Cómo la empatía influye en la salud y el bienestar de los niños

Fotografía de Kevin Gent on Unsplash

Estoy segura de que todos los padres quieren que sus hijos crezcan sanos y sean «felices», entendiendo ese tipo de felicidad no como un estado momentáneo de placer sino como la capacidad para sentirse bien con ellos mismos, de que estén satisfechos con quiénes son y con lo que hacen, de que sean buenas personas con los demás. La palabra que mejor define esto es wellbeing o «bien ser» —aunque a veces también se utiliza bienestar.

La Organización Mundial de la Salud define la salud como un completo estado de bienestar físico, mental y social, y no solamente la ausencia de enfermedades. Por lo que hay una asociación directa entre salud y wellbeing, que muchas veces confundimos con la palabra «felicidad».

Así pues, ¿qué podemos hacer para que nuestros hijos sean saludables y sientan bienestar? Creo que la clave está en fomentar la salud mental.

Relación entre empatía, salud y bienestar

Uno de los determinantes principales de la salud mental es el autoconocimiento: la capacidad para identificar y gestionar nuestros pensamientos, emociones, comportamientos e interacciones con los demás, al igual que factores sociales, económicos, políticos y ambientales. Esto se consigue gracias a la inteligencia emocional.

La empatía, una de las habilidades más importantes de la misma, es la capacidad para comprender las emociones, necesidades y pensamientos de los demás, de conseguir ponernos en los zapatos de otra persona, de caminar con ellos, pensando, sintiendo, y en algunos casos, actuando tal y como lo haría ella misma.

Para poder empatizar con otros es fundamental conocerse y saber gestionarse a uno mismo, puesto que, cuanto más conozcamos nuestras propias emociones y sepamos gestionarlas, más capaces seremos de conocer las emociones de los demás.

La importancia de la empatía

La empatía es una pieza clave para conectar de manera real y profunda con otras personas y, aunque pueda sonar exagerado, hace de este un mundo mejor. Gracias a ella podemos ser más tolerantes y respetuosos con los demás, evitar provocar daño a terceros, compartir y ser menos egoístas. Nos permite influir, inspirar y ayudar a los demás para que alcancen aquello que quieren. Está implicada en cualquier tipo de relación con otras personas, en el liderazgo, en la política, el marketing o las ventas.

El problema es que la educación tradicional ha estado más centrada en dotar de inteligencia académica a los niños que la emocional o social, y no tiene en cuenta el amplio abanico de habilidades que son más decisivas para la vida.

Es tan importante que, proyectos como el de Roots of Empathy o el Seeds of Peace donde los niños aprenden a desarrollar esta habilidad, han reducido los casos de agresividad y bullying de forma significativa.

Fotografía de Annie Spratt en Unsplash

Etapas de desarrollo de la empatía

Nacemos con la capacidad de la empatía. Se ha demostrado que los bebés reaccionan al llanto de otro bebé, llorando, o que sonríen correspondiendo a nuestra sonrisa. Este proceso se produce a través de las neuronas espejo.

En el libro Inteligencia emocional, Daniel Goleman habla de las diferentes etapas:

«Durante los primeros doce meses de vida, los niños reaccionan ante el dolor de otros. A partir del primer año, comienzan a tomar conciencia de que son una entidad separada de los demás, y tratan de dar consuelo a los niños, por ejemplo ofreciéndoles uno de sus juguetes. Tras los dos años, los niños empiezan a comprender que los sentimientos de otros son diferentes a los propios y son más sensibles a las pistas que les permiten conocer cuáles son realmente los sentimientos de los demás. En la última fase de la infancia aparece un nivel más avanzado de empatía, los niños pueden percibir el malestar más allá de la situación inmediata y comprender que determinadas situaciones personales o vitales pueden llegar a constituir una fuente de sufrimiento crónico. Es cuando suelen comenzar a preocuparse por la suerte de todo un colectivo, como por ejemplo, los pobres, oprimidos o marginados, una preocupación que en la adolescencia puede verse reforzada por convicciones morales centradas en el deseo de aliviar la injusticia y el infortunio ajeno».

