‘Cómo aprendemos a leer’, de Maryanne Wolf

Libro que no deben perderse todos aquellos interesados en el aprendizaje lector de los niños. El subtítulo, «Historia y ciencia del cerebro y la lectura» da idea de su contenido: tomando pie de los avances que se han hecho en la neurociencia en las últimas décadas, la autora explica con claridad y de modo sugerente lo que sabemos acerca de cómo aprenden los niños a leer. Lo que sigue no es una reseña sino, más bien, unos subrayados a lo que dice la autora.

Una de las ideas que recorre el libro es la siguiente:

Un sistema de clases poco estudiado divide de manera invisible a nuestra sociedad; las familias que proporcionan a sus hijos un entorno fecundo en oportunidades de lenguaje escrito y oral se alejan poco a poco de aquellas que no lo hacen o no pueden hacerlo. […] En algunos entornos el niño de clase media oye treinta y dos millones de palabras habladas más que el niño desfavorecido.

Los niños que empiezan el jardín de infancia habiendo oído y utilizado miles de palabras, cuyos significados ya han comprendido, clasificado y almacenado en su tierno cerebro, parten con ventaja en el campo de juego de la educación. Los niños a los que nunca se les lee un cuento, que nunca oyen rimas, que jamás se imaginan luchando con dragones o casándose con princesas, tienen abrumadoramente en contra todas las apuestas.

Se puede añadir a lo anterior que, esa diferencia de clases será también enorme, y lo es ya, entre quienes crecen teniendo a su alcance, físicamente, libros distintos y valiosos, que pueden tocar, ver, leer y compartir, y quienes crecen sin tenerlos. En el caso de los adultos tengo claro que los libros electrónicos pueden reemplazar a la inmensa mayoría de los libros físicos, en el caso de los niños no habrá forma de sustituirlos. O sí, pero con un perjuicio grandísimo para los niños que sufran esa decisión.

Otra idea que desarrolla la autora es la de que Sócrates fue un vigoroso detractor de la palabra escrita frente a la cultura oral a la que pertenecía.

En primer lugar, Sócrates postulaba que la lengua hablada y la escrita desempeñaban un papel diferente en la vida intelectual del sujeto; en segundo lugar, consideraba que las nuevas — y mucho menos rigurosas — exigencias de la lengua escrita colocaban tanto a la memoria como a la interiorización del conocimiento en una situación catastrófica y, por último, propugnaba con vehemencia el papel exclusivo de la lengua hablada en el desarrollo de la moralidad y la virtud sociales.

Su preocupación por los riesgos que había en el paso de una cultura oral a una literaria, sobre todo para los jóvenes, tiene un cierto parecido con la inquietud de muchos por la transición actual de una cultura escrita a otra visual y digital. En última instancia, las preguntas que se planteaba Sócrates sobre la juventud ateniense son aplicables a nuestra situación:

¿La información sin orientación creará una falsa ilusión de conocimiento y, por consiguiente, restringirá los procesos de pensamiento más cruciales, lentos y difíciles que conducen al verdadero conocimiento en sí? ¿El acceso inmediato a la información obtenida con un motor de búsqueda y la cantidad ingente de datos a nuestro alcance, atrofiarán los procesos más lentos y deliberativos con los que ahondamos en nuestra comprensión de los conceptos complejos, en la manera de pensar de los demás y en nuestra propia experiencia?.

La primera objeción de Sócrates contra la palabra escrita señalaba la importancia de analizar todas las presunciones y fundamentos intelectuales en cualquier debate. Para Sócrates la impermeabilidad del lenguaje escrito enmascaraba que su naturaleza es esencialmente engañosa.

Él creía que, al contrario que el «discurso muerto» de la lengua escrita, la lengua oral o «discurso vivo» estaba formado por entidades dinámicas — llenas de significado, sonido, melodía, énfasis, entonación y ritmo — listas para ser desveladas, capa a capa, mediante el análisis y el diálogo. Por el contrario, la palabra escrita no podía responder. La rígida mudez de la palabra escrita condenaba al fracaso el proceso de diálogo que Sócrates considera la esencia de la educación.

Al igual que Sócrates, en su obra Pensamiento y lenguaje, Lev Vigotsky describía las relaciones generativas entre la palabra y la idea, y entre el maestro y el alumno, y sostenía «que la interacción social [oral] juega un papel capital en el desarrollo de las progresivamente complejas relaciones entre palabras y conceptos de los niños».
 
La segunda objeción de Sócrates hablaba de que el lenguaje escrito significaba la destrucción de la memoria. A partir de la idea «de la interrelación entre el lenguaje, la memoria y el conocimiento, Sócrates concluyó que la lengua escrita no era una “receta” para la memoria, sino un agente potencial de su destrucción. Proteger la memoria individual y su papel en el análisis del conocimiento era más importante que las indiscutibles ventajas de la escritura para preservar la memoria cultural». Así, en el Fedro, Sócrates compara la escritura con las pinturas, que solo tienen apariencia de vida, «parecen hablarte como si fueran inteligentes pero si les preguntas algo sobre lo que dicen por el deseo de ser instruido, ellas siguen diciéndote lo mismo una y otra vez, constantemente». Y en Protágoras arremete contra los que piensan igual que los rollos de papiro, «incapaces de responder a tus preguntas o de preguntarse a sí mismos».

La tercera objeción de Sócrates a la escritura tenía que ver con la pérdida de control sobre el lenguaje que significaba la palabra escrita. En realidad, el temor de Sócrates no tenía que ver con el lenguaje escrito como tal sino con que su popularización diera lugar a una comprensión superficial de las cosas. En ese sentido, veía la lectura como una nueva versión de la caja de Pandora que, una vez abierta, hace perder el control de lo que se ha escrito, de quién lo lee y de cuántos lectores pueden usarlo e interpretarlo… Esto, sin duda, se parece a la avalancha de información que nos inunda hoy, a la reclamación que se nos hace a todos de que atendamos continua y parcialmente a una multitud de áreas, a la sensación que se nos transmite de que lo sabemos o podemos saberlo todo a golpes de click sobre pantallas en movimiento.
 
En fin, «Sócrates no pudo evitar la difusión de la lectura más de lo que nosotros podemos evitar la adopción de tecnologías cada vez más sofisticadas». Su enemigo, en realidad, «nunca fue de hecho la escritura, algo de lo que bien se percató Platón»: lo que le preocupaba «no era tanto la escritura como lo que podía sucederle al conocimiento si los jóvenes accedían a la información sin orientación ni sentido crítico. Para Sócrates, la búsqueda del verdadero conocimiento no dependía de la información; antes al contrario, tenía que ver con hallar la esencia y el propósito de la existencia. Semejante búsqueda exigía un compromiso de por vida con el desarrollo de las capacidades críticas y analíticas, y con la asimilación del conocimiento personal usando una memoria prodigiosa y con un esfuerzo prolongado».

Maryanne Wolf. Cómo aprendemos a leer: historia y ciencia del cerebro y la lectura (Proust and the Squid, 2007). Barcelona: Ediciones B, 2008; 335 pp.; trad. de Martín Rodríguez-Courel; ISBN: 978–84–666–3835–7.