Basquiat: el terror de la existencia

Me despierto a las 10 a. m. Tomo un licuado de plátano y vuelvo a la cama. A las 12 p. m. me levanto y me siento en el comedor. Miro cuadros de SAMO en un libro gastado de la biblioteca pública. Sus pinturas reflejan el terror humano. Desesperación, miedo, desasosiego, angustia, vacío. Son los dibujos de un niño atormentado. Un aire sórdido los invade a todos. Tengo hambre. Dejo a un lado el libro de Basquiat y salgo a comer. Sus pinturas se quedan en mi cabeza. Un perro rojo sobre un fondo negro. Su aullido es un lamento. Esta la luna maltrecha y las estrellas sin brillo. El perro en mitad de la calle. Me gustaría tener ese libro en mi librero y ver las pinturas de vez en cuando. Hojear el libro en los momentos de ira y frustración. El libro solo se puede conseguir de importación. Accesorio intrascendente, mejor hacer a un lado ese pensamiento. Prometí seguir el camino de la sobriedad. Nada de adornos superfluos.

Mientras como, veo pasar a la gente. La mayoría son mujeres. Imagino como las hubiera pintado SAMO. Llenas de colores y con un mundo caótico dentro de sus cuerpos deformes. Con ojos electrizantes, confundidos y melancólicos. A Basquiat le interesaba retratar el dolor de la existencia, el lado oscuro de la vida. Todos tenemos ese lado oscuro. En algunos casos — no en el mío — predomina más el lado luminoso de la existencia. O podría ser que simplemente esos seres llenos de luz oculten muy bien sus perversiones y dolores. Pareciéndoles estos un fastidio y un estorbo decidan no pensar más en ellos. Evitando así el dolor y aquellas cosas que les dijeron que no tenían que sentir ni pensar.

Frente a mí se sienta una mujer de unos veintiséis años. Tiene un tatuaje en el antebrazo y me mira de reojo. Su rostro está picado por el acné. Bebe agua de sandía en un vaso transparente. Como lento y pienso que no he escrito nada a pesar de tener tantas ganas de escribir. Me pasa con frecuencia. Siento una bola de aire en la garganta que me asfixia y me pone de mal humor. Creo que son las palabras que protestan en mi garganta. Exigen su excarcelación.

Entre el primero y el segundo tiempo leo un poema y miro hacia la calle. El sol golpea el concreto y la gente no deja de pasar. La mesera me sirve más agua. Es una adolescente con ojos grandes y circulares. Todos los hombres se ponen muy felices cuando ella los atiende. Parecen hienas estúpidas. Yo evito cualquier contacto con su mirada, no la quiero molestar. Me pregunto qué parte del corazón le dolerá. Qué sentirá cuando esas hienas decrépitas le miran las nalgas. ¿Asco, asfixia, rabia, nada?

Afuera de la fonda los carros están estacionados rozándose las defensas. Parece que allá afuera no hay lugar para todos. Un camión de Coca-Cola se estaciona en doble fila y provoca un piterío. Su motor hace mucho ruido y molesta a todos, incluso a la mujer del tatuaje que parece estar en una dimensión lejana dentro de su celular. Me traen mi tercer tiempo, el plato fuerte: pollo a la naranja.

Basquiat pintó autos en sus cuadros. La mayoría de ellos estrellándose entre sí. Recuerdo un cuadro en el cual hay un tráiler con una cruz en la carrocería y tres carros más que van en distintas direcciones. En el mismo cuadro un avión vuela sobre un cielo amarillo indio. Parece que va a caer.

Así es como recuerdo los autos que retrató SAMO en sus pinturas, estrellándose, rompiéndose la crisma unos contra otros, autos destinados al peligro y la tragedia. Es posible que por eso nunca decidió aprender a manejar. Tal vez sentía una especie de premonición que le daba mala espina. Y mejor contrató choferes que lo pasearan por las calles de Nueva York en lujosas limos. Eso les jodía a los blancos adinerados y racistas, ver a un negro viviendo como ellos. Y SAMO era un jodedor.

Pago la cuenta y dejo propina. Camino de regreso a mi departamento. Las palabras se han acomodado en mi traquea y están listas para salir.

Una lluvia ligera cae lentamente allá afuera. Escribo.

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