Crónicas de la ciudadana preocupada

La frontera de la violencia

AFP/Archivo

En Venezuela, siempre se tiene miedo. A lo que ocurre, a lo que puede ocurrir en lo inmediato, a la incertidumbre que con frecuencia es la única idea sobre el futuro que cualquiera puede concebir. Lo pienso mientras camino por la calle hacia una panadería cercana al lugar donde vivo en la que ya se forma una larga fila de pacientes clientes que esperan poder comprar la tradicional canilla. Son casi las ocho de la mañana (quizás un poco más) y la pequeña multitud cruza la esquina, se alarga hacia la calle siguiente, sube en ángulo vertical hacia la transversal.

—Ojalá vendan pan rápido hoy — está diciendo una anciana que se cubre la cabeza con una bolsa de plástico para protegerse del sol—. De verdad, no quiero quedarme en la calle con esto que se nos viene encima.

«Esto» son las dos manifestaciones anunciadas para hoy: tanto oposición como chavismo volverán a intentar demostrar su presencia en las calles o, más bien, se enfrentarán en otra de sus escaramuzas. Eso, en medio de un clima de violencia cada vez más tenso, de la constante sensación que la situación en Venezuela avanza hacia algún tipo de límite borroso que nadie puede definir muy bien. Pero por supuesto, la mayoría de los venezolanos somos sobrevivientes. Ya sabemos cómo afrontar esta agobiante sensación de angustia que sofoca, que está en todas partes, de la que nadie está exento. O creemos que lo sabemos en todo caso, me digo mientras camino junto a la fila y miro con disimulo los rostros preocupados, la expresión cansada de la mayoría. En realidad, nadie sabe qué hacer en mitad de una situación como la nuestra. Nadie sabe cómo afrontar un conflicto sin nombre, que se alarga por más de una década y que abarca todos los espacios de la vida común. Al menos, me digo con un suspiro, yo no lo sé. Nunca lo he sabido. Supongo que ya no lo aprenderé.

—El problema venezolano es que nadie entiende en realidad en qué consiste el conflicto, ni siquiera el propio ciudadano —me decía el miércoles mi amigo J., politólogo que intenta observar al país desde la perspectiva del método de trabajo—; se trata de una situación inédita, mezcla de muchas cosas. Una especie de combinación de un experimento político fallido, una crisis económica que se agrava por momentos y una sociedad endeble de cuya debilidad el Gobierno saca partido. En medio de todo, está la noción del cambio y la transformación que no llega, una frustración que nunca se satisface. Y que con toda seguridad, no se satisfacerá pronto.

Le visité en su oficina de la universidad donde estudié. El campus tiene un aspecto arrasado, vencido. Las aceras rotas y descuidadas, los edificios un poco más vulnerables al deterioro. Me asusta los primeros síntomas de la edad y el abandono en un lugar que siempre consideré imperturbable. Pero ahora, la «Casa que vence las sombras» parece más frágil que nunca. Como todos, luego de casi veinte años de erosión y una batalla ciega contra la derrota.

—Somos un país donde la crisis es una constante. Todo empeora y lo hace en una lenta secuencia que normaliza el miedo, la preocupación y la desesperanza. Luego de veinte años, el país está exhausto. No resignado en realidad, sino más bien, asume la crisis desde la necesidad de adaptación. Poco a poco asumimos lo que ocurre como un peso que se sobrelleva con dificultad. Perdimos la capacidad de asombro.

Me pregunté si me decía todo aquello como profesional o simple ciudadano. Se encogió de hombros cuando se lo pregunté.

—Como ambas cosas. Todo sistema que tienda al autoritarismo busca gobernar sobre una población deprimida, limitada y obediente. Eso es lo que hace el chavismo. La crisis le beneficia al chavismo de la misma manera que el hambre favoreció al estalinismo. Mientras las prioridades sean menos complejas, mayores posibilidades tendrá el Estado de ejercer mayor control.

