Burlarse de la muerte

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Era ya tarde, Diego comenzaba a cabecear del cansancio. Revisó su reloj y al ver que ya eran las 3.30 de la mañana decidió regresar a su casa; pero como no tenía coche ni dinero tuvo que caminar. Caminaba medroso por el tácito y solitario bulevar, temiendo de que algún sujeto rapaz lo asaltara. El único sonido que se oía era el de sus pasos pausados que pisaban los pequeños charcos formados por la lluvia, lo cual aumentaba su angustia. El silencio causaba en él un miedo irracional.

De vez en cuando pasaba algún automóvil; él lo observaba para tratar de tranquilizarse un poco. Escuchó el motor de uno que se acercaba, pero éste, a diferencia de los otros, iba a una velocidad muy alta. Diego se detuvo y volteó para ver qué causaba aquel atronador sonido. No era un coche deportivo, pero tampoco era una carcacha pues iba a 170 km/h. El conductor no respetaba el límite de velocidad ni los semáforos, y por consiguiente, no respetaba la vida. Retaba a sí mismo y retaba a la muerte.

Cuando el coche estaba a punto de pasar por donde se encontraba Diego, el conductor, al igual que Faetón, perdió el control e impactó, para fortuna de Diego, un árbol que se encontraba en el centro del bulevar. Prorrumpió un estruendo que se escuchó en toda la zona. Diego se quedó pasmado; su respiración aumentó, sus piernas temblaban y sentía como si su corazón fuera a salirse de la garganta. Cuando reaccionó, inmediatamente cogió su celular y marcó el número de emergencia. No sabía si esperar a que llegaran los paramédicos o tratar de ayudar a los pasajeros del auto.

Llevado por la desesperación, dio un fuerte suspiro y se acercó al lugar del accidente. Tratando de divisar por el espeso humo, logró ver el interior del coche, y luego deseó no haberse acercado. Aquello que había en el coche era horrible. Habían tres varones y dos jovencitas que no pasaban de los quince y dieciséis años. Eran casi unos niños. El coche estaba manchado de sangre y los pasajeros ya habían muerto. Diego se alejó del coche atónito; esa imagen se quedaría por mucho tiempo en su cabeza. Llegaron los paramédicos y vieron a Diego sentado con la mirada fija hacia la nada. Unos oficiales lo levantaron y lo llevaron a su casa.

Al día siguiente la noticia apareció en todos los diarios y noticieros. Toda la gente de la ciudad hablaba sobre el choque; se difundían conjeturas y rumores sobre el accidente. Vituperaban a los chicos por su inmadurez e irresponsabilidad. Y los automovilistas que pasaban por el bulevar, veían con asombro al coche destrozado.

Las autoridades informaron que los accidentados iban en estado de ebriedad y por encima del límite de velocidad, el alcalde hablaba de hacer una ley para prevenir otra tragedia de esta índole — ya muy tarde para los desdichados zagales — . Los padres de los chicos sollozaban y cuestionaban a Dios, el funesto desenlace de sus hijos. El sol no se apareció en todo el día, quizá porque Helios seguía llorando.

Quisieron burlarse de la muerte, y ella se terminó riendo de ellos.

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