Amarillo nunca

Gustavo está parado frente al botiquín del baño, el espejo enmarca la cara hinchada y cansina de un hombre que se anticipó al amanecer. Su estado de ánimo oscila entre el enojo y la ansiedad, va de un extremo al otro, al igual que su cepillo de dientes, lo único que pudo frenar la catarata de palabras que salían de su boca. Pero las palabras al igual que el agua siempre encuentran por donde escurrirse. Por eso, Gustavo continúa hablando en el interior de su cabeza, repitiendo frases una y otra vez, como si las ensayara.

Mientras camina mirándose la punta de los zapatos, no puede creer las vueltas de la vida, si de él dependiera no estaría yendo a trabajar pero su pasión no se lo permite y lo empuja, él entonces camina, un zapato a la vez mientras les mira las puntas. Gustavo sabe que a pesar de que las condiciones son adversas, un verdadero profesional es capaz de actuar bajo cualquier circunstancia.

Camina apurado, se despega la ropa del cuerpo varias veces como si le quedara chica o como si su cuerpo se agrandara. A cada paso troquela las hojas secas que el otoño dispuso cual alfombra roja hasta la confitería donde lo esperan. El lugar está siempre igual, vacío, a pesar de que se escucha toser a alguien. Todo se encuentra tan perfectamente inanimado que hasta las medialunas parecen falsas, esa confitería tiene su propio tiempo, es un espacio que promete permanecer inerte hasta que él y María le otorguen razón de ser. Ella espera con la mirada fija dentro de una taza de porcelana que se le parece mucho, tanto por lo refinada, como por lo frágil. María repite palabras para sí misma en voz muy baja, casi sin separar los dientes para modular, en parte por la presión que ejercen los nervios y también porque su momento para hablar todavía no llegó.

La vaga iluminación que propone la confitería en ese momento no llega hasta abajo de la mesa, donde María recorre el borde de su vestido con la yema de los dedos, lo arruga y lo vuelve a estirar intentando aliviar la espera. Mientras tanto, pared de por medio, Gustavo demora su entrada, busca un último momento a solas, mueve la mandíbula como intentando destrabarla, inhala y exhala, lleva su cabeza de un lado a otro para alargar el cuello, inhala y no exhala, entonces se dirige al salón principal de la confitería con un paso tan firme que el suelo parece hueco cuando suena, cruza la puerta y entonces abre los ojos todo lo que puede, como para darle más lugar a la silueta de María que en ellos se dibuja. Todo alrededor cobra mayor nitidez. Tras el primer paso que da Gustavo en dirección a María, ella no puede contener una bocanada de aire y baja la mirada, con el errático pulso de su mano emprende la difícil tarea de servir el té en la taza de porcelana, que de nuevo se le parece, por estar tan desbordada como ella.

Gustavo toma una silla que quiebra el silencio al ser arrastrada y sin saludar ni terminar de sentarse exclama en un tono demandante:

—Quiero que me devuelvas mis cartas.

María sostiene la taza con las dos manos, el calor del té cerca de su boca contrasta con la frialdad de las palabras que hacen eco en el recipiente:

—Esas cartas me pertenecen y me las voy a quedar.

Gustavo se agarra de la mesa y se despega del respaldo de la silla como catapultado por la impotencia.

—¡Empecé una vida nueva! ¡Necesito cortar con el pasado!

Él observa todo, hacia un lado y hacia el otro buscando una ventana que no encuentra y, cuando vuelve a María, la ve encogiéndose de hombros; enfurecido por la displicencia del gesto amenaza en voz baja:

—No me obligues a cometer una barbaridad.

Ella apoya la taza en la mesa, sacude un sobrecito, lo abre y mientras vierte el contenido dentro de la taza, se le dibuja una media sonrisa.

—No te creo capaz de una barbaridad y aunque lo fueras, a mí ya no me importa nada.

María se toma el té antes de dejarlo enfriar, Gustavo espera a que termine e insiste:

—Si no me entregás esas cartas, salgo de acá y voy directamente a hablar con tu marido.

María no muestra reacción alguna ante los dichos de Gustavo, ella una vez más coloca las manos debajo de la mesa y recorre el borde de su vestido con la yema de los dedos. Gustavo observa todo a su alrededor como intentando aliviar su resignación, cuando su mirada se posa en el sobrecito que María dejó junto a la taza. Un escalofrío lo recorre desde la planta de los pies hasta la cara y deforma sus rasgos en una expresión de incredulidad.

—¿Qué hiciste María?

Las palabras se diluyen al recorrer una distancia infinita hacia los oídos de María, que antes de poder emitir respuesta alguna, se desvanece sobre la mesa.

El silencio es absoluto durante unos segundos.

El telón se cierra y el público estalla en una ovación que se mezcla con los gritos de Gustavo al punto de tornarse estériles. Nadie notó que la obra fue interpretada sin respetar el guión original, sin embargo, Gustavo hubiese preferido haber actuado.

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