Sí, quiero

El ser humano y el celular, una historia de amor que se selló con la llegada de Pokémon Go.

El teléfono dejó el lugar marginal de la oreja. Se reinstaló en su nuevo hogar: la mano.

Estaban enamorados. Casi no podían despegarse. Apenas lo hacían en momentos muy puntuales. Y justo llegó Pokémon Go. Si acaso la relación ya era indisoluble, la aplicación la hizo crecer a niveles utópicos. Ahora ya nada podrá separarlos.

El mito del amor a primera vista se convirtió en una teoría confirmada con un caso de éxito: la relación entre el hombre y el teléfono inteligente. Fue un flechazo. Una historia que no para de crecer, que no tiene baches. El ser humano incluso le pidió que dejara ese lugar marginal en la oreja y lo llevó a su mano para consolidar una anunciada e ineludible simbiosis.

Al principio, tenían códigos para no asfixiarse. Se daban un descanso obligado en los bancos a la hora de dormir y algún pequeño impasse ético en las comidas y al cruzar la calle. La propia relación las fue eliminando. Ahora, justo cuando parecía que se había llegado a un punto insuperable, llegó Pikachu.

Tras un impasse, antes se volvían a encontrar por una vibración o sonido que alertara de la emocionante novedad que alguien había catalogado como “me gusta” a una foto de un plato de fideos. Ahora, ya no hay pausas. El ojo no tiene otro destinatario que el smartphone. Es que Charmander podría estar en cualquier lugar en cualquier momento. La propia esencia del juego apunta a esto: si la vista se despega por un instante, el riesgo es altísimo: perder la posibilidad de obtener a uno de los más codiciados.

El phubbing parecía incontrolable. Pikachu lo convirtió en invencible.

Publicado en LMNeuquén.

One clap, two clap, three clap, forty?

By clapping more or less, you can signal to us which stories really stand out.