Así muere un poeta (I)

Primera parte: Muerte por letra propia

Cuando entré a la casa de Gavino Retana olía a desinfectante. Ya había olido la muerte en otras muchas ocasiones, pero esta era la primera vez que lo hacía de esa forma. El hedor era tan fuerte que hacía llorar los ojos, y cuando entré a la sala principal de su casa noté por qué la esencia a rosas era tan fuerte. Una mujer de mediana edad, de cabello castaño y piel blanca, de carnes abundantes y facciones bruscas limpiaba la estancia, y por cada metro cuadrado que limpiaba con un trapeador viejo y desgastado rociaba un chorro desproporcionado de líquido verde sobre el piso de cerámica. La mujer lloraba mientras limpiaba, y las lágrimas se confundían con el sudor que le empapaba toda la cara.

«Deja de limpiar, pareces loca mujer», le increpaba una anciana de unos setenta y tantos años; Úrsula Quiñones, la esposa de Gavino Retana. Sin embargo, por más que le insistía, la mujer continuaba restregando el piso con pasión.

Más al fondo, en un sillón de cuero color vino que quedaba bajo la ventana de la habitación, se encontraba sentado un hombre un par de años más joven que la mujer con la obsesión por la limpieza. Miraba un noticiero con la mirada fija. En el repaso de los titulares figuró el nombre de Gavino Retana, pero no pareció percatarse. Estaba tan ensimismado que no había logrado darse cuenta que había inclinado tanto la taza de café que sostenía entre las manos que el líquido dentro de la misma había empezado a derramarse por todo el suelo.

—¡Tené cuidado, Julián! ¡Estás ensuciando todo el piso! —le reclamó la mujer que limpiaba. Luego de quitarle la taza de la mano, comenzó a limpiar obsesivamente el lugar donde había caído el líquido.

—¿Se le ofrece algo, joven? —la anciana se dirigió a mí y me sacó de un solo golpe de mis pensamientos.

La esposa de Gavino Retana era una mujer de facciones nobles y de un carácter tan noble como estas mismas. Hablaba con dulzura y cuando lo hacía miraba directamente a los ojos, como quien no tiene nada que ocultar. Un mechón de pelo blanco se salía del moño que alguien más había realizado con mucha dedicación. Los lentes que utilizaba hacían que sus ojos, negros como las noches tristes en que la luna no puede observarse en todo el cielo, lucieran un poco más grandes de lo que realmente eran. La tez pálida y las arrugas que la poblaban hacía que luciera de una edad mucho mayor a la que realmente le correspondía.

—Sí, mi nombre es Máximo Hernández. Soy parte del equipo policial. ¿Sería usted tan amable de dirigirme hasta la escena?

Obtuve un «por supuesto» como respuesta y luego observé cómo la mujer se dirigía gradas arriba hacia el segundo piso. Subía con dificultad cada grada, poniendo primero una pierna y luego la otra sobre cada una de ellas. Cuando llegamos arriba, me dirigió a una habitación a la derecha. Afuera se encontraban un par de compañeros del equipo.

—Llegas tarde, Hernández. Ya han bajado el cuerpo. ¡Ey! Que no se te olvide imprimir las fotos —se burló uno de mis compañeros. En una escena del crimen anterior había tomado fotos y por error las había borrado todas luego. Habían pasado ya tres años, pero de cuando en cuando aprovechaban para recordármelo.

Cuando entré a la habitación ya habían bajado el cuerpo. Lo tenían en una camilla, cubierto con una sábana blanca. La soga aún colgaba de uno de las vigas del techo. Esa fue la primera fotografía que tomé esa mañana.

La habitación en la que Gavino había decidido quitarse la vida era su oficina, que más que una oficina era un enorme salón con libros por todos lados, algunos cuidadosamente ordenados en los muchos estantes que decoraban el lugar, pero otros esparcidos aleatoriamente en los escritorios o simplemente dejados en el suelo. Era el único lugar en toda la casa en donde el piso no era de cerámica, y en su lugar había una alfombra desteñida por el paso de los años que hacía que el lugar tuviera un ligero olor a humedad.

