Crónicas de la ciudadana preocupada

Escenas para comprender la violencia cotidiana en Venezuela

Fotografía referencial: Agencia EFE.

La represión comenzó mucho antes que en otras ocasiones. Son alrededor de las diez de la mañana cuando escucho la primera denotación mientras me ato los zapatos para unirme a un grupo de vecinos que manifestaremos en la calle aledañas al edificio en el que vivo. Me quedo paralizada, sin saber qué hacer. El miedo es un nudo helado en el pecho, que me deja los brazos flojos y una errática sensación de vulnerabilidad. Tomo una bocanada de aire, me obligo a caminar hacia la puerta. Una especie de decisión temeraria, afligida pero real. Voy a protestar, pese a la sensación de vulnerabilidad y la frustración. Tal vez por ambas cosas.

El grupo de vecinos que me esperan junto al ascensor tiene un aspecto tenso y cansado. Idéntico al mío, me digo un poco con crueldad. Tan abrumado y aterrorizados como me encuentro yo. Escucho una segunda detonación —esta vez mucho más cercana que la anterior— cuando me acerco a ellos.

—Ya están lanzando lacrimógenas como nueve calles más allá —me informa alguien—, nadie sabe qué está pasando, ni siquiera dejaron que la gente se agrupara para comenzar a marchar.

Otra detonación. Tan cerca que el chasquido metálico que hace la bomba lacrimógena al chocar contra el suelo y estallar se escucha con toda claridad. Nos quedamos en silencio. Una de las mujeres del grupo sacude la cabeza y anuncia en voz baja que regresará a su casa. Se aleja con paso rápido por el pasillo. El resto no nos movemos en medio de un silencio tenso e inquieto. Percibo el olor del gas tóxico. El primer escozor en la piel. Uno de mis vecinos me extiende un pañuelo húmedo.

—Póngaselo en la cara, lo que viene no es fácil.

Lo tomo. Las manos me tiemblan. Las mías, también.


En la calle, un grupo de funcionarios de la Guardia Nacional Bolivariana intenta amedrentar a manifestantes a la altura de un Centro Comercial cercano al lugar donde vivo. Está lo suficientemente lejos como para que aún la violencia no llegue en donde estoy, pero si como para escuchar con toda claridad las detonaciones, gritos y el bullicio lejano de las cacerolas. De pie en la calle, con el rostro cubierto por un pañuelo húmedo con olor bicarbonato, siento el miedo como un hilo doloroso que me recorre la espalda. Pero no me muevo. Uno de mis vecinos corre hacia los recién llegados que abandonamos la seguridad del edificio para unirnos a la improvisada protesta que se lleva a cabo en las esquinas. Ciudadanos de a pie con banderas levantadas, algunos haciendo sonar pitos y cacerolas.

Un desconocido viene corriendo por la calle. Tiene el rostro cubierto y una camiseta rota y sucia. Se detiene junto a nosotros, señala hacia al final de la calle.

—No dejaron salir a la gente a marchar, los reprimieron solamente reuniéndose — nos cuenta entre jadeos—. Nos están lanzando bombas lacrimógenas sin que hayamos hecho nada.

Nos explica que no hay motivo ni tampoco provocación de por medio para el ataque represivo: al parecer los funcionarios tenían órdenes de no permitir incluso la mera concentración de ciudadanos. También nos insiste que los manifestantes no retroceden.

—Todo el mundo sigue allí —dice, recobró el aliento. Ahora noto su furia y su frustración—, nadie se quiere ir.

Cuando miro a mi alrededor, descubro que un nuevo grupo de vecinos se unió a nosotros. La pequeña multitud mira hacia la calle que se desdibuja, en medio de una discreta humareda que parece brotar del concreto sucio, de los árboles sucios por la violencia. La violencia parece cada vez más cercana, palpable. Pero nadie se mueve.


Una tanqueta militar cierra ahora la calle donde vivo. El invisible conductor la detiene justo en medio de la transversal y un grupo de uniformados la rodea. Tiene un aspecto monstruoso y desarticulado: no trata de un vehículo antiguo, con las puertas blindadas llenas de baches y una visible quemadura en un costado. Pero cumple su cometido: se convierte en una especie de pared de metal que cierra espacios y visibilidad al grupo que espera en la calle hacia el otro lado donde los manifestantes que nunca lograron avanzar del punto de concentración continúan enfrentándose a los funcionarios uniformados. Se trata de un ataque desproporcionado e injustificado: funcionarios arrojan bombas a quemarropa y algunos, apuntan sus armas de reglamento hacia los edificios como represalia al insistente sonido de las cacerolas. También hay persecuciones a pie y en motocicletas. Desde donde me encuentro, y a pesar de la barrera del vehículo militar, escucho los gritos, el sonido de las detonaciones. Cada vez más cerca, más real. Más peligroso.

De pronto, el caos estalla a mi alrededor. Media de funcionarios corre hacia el grupo de vecinos que nos encontramos en una esquina y me encuentro huyendo aterrorizada, hacia la puerta de mi edificio. No tengo idea qué ocurre ni tampoco qué puede ocurrir. Alguien me toma del brazo, me empuja hacia adelante, me obliga a correr más rápido. Cuando alcanzo la puerta de mi edificio, estoy temblando de puro miedo y cansancio. Miro por encima del hombro. Los vecinos corren en todas direcciones y alguien señala hacia atrás. Un funcionario apunta hacia donde nos encontramos pero todavía no dispara. Está de pie, no distingo su rostro desde donde me encuentro. Pero sé que está mirando en nuestra dirección. Y apunta su arma, pienso con sobresalto. Nos mira y piensa si debe disparar.

Cuando alguien cierra la puerta a mi espalda, escucho la detonación. El olor tóxico llega a dónde me encuentro de inmediato.


