Análisis literario de nuevas vanguardias

Diego Buendia
Aug 26, 2017 · 9 min read

Este relato lo escribí en 1978, cuando estaba recién ingresado en la universidad, estudiando Ingeniería. Lo he encontrado buscando otra cosa, como es habitual, y lo expongo a pesar de su ingenuidad porque se ven todavía discursos críticos que son verdaderas empanadas intelectuales. Aquel muchacho que fui sentía la necesidad de reírse de esas imposturas y esa inquietud se plasmó en este divertida crítica de un poema un tanto singular.

Esta pequeña joya que ofrecemos a la consideración del lector pertenece a una escuela simbolista caracterizada por un cierto hermetismo en sus obras, hermetismo que ha sido objeto de las más encarnizadas críticas por parte de ciertos comentaristas superficiales. No debemos cebarnos en una cruel contracrítica para la cual, por otra parte, encontraríamos motivos y apoyos sobrados; con esto solo convertiríamos la crítica literaria en un sangriento y morboso partido de ping-pong, no siendo este nuestro deseo, sino el de acercar al público de la calle, al profano, y en la medida de lo posible, los secretos, por otra parte no demasiado arduos, de esta literatura, hasta hoy tan injustamente vilipendiada.

Como primera y preliminar observación, justifiquemos algo que quizás haya extrañado al lector poco familiarizado con este estilo literario: al acercarse por primera vez al texto, es normal que usted no haya entendido nada. Esto no es óbice para que profundice en él, puesto que para ello basta con que usted tenga un mínimo conocimiento de los presupuestos básicos en que se apoya esta tendencia literaria. A este fin, se hace precisa una pequeña explicación previa.

Nuestra escuela simbolista nació a partir de un ensayo escrito por un poeta poco conocido, hace un par de décadas. «Por una renovación estética de la poesía», de P. Frachetti, fue un escrito en gran modo revolucionario, que lógicamente suscitó grandes polémicas y controversias. Frachetti, basándose en ideas, en buena parte ajenas, eso es cierto, sugería tímidamente que el valor convencional de las palabras coaccionaba al lector, que las formas manidas esclerotizaban su imaginación, y que debían buscarse nuevas formas, aun a riesgo de que estas nuevas formas volvieran a crear lugares comunes en la mente del lector, pasado un tiempo. A este respecto otro escritor, holandés, llamado van de Maden, proponía utilizar toda clase de signos, aun a riesgo de convertir un poema en algo así como una pastilla de arcilla moldeable al antojo de cada uno. «¡Un reto a la imaginación!», proponía entusiásticamente van de Maden.

Esta creciente inquietud inició por fin los esfuerzos de la investigación literario en este campo, esfuerzos que, dado lo amplio de los supuestos iniciales, se diversifican desde entonces en muy diversas direcciones, unas más inspiradas, otras con menor fortuna. A la primera clase pertenece el pequeño poema reproducido más arriba, el cual ha sido atribuido repetidas veces a van de Maden, sin que este extremo haya podido verificarse. Las razones que se aducen para esto se basan en el estilo del escrito, muy concordante con el del holandés. Van de Maden, no se sabe si para dar más cuerpo a sus conceptos, o bien por pura profusión de estos, introduce secuencias que son difíciles de explicar, y que a veces parecen simples añadidos sin ton ni son. La impresión primera de este escrito nos induce a pensar en esa peculiaridad; sin embargo, la exquisita matización de sus puntos clave presta a estos intervalos el mismo valor intrínseco que un amante otorga al tiempo muerto durante el cual su pareja se arregla en su cuarto, tiempo que, al cabo, sumido en la felicidad sublime de los hitos que lo demarcan, adquiere como por ósmosis el mismo tinte que sus deliciosos extremos. Así, es lícito afirmar que, en su extrema sencillez, el poema tiene una lucidez feliz, a la cual contribuye en gran parte el ritmo logrado mediante una estructuración relativamente simple de los versos, que nos sirve para ir subiendo los peldaños hacia el todo inmenso y solemne y que al final nos devuelve, con una dulce sonrisa, a la modestia de las cosas pequeñas donde, paradójicamente, se esconde aquel todo magnificente en una expresión magna pero no soberbia, poderosa pero no antipática.