Basado en mi experiencia había aprendido que la verdad se esconde en rincones oscuros y lugares a los que nadie presta atención. Por eso había desarrollado la manía de tomar fotos de todo cuanto pudiera en cada escena en que me correspondía hacerlo. La soga con la que Gavino había decidido compartir sus últimos momentos tenía un nudo bien realizado, el cual era imposible que se soltara cuando recayera sobre él todo el peso de su cuerpo. La viga de madera del que lo había sujetado era una estructura gruesa y fuerte, que al parecer había sido colocada para soportar el peso del techo que de otra manera probablemente ya se hubiese caído de no ser por tal soporte. La casa entera parecía una casa moderna, pero la oficina de Gavino estaba congelada en el tiempo, apenas restaurada para que soportara el pasar de los años.

En el escritorio que parecía ser el principal entre todos los demás había libretas vacías y un montón de lapiceros esparcidos, una pluma en su tintero, sobres para cartas, prensa papeles, una taza de café a medio tomar y un periódico abierto con fecha de ese mismo día. Se encontraba abierto en la sección de esquelas. Me pareció un detalle curioso tomando en cuenta el motivo que me tenía allí.

Busqué con dedicación y no había en toda la estancia ni uno solo de los libros de Gavino. En su lugar habían libros de todas las temáticas imaginables: arquitectura, arqueología, historia, biología, medicina, física e inclusive algunos ejemplares de libros de cocina y revistas de cultura pop. A esto se sumaban todos los poemarios y novelas que el hombre había leído algún día. Me resultó interesante que una buena parte de su colección eran novelas policiales. Jamás me imaginé que Gavino Retana fuera un fanático de ese género, tomando en cuenta que la mayoría de cosas que escribía eran sobre romance o figuras históricas.

Una de las esquinas de la habitación guardaba un puñado de objetos que parecía que habían terminado allí porque no había otro lugar dónde colocarlos. Una vieja máquina de escribir, un cuadro de una mujer posando junto a una cesta de uvas, una espada oxidada, una silla con una pata rota, varios folder vacíos, una caja con ropa de la que sobresalían un par de corbatas, un bastón. Junto a todo esto, pero mejor cuidado del polvo y de los ácaros, un baúl con llave de color negro y a la par de este otro escritorio más con un puñado de libros.

La luz de la gran lámpara que iluminaba toda la habitación parpadeaba de vez en cuando, anunciando que la bombilla pronto dejaría de funcionar. Poco importaba, nadie necesitaría o querría entrar por un buen tiempo a esa habitación de cualquier manera, con o sin luz.

Seguí tomando algunas fotos que consideré importantes, y otras que por la misma situación resultaba más que obvio que era necesario que tomara. Esas últimas eran las que más aburridas me parecían. Las que cualquiera tomaría, porque la lógica lo señala. «La verdad se esconde en los rincones», me repetía siempre una voz en mi cabeza.

Una vez cumplido mi deber, me acerqué a Úrsula Quiñones para expresarle mi pésame. La noche anterior yo había estado en la ceremonia de premiación por trayectoria dedicada a su esposo y le había visto feliz entre todos los invitados. Yo inclusive había logrado intercambiar unas cuantas palabras con Gavino y le había expresado mi admiración.

Gavino Retana había escrito más de treinta novelas y al menos diez poemarios. Personalmente nunca había sido fanático de su trabajo como poeta, pero su carrera como novelista era admirable. Había leído cada una de sus obras, en más de una ocasión y había sido invitado por uno de mis amigos escritores a la gala. Para mí, un simple principiante en el mundo de las letras, era todo un honor asistir a un evento de ese tipo. Me habían dicho además que era un buen lugar para hacerse de contactos y luego aprovecharse de ellos a la hora de publicar, por lo que había aceptado la invitación sin que me lo dijeran dos veces.

—La vida pesa… a veces demasiado. Por eso a veces algunos adelantan su turno —fue la respuesta que obtuve de su esposa cuando le expresé lo mucho que sentía la muerte de su marido. Luego bajó las escaleras y se dirigió a la cocina. Yo la seguí para dirigirme a la puerta principal y retirarme de la casa, pero la mujer que antes limpiaba el piso me sujetó repentinamente de la mano y me hizo voltearme para observarla.

—No es normal, ¿verdad? —me miró directo a los ojos, pero su mirada parecía perdida.

