pasos que vayamos dando. La victoria política de este año, representada por Kuma, planteó un panorama distinto para todes nosotres. No podemos dejar todo al contexto y asumir que discusiones sobre temas tan polémicos como el aborto serán decisiones a discutir, sin asistir al debate con una postura inicial y bien fundamentada.
He ahí mi temor frente al populismo. He pensado algo al respecto y me parece que es una herramienta muy valiosa, pero también peligrosa. ¿Por qué? La reducción maniqueísta de buenos y malos es una estrategia política muy útil, especialmente cuando los discursos partidistas están tan gastados. Sin embargo, el mismo afán nos conduce a 1)una contradicción y 2)a exacerbar un problema social de por sí grave en el país. 1) Buscar una nueva forma de hacer política significa renunciar al pragmatismo político del que se han valido muchos movimientos políticos dentro y fuera del país. La coyuntura representa siempre una gran oportunidad de coptar grupos políticos que, como el rebaño, siguen al mejor líder. Sin embargo, no me parece que nuestra labor sea reproducir los esquemas clientelares y paternalistas a los que estamos acostumbrados, sino operar a través de la convicción política. Creo — y me propongo como ejemplo — que une wiki convencide de lo que es y de lo que está haciendo es más valioso que 200,000 que reproducen una moda progre y buenaondita por inercia. 2) Me pronuncio abiertamente en contra del chairismo como la actitud maniquea que se encarga de polarizar para valorizar. Esto es, nada de lo que hacemos puede ser legítimo porque decimos que es legítimo, ni nada de lo que propugnemos como verdadero por sí mismo, sin posibilidades de ser discutido, puede ser benéfico para la democracia.

Pero la sociedad civil y las organizaciones no gubernamentales están llenas de aquella heroica y romántica pureza ciudadana que los aleja de las posibilidades de ejercer acción política real. La política no es un juego de buenos y malos, es un proceso de construcción, de deliberación y negociación que presupone hacer a un lado los malos hábitos de pensamiento que tiene nuestra sociedad.
Renunciar al pragmatismo no significa, sin embargo, dormirnos — a la manera de movimientos políticos precedentes — en los laureles de la teoría. Todo compromiso verdadero intelectual y político presupone el trabajo de construir una visión que sea capaz de llevar las ideas, las voluntades, a la realidad material, pero de eso trataré en la tercera y última parte de este post.