Cerca de la superficie

Décima anotación hecha en el cuaderno que cuesta más de lo que vale

De todas las granjas de hormigas, mi favorita es la red del subte de Buenos Aires. Lo suficientemente abandonada como para sentirse solo, lo suficientemente activa como para desear no estar acompañado.

Un espacio cerrado, una granja de hormigas con el desencanto propio de un no-lugar y además esa lógica donde todo es una orden que seguir. Instrucciones que reducen al mínimo posible el libre albedrío. Alarmas sonoras, tiempos de espera. Únicos caminos que han de ser recorridos automáticamente, sin cuestionamientos. Masas, grandes lotes de obediente humanidad ejecutando coreografías con la precisión de campeonas olímpicas de nado sincronizado, pero sin entrenamiento previo. Seres anónimos que cobran identidad cuando el pago de un boleto los asocia a un número de serie. Entes entregados a una única manera de hacer, administrando el oxígeno, caminando sólo por donde ya se ha caminado antes, dejándose llevar por un contexto que no controlan, esperando detrás de la línea en el andén, acatando una autoridad incuestionable a pesar de su ineficiencia.

Pensándolo bien, esta analogía no es del todo correcta, y es que si bien la descripción sobre personas en el subte es igualmente aplicable a nuestro comportamiento en la superficie, las hormigas nunca se encierran por voluntad propia.

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