La seducción del agua tibia

La simulación de lo nuevo por lo nuevo.

“Tengo la impresión de que a veces usamos fórmulas, con la mejor intención del mundo, pero que no funcionan. Decimos: ‘tenemos que echar a la derechona juntándonos todos los de izquierda’. Yo digo: no; no lo conseguimos así. Llevamos 30 años haciendo lo mismo para echar a la derechona y la derechona cada vez está más fuerte. Y a veces tenemos que ser lo suficientemente laicos para entender que existe una mayoría social que puede que esté harta de nosotros.
(…)
Hemos perdido siempre. Nos han derrotado siempre. Nuestros símbolos fueron derrotados; nuestra manera de trabajar fue derrotada; (…) nos ganaron en todo… Un grupo de gente cantando la Internacional no va a transformar el país. ¡Ya me gustaría a mí, porque yo vengo de eso también! (…) Perdimos. Tenemos el país que tenemos, y el país que tenemos es resultado de la victoria del adversario. Y el adversario, ¿sabes cómo quiere vernos? Como siempre nos ha visto: minoritarios, pequeños, identitarios; aspirando a recoger lo poquito que deja el Partido Socialista; en nuestras peleas internas; con nuestro lenguaje de siempre… [Sin embargo,] Hemos demostrado que, sin renunciar al Programa y de la voluntad de cambio, [es posible] conseguir ilucionar a mucha gente que antes no hubiera venido a las reuniones. A mí me han criticado mucho el reivindicar el concepto de Patria… ¡No se puede ganar un país sin reivindicar el concepto de Patria!
(…)
La obligación de un revolucionario siempre, siempre, siempre, es ganar.
Aunque tengamos toda la razón del mundo, pero ¡cojones! Para una vez que tenemos la oportunidad de ganar es fundamental que no repitamos lo que nos hizo perder”.

-Pablo Iglesias. Podemos.

Ser de izquierda es chido… y no mucho más que eso, al parecer. Desde hace al menos 30 años las tendencias políticas que reconocen la necesidad de la seguridad material para el auténtico ejercicio de libertades han perdido casi todas las batallas en México, menos la estética. Hemos perdido la batalla discursiva y notamos con frustración que muchos de nuestros conceptos y discursos suenan arcaicos a los oídos de la población. Hemos perdido la batalla electoral y contemplamos un escenario de poder en el que la gran ausente en los planes y puestos más importantes es la política social. Hemos perdido la batalla laboral y, si bien contamos con una legislación que tiene luces de ser pro trabajadora, estas luces no son más que destellos aislados en un miasma de simulación con una clara tendencia: la pauperización del empleo. Para ser justos, algunas batallas se han ganado en lo social: matrimonio igualitario, por ejemplo. Pero no es suficiente; seguimos siendo un país profundamente machista y discriminatorio en general.

Hemos sufrido derrota tras derrota, y ante la desolación nos hemos resguardado en lo bello y lo sublime de los cánticos y las marchas; en la vanagloria de los esfuerzos “plenamente ciudadanos” que se jactan, con innegables aires de farsantes, de haber construido una barrera de pureza infranqueable que los aísla del lodazal de los actores políticos tradicionales. Nos hemos guarecido en las expresiones artísticas de enorme calidad que nos recuerdan el valiente cariz de nuestra causa y la innegable perversión de la contraria…

En ese afán de resguardo, nos hemos olvidado por entero de nuestra causa principal que es la transformación de la realidad. En lugar de entrarle al toro por los cuernos, nos hemos vestido de gala para quedarnos en el palco de la gritona irrelevancia mientras otros tantos que no pueden darse ese lujo siguen sorteando realidades imposibles y esperando el cumplimiento de un sinnúmero de promesas vacías.

Ante ese escenario, surgen de las piedras muchos desesperados (y cierta porción de simuladores también) que van por la vida gritando: ¡pragmatismo y estrategia! Estos hinchas de las victorias, huyendo de las derrotas y frustraciones históricas, terminan en el otro extremo: el extremo del ganar por ganar; del suponer que la mera ocupación del poder por parte de gente nueva será suficiente para renovar al país, como si la novedad fuera alguna especie de mágica garantía de integridad o capacidad. Rebotan, extasiados, de una ingenuidad a otra.

En esa otra ingenuidad, hija de la crisis de las derrotas, surge una plétora creativa que promete hacerlo todo bien esta vez. Parecen sirenas susurrando que el fracaso desaparecerá del horizonte una vez que implementemos todas las innovadoras estrategias. Brota, de entre todas ellas, la iniciativa del palimpsesto: tallemos nuestras hojas para escribir de nuevo; ¡pero esta vez escribamos un discurso ganador! Donde se leía “izquierda económica” escríbase “políticas contra la inequidad”; donde se leía “democracia popular” escríbase “participación ciudadana y rendición de cuentas”; donde había “sindicalismo democrático” quédese “representatividad laboral”; sustitúyase “política industrial” por “programas de inversión estratégica”, y finalmente, séllese en el olvido y para siempre la “redistribución del ingreso” y por encima imprímase “políticas de combate a la marginación”.

A ellos les digo, fuerte y claro: se equivocan. Tantas derrotas han terminado por atolondrarlos generando una clásica confusión de las causas por las consecuencias. No se trata meramente de cambiar de palabras: se trata de volver a convencer. No se trata de divorciarse de tajo de una herencia conceptual; es aprender a trascender dogmatismos e identificar clara y estratégicamente qué nos sirve del pasado y qué no; pero sobre todo, se trata de recordar que las victorias huecas de poco sirven. Se debe ganar para construir un mundo mejor; para regresarle la digna relevancia a la justicia. Se debe ganar para construir la fraternidad en el vacío. Nada más alejado del barbarismo del ganar por ganar; del discurso que nada dice.

Las categorías de izquierda o derecha, liberal o autoritario, comunitarista o cosmopolita, no son el problema. El problema es cuando estos conceptos, y cualesquiera otros nuevos o viejos, se usan con un sentido tan ambiguo que terminan por no decir nada o no decir lo suficiente y permiten, en esa ambigüedad, que quienes los usan no deban comprometerse claramente con nada. El problema está, pues, en el uso de conceptos como herramientas de simulación; en el cacareo de la invención del agua tibia. Wikipolítica, más que renegar infantilmente del uso de ciertas palabras, debe ser estratégica en el uso de las mismas, pero sobre todo, para volver a ganar el discurso y con él la realidad, debe tener el valor, la honestidad, la sensibilidad y el coraje públicos necesarios para dotar de un contenido claro, familiar, contundente y consistente a los conceptos y discursos con los que se aventurará a tomar al cielo por asalto.

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