Soy poptimista

Por Juana Giaimo

Hace diez años creía que el reggaetón era música de la radio para lavar cerebros. Iba a los cumpleaños de quince y bailaba esa cosa por obligación. Ni siquiera me gustaba bailar porque creía que la música era para escuchar y no podía escuchar reggaetón porque era horrible. Pero adentro mío lo disfrutaba. Llegaba a mi casa de las fiestas cansada, con el ritmo en el cuerpo y con ganas de seguir moviendo los pies y la cola todo el día. Era un guilty pleasure, pero ¿por qué una música que me daba placer me hacía sentir culpable? ¿Quién nos dijo que bailar reggaetón está mal? ¿Quién nos dijo que éramos tontes si gastábamos nuestro tiempo en supuestos productos vacíos del mercado?

Foto: Violeta Castillo x Julieta Briola

La discusión poptimism vs. rockism tiene varias generaciones, pero explotó en la crítica de música de habla inglesa cuando Kelefa Sanneh publicó en The New York Times un artículo llamado “The Rap Against Rockism”. Ahí explicaba que el rockismo es una perspectiva que enaltece al rock y denigra a los géneros populares, pero además se preguntó: “¿Puede ser solo una coincidencia que las quejas de los rockistas suelen oponer al hombre blanco heterosexual al resto del mundo?” Ahora ustedes están pensando nombres que no sigan esta regla. Un gay: Freddy Mercury. Una mujer: Patti Smith. Un negro: Jimmy Hendrix. ¡Felicitaciones! Lograron nombrar tres personas, pero son sólo excepciones.

Poptimismo y rockismo poco tienen que ver con los géneros musicales. El Charly García de los ’80s suena pop pero es considerado rock. ¿Entonces? Es rock porque es un hombre heterosexual blanco. Desde que el rock empezó a perder masividad, el rockismo define al pop como inauténtico, artificial y superficial, mientras habla de épocas doradas cuando había guitarras en las radios. Pretende tener una mirada objetiva, según la cual habría música que no merece ser escuchada. Por eso, Pitchfork nunca reseñó un disco de Shakira y los primeros discos que reseñó de Taylor Swift y Katy Perry fueron los que sacaron en el 2017. Dado que las tres son mundialmente populares, resulta obvio que hubo una decisión editorial de borrar sus voces. El rockismo escucha al pop solamente como guilty pleasure o para burlarse. Cuando Marina & the Diamonds tocó en el Lollapalooza, me encontré con dos hombres que decían con ironía: “A ver qué escuchan las chicas” y que después le gritaron: “¡Puta!”. A falta de mejores palabras, los fui a buscar y los insulté. Eran rockistas que creían que hay música sólo para las chicas adolescentes y queers, y que esta música es inferior a lo que ellos escuchan.

Así como el feminismo no significa “anti-hombres”, el poptimismo tampoco significa “anti-rock”, sino que se propone marcar los privilegios del rock, como por ejemplo, la posibilidad de tener letras misóginas y que a nadie le resulte ofensivo. Todes cantamos alguna vez: “o puedo ser tu violador”, de “Juegos de seducción” de Soda Stereo, y ¿no nos sonaba raro? En el contexto de la letra, se trata de una fantasía de un juego de rol sexual pero, ¿no hay otros que no involucren forzar a un individuo a tener relaciones sexuales? La letra de “Lolita” de Onda Vaga recién empezó a hacer ruido con las recientes acusaciones de abuso a los integrantes. Sin embargo, ellos ni intentaron esconder su pedofilia, sino que grabaron una letra que dice: “No existe el abuso”. En cambio, la gente criticó las letras misóginas del reggaetón desde que empezó a ser popular. Por esto, hoy contamos con muchas nuevas voces femeninas que luchan contra la mirada machista y heteronormativa del género. Esto no significa que el reggaetón sea menos misógino, sino que la misoginia en el rock se llama “rebeldía” o peor aún, “poesía”.

Foto: Chita x Julieta Briola

Desde el 2004, la mirada poptimista ganó espacio en el periodismo de música de habla inglesa: hoy Beyoncé recibe Best New Music en Pitchfork, el K-pop y las drag queens aparecen en los portales, mientras que Kendrick Lamar ganó un Pulitzer. Otro cambio que logró el poptimismo es que las publicaciones hoy buscan redactores que no sean todos hombres heterosexuales blancos. Considerar otros géneros por fuera del rock, significa cambiar la forma de analizar la música, como empezar a darle importancia a la figura de le productore. Éste existió siempre, pero la imagen mítica del músico como genio solitario hizo que todo el equipo que trabajó con él fuera eliminado.

Yo creo que en Argentina el rock tiene un carácter religioso: es una palabra autoritaria que no se puede discutir. Tenemos a los “héroes del rock” en un pedestal, entre los cuales las mujeres brillan por su ausencia y, si aparecen (dos: Hilda Lizarazu y Fabiana Cantilo), es sólo como acompañantes. Nos tatuamos “mujeres bellas y fuertes” de El Mató, pero no reconocemos a las letras de las mujeres. Hoy se aplaude a Lali por sus actitudes feministas, pero no escuchamos su música que es también feminista. Las únicas reseñas de Brava que encontré son las de Rolling Stone y Billboard. Busquen, en cambio, reseñas de bandas del indie argentino, como Francisca & Les Exploradores (aunque los integrantes son todos hombres) o Bándalos Chinos, y van a ver que abundan.

Foto: La Femme D’argent x Julieta Briola

Uno de los eventos culturales que causó más revuelo en el año fue la tapa de Duki en la Rolling Stone, porque significó un respiro por fuera del rockismo. La nota analiza un acontecimiento del presente desde su inestabilidad: no hay calidad sino miradas subjetivas que discuten en un contexto concreto. Sin embargo, Duki se compara constantemente con el rock y adopta una postura altanera con respecto a la música pop. Es un ejemplo claro de cómo el rockismo nos está asfixiando: ni siquiera el movimiento que pretende romper completamente con lo anterior puede despegarse del rock.

Ser poptimista en Argentina es difícil. Me piden explicaciones si digo que Taylor Swift cambió mi vida, que una coreografía me puede resultar tan importante como la música y que une cantante que no es compositore merece también mi respeto. Siempre sentí que para que mi opinión sobre la música valiera, me tenía que inscribir en el discurso del hombre heterosexual blanco. Pero a través de los años, el poptimismo creció en mí y me permitió derribar estereotipos y aceptar que muchas de las bandas con renombre simplemente no me gustan. Hoy pienso que escribo reseñas no para decirle a la gente qué tienen que escuchar, sino para expresar en palabras una mirada y un análisis propio. Hoy priorizo el disfrute sobre el qué dirán y bailo y escucho reggaetón sin pensar que está mal.