Así, este poema empieza escondiendo en su título esa suave ironía a la que nos acabamos de referir: «el desarrollo de una función de una variable» (de un sentimiento relativamente vago y solitario, dependiente solo de una variable, es decir, de uno mismo). El término «desarrollo», a simple vista un tanto frío y escéptico, nos descubre una personalidad temerosa de ser escarnecida al contrastarlo con la patética dulzura de las estrofas siguientes. (Precisamente se niega la paternidad de esta poesía a van de Maden porque esta hipotética sensibilidad y finura de espíritu no se corresponde con el carácter afable y extrovertido del holandés, más dado a la vitalidad desbordada que a la contemplación melancólica).

Uno de los grandes aciertos de este poema consiste en haber unido armoniosamente el nuevo lenguaje simbólico y el lenguaje literario normal. Estas pausas, estos respiros, acercan el espíritu del artista al lector, el cual ve como aquél se debate en la humana duda de exponer con exactitud sus sentimientos o hacerse más comprensible. Tras el título encontramos la secuencia simbólica:

Mediante una inscripción formalmente matemática («efe-paréntesis-equis-paréntesis-igual»), que no hay que interpretar rigurosamente, sino utilizando una vaga analogía con esa ciencia, el autor dice claramente, con sinceridad: «Aquí estoy yo», o bien «He aquí mis sentimientos». Si el lector consigue traspasar el umbral de la fría impersonalidad de los signos, descubriendo el auténtico sentido de estos, que es esta explicación o puesta en escena, clara, sin dudas ni melindrosidades, notará tras ellos el calor humano, la viril resignación, o melancolía, del artista, comparable en su exquisita y triste franqueza a los antiguos versos de Manrique. «Efe-paréntesis-equis-paréntesis-igual»: «He aquí mis sentimientos». A continuación, el autor nos refiere («efe-paréntesis-a-paréntesis») de dónde provienen sus sentimientos: de un pasado, una situación inicial, el principio de su existencia, o mejor, de su conciencia. A esa primera semilla de sí mismo, la vida añadirá nuevas experiencias, como veremos más adelante. Por ahora digamos, en resumen, que este admirable primer verso es una mise en scène breve pero magistral, una exposición descarnada y sincera del artista, sin artificios ni reservas.

En los siguientes versos el poeta va creciendo en su exaltación, en su febril aproximación a la Verdad, al secreto de su sentir. El lenguaje utilizado facilita esta expresión, con la colaboración de la sensibilidad del escritor, claro está. ¿Cómo nos indica el autor esta creciente inquietud?: notemos en primer lugar cómo los distintos grados de este estado se añaden (signo «más»), incrementando el estadio anterior. En segundo lugar, obsérvese como se enriquece la notación con diversas comillas, como el primitivo estadio «1» se hace «2» y termina llegando a «n», señal de infinito, del número que es más que cualquier número.

Pero no nos precipitemos, no nos dejemos llevar por la pasión. Leamos con calma:

«mas-efe-dos comillas-paréntesis-a-paréntesis-partido-dos-admiración!-paréntesis-equis-menos-a-paréntesis-dos pequeño en alto-más…».

Es fácil constatar cómo el autor se deja llevar por el arrebato místico hasta el punto de admirarse de cómo su sentimiento ha crecido («¡dos-admiración!») y cómo, inmediatamente después de ello, una ingenua ternura resta pasión a lo que siente, invirtiendo una mayor serenidad feliz («menos-a»). Esta ternura, que tan vivamente contrasta con el escepticismo del título, llega al cariñoso extremo de dar un tinte diminutivo («dos pequeño, en alto») a su primer entusiasmo, aunque persista en el mismo nivel de elevación del que antes se admiraba, como si entonces se hubiera vanagloriado de algo que es mucho más natural y sencillo de lo que creyó en un principio. Con ingenuidad, como un niño que cae cada vez que intenta andar, el autor corrige cariñosamente aquel exceso de pasión. Asimismo, esos puntos suspensivos con los que el autor nos exime delicadamente de una farragosa reiteración, demuestran una sensibilidad de talla, quizás lo suficientemente profunda como para evitar, en conjunción con una natural modestia, la gloria dignamente merecida mediante su creación.

Quizás nos confunde un tanto el término final «erre grande-n», cuando esperábamos una culminación apoteósica. No, el autor rehúsa recurrir al fácil entusiasmo, y se distancia de esa sucesión de ideas sin darles importancia, como si viera alejarse una carreta por el camino; sus pensamientos han cambiado repentinamente y, como si realmente este cambio hubiese sido radical y trascendente, como si le hubiera devuelto a la alegría cotidiana, confiesa simplemente:

«Donde Rn es el resto…».

Y añade cazurramente:

«… pudiéndose calcular por dos-puntos».