—¿Disculpe? —no entendía a qué se refería la mujer.

—La muerte de mi papá… no es normal. Nadie esperaba eso de él.

Su mamá apareció por la puerta de la cocina y le colocó la mano en el hombro a la mujer.

—Claudia, por favor, deja que el joven se retire, ya ha terminado con su trabajo.

La mujer continuaba mirándome fijamente a los ojos. No parecía que dejaría de hacerlo hasta no obtener una respuesta. Volteé a mirar a su madre, que me hizo un gesto que interpreté como una invitación a entender que su hija aún no procesaba bien todo el asunto.

—Mi papá era un gran hombre… fuerte, valiente. No era el tipo de persona que haría una cosa de esas. Tuvo que haber pasado algo —por fin bajó la mirada y se quedó viendo el piso. Noté como una lágrima le bajaba por la mejilla. —Usted estuvo ayer en la ceremonia, supongo que es escritor —hizo una breve pausa antes de continuar, como reuniendo valor para decir algo que no sabía cómo expresar. —Le abro las puertas de esta casa, dejo que husmee en cuanto lugar requiera hacerlo, solo le pido que me ayude a entender por qué mi papá tomó esa decisión. Si descubre algo digno de publicar, tendrá todo el derecho de hacerlo…

—¡Claudia, por favor! —la interrumpió su madre, quien se salió de sus casillas y de su habitual calma con esas últimas palabras.

—El motivo del suicidio de Gavino Retana. Suena a algo que muchos querrían publicar. ¿Le parece? —continuó sin importarle los reclamos de su madre.

—Claudia, estás yendo demasiado lejos.

Mi respuesta pareció tomarles por sorpresa a ambas.

—Claro, acepto.

Claudia, luego de quitar su expresión de asombro, me dedicó una sonrisa.

—En ese caso, lo espero pronto por aquí —dio media vuelta y se dirigió a la sala de estar.

Descifrar lo que su madre me quería decir con la mirada que me dedicaba era difícil de entender, pero de repente sus antes nobles facciones se tornaron duras y severas, la mandíbula apretada, los ojos ligeramente entrecerrados. La mirada fija, como de costumbre.

—No se preocupe —le dije—, su reacción es normal. Ya verá que en unos cuantos días aceptará mejor todo esto y la idea de que alguien ande husmeando en su casa en busca de respuestas a preguntas que posiblemente no las tengan le parecerá una completa locura, tanto como a usted le parece ahora.

Úrsula Quiñones se relajó un poco, pero la mirada seguía allí, punzante.

—Esperemos que tenga usted razón. Pero de lo contrario no sabe usted lo que ha hecho. Conozco a mi hija y si la idea no se le sale de la cabeza no descansará hasta hacerlo cumplir con su palabra.

—En ese caso cumpliré con la misma. Un hombre se reconoce por la lealtad a su propia palabra —traté de bromear, pero a ella no pareció hacerle ni la más mínima gracia.

El silencio que se hizo entre nosotros fue probablemente el más incómodo que haya vivido. No sabía si darme media vuelta y retirarme sin siquiera despedirme, si desearle un buen día a la señora a sabiendas de que su esposo había muerto y lo irónico que sonaría, o si tratar de arreglar la situación corriendo el riesgo de empeorarla. Por suerte ella se adelantó.

—Es lo que espero que haga. No vendrá usted a darle una ilusión a mi hija para luego romperle el corazón aún más. Por el momento tendré que pedirle que se retire, tenemos algunos asuntos qué arreglar aquí, como usted comprenderá —la nobleza ya no estaba y por el momento no regresaría.

Asentí y le sonreí. Luego di media vuelta y me retiré por la puerta principal. El sol brillaba con toda intensidad en el cielo y tuve que aflojar un par de botones de mi camisa, el calor que hacía afuera era insoportable. Me dirigí a mi auto y encendí el aire acondicionado. Una idea me empezó a dar vueltas por la cabeza, sin dejarme en paz.

«La historia de la muerte de Gavino Retana», una y otra vez. Finalmente decidí dejar de pensar en algo tan sinsentido y alejarme de la casa del hombre. Ya me debían de estar esperando en la oficina.

Encendí el auto y aceleré. Aquí no había más historia qué contar.


Puede leer la segunda parte aquí.

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