Empatía no es…

Mucha gente suele confundir realmente qué es la empatía. Esta no es:

  • Simpatía. Este vídeo animado de Brené Brown me parece un buen recurso porque muestra de forma clara cuáles son las diferencias entre ellas.
Vídeo sobre empatía de Brené Brown
  • Minimizar la importancia de lo que sienten los demás y animar sin más.
  • Dejar que nuestras propias ideas o creencias influyan a la hora de ponernos en los zapatos de.
  • Los prejuicios o los juicios de valor.
  • Dar la razón para seguir la corriente.

Por otro lado, cuando una persona empática comprende y entiende lo que sienten los otros no significa que esté de acuerdo con ello ni tampoco que cambie su propia opinión por la de los demás, sino que simplemente es capaz de ponerse en su piel y sentir, pensar y actuar como lo harían ellos.

Formas de mejorar la empatía en los niños

La empatía y la compasión no se presentan de la misma manera ni con la misma intensidad en todos los niños. Algunos son más propensos a serlo que otros pero eso no significa que no puedan ponerse en los zapatos de. Es un hábito y como tal puede adquirirse si se trabaja.

Manan Radke Yarrow y Carolyn Zahn-Waxler demostraron en una serie de estudios, entre ellos The Origins of Empathy and Altruism, el nivel de empatía de los niños está determinado por la educación que reciben. Los niños más empáticos son aquellos a los que se les ha enseñado a ser conscientes de cómo su comportamiento repercute en los demás. Por ejemplo, se fomenta la empatía cuando un niño le quita un juguete a otro y se le dice «ese niño se ha puesto a llorar porque le has quitado el juguete. ¿Cómo crees que se siente?», en vez de minimizar la importancia o decirle que «ha sido una travesura» o algo peor, etiquetarlo de travieso.

Fotografía de Jordan Whitt en Unsplash

Esta investigación además ha concluido que los niños aprenden a empatizar imitando cómo las otras personas reaccionan ante el sufrimiento ajeno. Así pues:

  1. Antes de enseñar a cualquier niño esta habilidad, los adultos, los padres, también tenemos que conocernos y gestionarnos a nosotros mismos y desarrollar habilidades empáticas con los demás.
  2. Observa y escucha activamente a tu hijo, sin juzgar, sin distracciones. Si le escuchas y le enseñas cómo hacerlo, él aprenderá también. Escuchar activamente significa no terminar las frases por él, ni etiquetar lo que siente sino ayudarle a que descubra cuál es esa emoción que está sintiendo o aquello que quiere decir.
  3. Exprésale tus propias emociones y sentimientos. Dile que lo quieres, cómo te ha hecho sentir algún comportamiento que haya realizado alguien, si estás cansada o alegre.
  4. Hazle preguntas abiertas acerca de cómo percibe la realidad, para practicar esta habilidad intentando que se pongan en los zapatos de, para que aprendan a ver diferentes puntos de vista. Por ejemplo: ¿Cómo te hizo sentir eso? ¿Qué crees que sintió él? ¿Qué crees que puedes hacer para ayudarle?
  5. Ayúdale a identificar y gestionar sus emociones cuando no sepa hacerlo. Si tu hijo está llorando sin motivo aparente y tiene lo que consideramos una «perreta», ponte de rodillas, a su altura y dile: «cariño estás cansado y por eso estás llorando de esa forma, no te preocupes dentro de poco nos vamos a casa».
  6. Juega con ellos a identificar y adivinar las emociones de otras personas con las que interactúen.
  7. Enséñales a expresar la importancia de la gratitud para que sean personas más generosas, empáticas y compasivas.

Pautas que con la práctica se convertirán en un hábito y que hará que los niños —y los adultos—, sean más sanos, tomen mejores decisiones en la vida, tengan mejores relaciones interpersonales, se sientan más satisfechos con ellos mismos, con lo que hacen y que realicen buenas acciones hacia los demás, de manera altruista. Todo ello repercutirá en su bienestar. Creo que merece la pena intentarlo, ¿no crees?


Post escrito originalmente para Psicología Infantil GDL.

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