Este final, que da la sensación de complicar innecesariamente el hilo del poema, no lo es tanto si nos alejamos nuevamente de las ideas preconcebidas. Para ello, consideramos los dos puntos como un retorno al simbolismo, pero un retorno de pasada y sin profundizar, un retorno con el cual indica que el lector puede intentar seguir la progresión iniciada, pero que no era ese su objetivo, en principio.

Empieza, pues, la segunda parte del poema con un cambio de plano. El escritor rememora los diversos caminos por los que siguió aquella estela de pensamiento en distintas épocas. Para dar una imagen cálida, nítida, nostálgica, de un tiempo vivido y ya irremisiblemente lejano, el autor les adjudica nombres; nombres como los que siempre han tenido las cosas; nombres, quizás, de pueblos perdidos donde él vivió momentos de intensa ensoñación y dulzura. Se aviene a definir aquellas emociones sublimes, y no duda para ello en utilizar neologismos grecolatinos (theta, delta) para ser más fiel a su idea. No vamos a precisar más detalles de esta parte; su distribución ordenada contribuye a hacer más asequibles los estados que se describen; sólo observaremos como tímidamente se inserta el «ene-mas-uno; admiración!», como si admitiera subir, contra su naturaleza, un paso más, para después, algo avergonzado, reducir su aseveración de idéntico modo a como lo hiciera al principio.

«Indistintamente»

Esta simple palabra ha traído innumerables complicaciones a los críticos, que se han servido de ella para hacer suposiciones siempre aventuradas acerca del carácter del autor desconocido. Muchos han deseado ver un descreimiento acerca de todo, un deseo de olvidar asqueado todas las anteriores matizaciones. Los hay que, por otro lado, pretenden seguir viendo la melancolía en ese «indistintamente», e incluso la dulzura de una pronunciación bondadosa. A todos ellos cabe recordarles que esta literatura no pretende sino ductilizar la sensibilidad de los lectores y hacerlos más propensos a imaginar. Añadamos, a este respecto, que nuestro deseo al escribir estas líneas no es sino introducir a los profanos en la materia mediante unas pautas, como hace un ejemplo, es decir, sin pretender bajo ningún concepto sentar cátedra. De cualquier modo, y basándonos en la frase siguiente, que rubrica el poema, preferimos interpretar cualesquiera sentimientos comedidos y nobles antes que no depresivos (a efectos prácticos, aconsejamos al lector que «suavice» mentalmente la palabra siguiéndola de una coma, o mejor de puntos suspensivos, a fin de representar de forma concreta nuestros asertos).

Por último, devolviéndonos a una rústica simplicidad, haciendo gala de una suave socarronería no exenta de bondad, el autor reduce al mínimo la suntuosidad de los neologismos grecolatinos, en un golpe de gracia, indicando que pueden tener «un valor cualquiera entre a y x». Con estas palabras, el autor nos aleja de su pensamiento como un objetivo zoom se distancia de un objeto, dejándolo sumido en su entorno, perdida la magnitud de sus ideas en la tangibilidad de lo que le rodea y de él mismo. El autor viene a decirnos con una sonrisa: «Olvídelo, no tiene importancia».


No es preciso insistir en las posibilidades de investigación en este campo donde no hay un solo sendero trillado. A todos los interesados solo rogamos una cosa: seriedad. Hay mucho que hacer y no hacen falta payasos ni farsantes. A los que sientan ese deseo de trabajar en serio, solo les decimos una cosa: ánimo y que haya suerte.

Si a usted no le ha interesado, o bien no ha llegado a comprender una palabra, o tal vez solo unas pocas, no se desanime. No todo el mundo está facultado para la alta literatura y, por otra parte, hay cientos de cosas que sí podrá leer. No se preocupe demasiado ni se acongoje por perder el tren de la vanguardia. Tranquilo; el tiempo cambia las cosas y lo revolucionario acaba por ser asimilado. Si no acaba de convencerse, en este mismo libro encontrará escritos que serán de su agrado, y que hace quinientos años no se hubieran entendido.

)

Diego Buendia

Written by

Saliendo de la nada fui niño, músico, ingeniero, programador, padre, desarrollador SQL, prejubilado y vuelvo poco a poco a la nada.

EÑES

EÑES

Una comunidad de escritores y lectores en Medium

Welcome to a place where words matter. On Medium, smart voices and original ideas take center stage - with no ads in sight. Watch
Follow all the topics you care about, and we’ll deliver the best stories for you to your homepage and inbox. Explore
Get unlimited access to the best stories on Medium — and support writers while you’re at it. Just $5/month. Upgrade