Conversaciones de habitación

Gente de paso

La llamaré María: el tapiz neutro de todos esos nombres que quieren pasar inadvertidos en la historia. María la de Bolonia, María la yogui, María la de cabello pegado, la delgada y de lentes redondos, la que viste holgado, la que abraza despacio. María, la que hubiese sido mi mejor amiga si me hubiese quedado más tiempo en el Sur.

María, mi querida María.

Cuando la conocí intenté encarecidamente encontrar sus ojos. Estaba demasiado oscuro y sabía que cualquier esfuerzo sería muy ambicioso, pero siempre, ante cualquier circunstancia, vale la pena intentarlo. ¿Y como para qué buscaría yo sus ojos? Es un hábito aprendido —tal vez inconscientemente robado— y se lo debo a Teresa: desde que me dijo que así es como se le habla a la gente, mirando a los ojos, es lo primero que hago cuando empiezo una conversación: buscarlos. Esta vez, a falta de un par ojos a los que mirar, me incliné por un hola bastante animado; tal vez demasiado efusivo para el tiempo y el espacio que ambas compartíamos. A diferencia de ella y yo, a esa hora del reloj nuestra habitación poblada dormía.

Lo que sé de María, o más bien lo que puedo contar de María, no es demasiado. Todo cuanto conocimos la una de la otra, de hecho, nos lo dijimos sentadas frente a frente: ella en su cama y yo en la mía. La posición a veces variaba, eso sí: cuando la conversación se hacía muy pesada para el alma, nos tumbábamos de costado y dejábamos descansar la cabeza sobre el brazo; siempre rostro a rostro — y yo siempre charlándole a sus ojos.

Tres días nos tomó conocernos; allí mismo, echadas en las mismas dos posturas, aunque no siempre a la misma hora. María y yo, contrario a cualquier otra forma usual de forjar una amistad, no anduvimos juntas por ningún palacio nazarí, no nos fotografiamos del lente de la otra en algún azulejo andaluz, ni siquiera compartimos almuerzos, ni sin querer queriendo coincidimos en el desayuno. Nuestras vidas, esas las compartimos en una habitación de dos camas dobles.

Y lo primero que conocí de María fue su futuro. Encontraría su lugar, uno hermoso, viviría en él y sería muy feliz; así de simple. Acostumbrada a que me contaran primero el presente, el que muchas veces está inalterable y acicalado de pasados estructurados, me sentí dichosa de empezar a conocer a una María que aún no existía. Su vida real, la que acarreaba como resultado del ayer, esa también la detalló; traerla aquí, sin embargo, descoloraría el hermoso recuerdo que tengo de su aún inexistente porvenir.

María era fácil de querer y, como siempre cuando se me hace sencillo desatar la ficción y los sentimientos junto a alguien, me encariñé con ella. Sí, la pregunta de si era posible convertirla en amuleto y llevarla conmigo la formulé, aunque en secreto. Sobre si María llegó a conocerme como yo a ella, diré que sí: yo también le conté acerca de mí; la versión venidera, claro, para que al igual que yo se llevara una parte auténtica.

Mi última noche en el Sur, ya a oscuras y prontas a dormir, me preguntó por qué una vez terminada mi travesía no escribía sobre un árbol. «Uno del que salgan ramas humanas», dijo. Los brotes del tronco, enseguida añadió, serían esas personas que conociera en el camino, ese que para entonces andaba (sí, María también era la María llena de sentidos figurados). Aun ante la negrura que nos rodeaba, la que estuvo ahí desde el primer día (esa que no permitía formas), rebusqué su ojos y le dije sin palabras que así lo haría: «Claro que escribiré sobre un árbol». Ella asintió y estoy segura de haberla visto sonreír con la mirada. Marché al amanecer, cuando ella aún dormía, así que la despedida fue unilateral. El «hasta luego», y que me disculpe Teresa, ese se lo dije sin mirarla a los ojos.

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Mariana González ☕

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Editora, de profesión y por necesidad. Ando en el café más cercano, o en la oficina virtual echando chiste con Las Marías. www.marianagonzalez.us

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