La biografía de mi culo

Por Lola González Plaza (17 años)

Mi culo y yo nacimos juntos en el 2000. Todos los veranos de mi infancia mi papá me bañaba en la bacha de la cocina y mi culo gozaba con el fresco. Cuando regaban las plantas, yo me sacaba la ropa y salía a correr en culo por el patio. Antes de entrar a la primaria la cosa cambió. Ana, que trabajaba en casa, me dijo mientras volvíamos del chino que si movía el culo los hombres iban a gustar de mí y que eso era importante. Cuando tuvimos esa conversación, yo estaba más cerca de usar pañales que de la pubertad. Ese día, después de bañarme, me puse la bombacha al revés porque la parte de adelante tenía menos tela que la de atrás. Así, se me veía más piel del culo. Era como una tanga. Caminando por la calle pensé que todos los hombres que lo vieran se iban a hipnotizar. Pensé que iban a tener corazones en los ojos, como en los dibujitos.

Años después mi culo y yo fuimos a una fiesta de cumpleaños. Era uno de esos bailes que se hacían en sexto grado. Y mientras bailaba, el chico que me gustaba me agarró el culo. Me lo apretó. Me asusté y me reí. A partir de ahí nos separamos. Mi culo y yo, digo. Él se quedaba en la parte de atrás, que el espejo no mostraba pero que los demás sí veían y yo adelante, inteligente y carilinda, un poco sosa. Se emancipó de mi cuerpo. No era mío, era de quien lo mirara, de quien lo quisiera. Lo empecé a amorcillar cada vez que salía, lo hacía bailar sin ritmo, bien sacado para afuera y caminaba incómoda , a ver si les parecía más grande. Preparaba una receta que les gustaba a los demás, no a mí.

Foto: Muriel Bruschi

Cuando de nena jugaba a mover el culo, lo hacía porque quería y me divertía. Pero ahora, debía hacerlo sólo para uno, para el que me elija. Caminar en esa fina línea entre señorita y fiestera, sin caer para ningúno de los dos lados. Cuando de nena jugaba a ser libre me divertía. Pero de grande descubrí que ser libre del todo no es lo que quieren. Y mientras buscaba quién decidiera apropiarse de mi culo, debía disfrazarme de coqueta; interesada, pero no tanto; culona, pero no demasiado. Bailar en el boliche, pero sin subirme a la tarima y sin menearlo hasta abajo.

En la torre de princesa, durante la espera para que alguien se adueñe de él, se lo alquilé gratis a varios: los que me lo pellizcaron en algún pogo, al chico que me gustaba pero no para que me tocara tanto, a los compañeros que me miraban cuando pasaba al pizarrón, a los que me la apoyaban bien en el culo en los bailes y en el subte. Nunca le conté a mis amigas, aunque de sus culos se adueñaba la misma gente. Diría que no teníamos ningún filtro respecto a quien lo podía manosear pero esto tenía una contradicción: nuestros culos ya eran de ellos, decidir nos resultaba ilógico. Y al que nos preguntaba si lo podía tocar lo considerábamos benévolo como un Dios. Ese era el bueno, el que te quería y de todo era merecedor.

Pero mi culo empezó a contracturarse, a aburrirse y a menearse cuando nadie lo veía. Nadie menos yo. Armé una playlist de cumbia, fue clave. Mi culo ahora baila Gilda y reggaetón latinoamericano. Reunifiqué mi cuerpo. Dejó de ser redondito, proporcional y bronceado y se convirtió en gordo, con celulitis y estrías. Tiene ritmo y se menea mucho. Me miro en el espejo para decirle “no puedo creer cómo me gustas” y me pongo una tanga de leopardo que me queda pintada.