Me niego a volver a mi casa, de manera que me permanezco junto con el grupo de rezagados en la áreas comunes de mi edificio. El eco de las detonaciones se suceden uno después de otro. El estruendo sigue estando lo suficientemente lejos como para que no tengamos idea que está ocurriendo en realidad, pero tan cerca como para resultar aterrorizante. Acompasado, una secuencia siniestra. Uno de los vecinos sacude la cabeza, se asoma a mirar por entre las rejas.

—Están deteniendo gente —comenta en voz baja—, no sé por qué.

Me acerco a mirar: distingo una fila de automóviles junto a la acera. Un grupo de funcionarios con casco, peto y escudo, detienen a los vehículos que avanzan intentando llegar hacia la calle siguiente. Obligan a los conductores a bajar y a formarse en una fila ordenada contra una de las paredes de zinc que rodea un enorme terreno invadido unos metros más allá. Me aterroriza su aspecto desvalido, con los brazos levantados sobre la cabeza y ésta inclinada. Alguien grita a todo pulmón alguna consigna en algún edificio cercano. Las cacerolas empiezan a escucharse con claridad. De pronto, el bullicio se transforma en un reclamo, en un grito. Me encuentro gritando también, sacudiendo las rejas de metal, tratando de hacerme oír.


Tener tanto miedo y furia que eres incapaz de diferenciar la fina línea que separa y define ambas cosas. El país convertido en una idea confusa, incompleta, irreconocible.

Lo pienso, tendida en el suelo, intentando recobrar el aliento. Hace unos minutos, arrojaron una bomba tóxica a la calle y el espiral llegó a dónde me encuentro. Siento la garganta en carne viva, la piel escaldada. Y el miedo, abrumador y doloroso, me aplasta el pecho. Quiero llorar, gritar, rebelarme, aunque no sé contra qué. En lugar de eso, me froto el rostro con el pañuelo oloroso a bicarbonato. Hace horas que está seco, pero aún así me alivia un poco la sensación que me sofoca.

—Esto va a seguir — dice uno de los vecinos que me espera también en la pequeña terraza —, la gente está furiosa. Hay miedo, mucho. Pero la furia es mayor.

No respondo. No sé qué decir ni que responder a eso. Me pregunto si esa ira —que yo también siento— será suficiente. Podrá sostener este reclamo a ciegas, en medio del caos. No lo sé, me digo con un suspiro. Pero por ahora, es lo único real en todo esto.


Una docena de vecinos se concentra frente a la plaza pública que se encuentra unos de metros más allá de donde vivo. Están tocando cacerolas. Un repique persistente, irritado, inocente. «Asesinos, aquí está la patria», grita a todo pulmón uno de ellos, un anciano con una camiseta blanca que sostiene entre las manos lo que creo es una piedra. Alguien le toma del brazo, le hace retroceder. El hombre se resiste. Sigue gritando. Un estruendoso cacerolazo responde desde los edificios. Un grupo de funcionarios observa a unos metros de distancia. Dos de ellos llevan el arma de reglamento bien visible. El metal lanza destellos bajo el sol. La tensión se hace irrespirable. Una sensación física que me deja petrificada mientras observo la escena.

El corazón me late tan fuerte que resulta casi doloroso. Me pregunto si nos dispararán. Se trata de un pensamiento directo, crudo, sin matices. Sin drama o matiz alguno. Pienso en la violencia y en el significado que ahora mismo tiene nuestra resistencia. Pienso en la vulnerabilidad del ciudadano Venezolano. Pienso en el horror de la represión, de la amenaza insistente y constante en todas partes. Pienso en la impunidad, en las excusas del gobierno para justificar el horror diario en las calles del país. Pienso en las víctimas de casi dos décadas de amenaza y agresión.

El miedo, de nuevo. Nítido, abrumador. El miedo que cierra espacios, que agobia y aplasta. Esta sensación de horror inexplicable y cegadora. Al final, cuando los militares retroceden y vuelven a custodiar la calle, no siento ningún alivio. La amenaza es muy cercana y real para hacerlo.


El pequeño grupo de manifestantes continúa aguardando con cacerolas en mano. Nadie sabe qué ocurrirá, si habrá represión por el mero hecho de permanecer allí o deberán algún otro tipo de molestia. Cuando me acerco, uno de ellos me dedica una mirada cansada, un poco humorística.

—¿Viene a que le den su golpe mija? —me pregunta casi con cariño.

Nos conocemos hace años. Me vio crecer, como prácticamente cada uno de mis vecinos. Le explico que necesito saber que ocurre, que no puedo permanecer más tiempo sólo observando. Un hombre a unos metros de donde nos encontramos se acerca y me pone una mano en el hombro.

—Aquí estamos haciendo lo que se puede, en el apartamento o aquí en la calle. Ya se acabó el tiempo de no hacer nada. Cuando nos cansemos aquí, baje si quiere.

Me quedo sentada en la acera unos minutos. El viento trae el olor de las lacrimógenas, el picor. Los pulmones se me contraen de una manera casi dolorosa. Pero siento también la rabia, la impotencia, una frustración que transforma al miedo y al instinto de autopreservación en otra cosa. Y de pronto, entiendo cual es la diferencia entre las protestas actuales y cualquier otra. Esa convicción que hizo a mis vecinos salir a la calle, a mis amigos unirse a las manifestaciones, a mi misma vencer mis reservas. Ya no tenemos nada qué perder. Estamos al límite de la violencia.

El pensamiento me provoca un escalofrío pero también, tiene algo de reconfortante. Lo que sea después pienso, será distinto. Lo que nos espera, será otra cosa. Bueno o malo, algún tipo de ruptura histórica comenzó. Y es inevitable una consecuencia.

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