Pienso en esa idea mientras camino por un supermercado a unas cuadras del edificio en el que vivo. Es un lugar pequeño, que siempre me pareció curiosamente moderno con sus estantes de acero inoxidable, pasillos de linóleo brillante y sus luces led impecables. O eso creí una década o un poco más. Ahora tiene ese aire arrasado y barato que le brinda la escasez, la poca mercancía idéntica que intenta ocultar el desabastecimiento. Las lámparas rotas, las ventanas redondas en los extremos cubiertas de mugre que nadie limpia.

Somos un país pobre. Pobrísimo. Un país donde sobrevivimos a duras penas, donde el disimulo ya no da para ocultar los terrores de un día a día cada vez más duro de digerir. Es difícil aceptarlo cuando pasaste buena parte de tu vida escuchando sobre las glorias del suelo repleto de riquezas, de los accidentes naturales de extraordinaria belleza, la cantaleta inevitable del «mejor país del mundo». El país de las sonrisas, de la gente amable, de la calidez, de los brazos abiertos. El país extraordinario, el mejor secreto del Caribe. Cuna de héroes y mujeres recias, todo un Paraíso terrenal en mitad del trópico.

El autoengaño nos ha pasado una factura altísima, me digo mientras arrojo al carrito de compras las pocas cosas que encuentro. Por supuesto, las básicas ni pensarlo. Esas desaparecieron de mi alcance hace meses. De manera que no tengo más remedio que llevar paquetes de pasta sin marca, botellas de salsas aguada, carísimos puñados de granos. La economía de la posguerra sin que jamás haya ocurrido un conflicto bélico. Las migajas de lo que fue un país viable, simplemente normal. Hay algo de siniestro en esta sensación de asistir a la muerte de una historia, de esa idea general de lo que fue Venezuela. Siniestro y doloroso, rectifico, paralizada por el miedo. Como siempre. Como todos los días.

Hay una pequeña fila — otra de tantas — que se alarga junto a la caja registradora. Alguien me explica que podré comprar papel higiénico, si estoy dispuesta a esperar durante un par de horas que abran las cajas y repartan el producto. Me quedo de pie, mirando al grupo que aguarda. Tiene la misma expresión de quienes esperan por pan. El mismo cansancio, impaciencia. Incluso vergüenza. La rara sensación de temer lo que vendrá, lo que está ocurriendo mientras el sistema te aplasta un poco, te roba la esperanza, te golpea de cien maneras secretas. Me pregunto cómo llegamos a esto. Cómo fue que Venezuela perdió el norte, se desmoronó en este silencio lento y fragmentado, sin rostro. Quienes ahora, en medio de este paisaje abierto y destrozado que soy incapaz de reconocer como mi país.

Pero lo es, claro está. Lo fue desde hace más de cuarenta años. El autoengaño pasa factura, una altísima e impagable. Años de ignorar el país roto, devastado. Décadas de ignorar las señales. Pienso en el país crédulo, el que creyó y sostuvo una estafa histórica de proporciones colosales. El que aún lo hace. Esta mirada que no mira. Este incapacidad de comprendernos. Esta es la Venezuela en la que nací. La real, la verdadera, la dolorosa, la rota. No hay otra.

Al final, no tengo las fuerzas para la larga cola del papel higiénico, de manera que espero mi turno para pagar las pocas cosas que intento comprar. Un hombre calvo de aspecto cansado espera unos pasos por delante y mira con interés el fondo de mi carrito, con sus pocas verduras de aspecto un poco mustio, sus paquetes desordenados y su vacío. Ese que nadie cuenta.

—Eso que lleva allí le va a costar una millonada — me informa como si yo no lo supiera—. Tenga cuidado pa que no pase pena.

Lleva en las manos un par de paquetes de granos y una caja descolorida de cereal. También eso le costará una millonada, me digo. Y el desaliento me golpea como un látigo, me sacude con una náusea ácida que me deja por un momento rígida y sin voz. Pero al final, la cola avanza y yo también. Un movimiento mecánico, involuntario. Un deambular en la desgracia que ya conocemos demasiado bien.

—Y este país que tenía tanto para dar — prosigue el hombre calvo—. Usted está muy joven, pero hubo una época que nadie quería salir de este país. Todos quería venir, eso sí, pero nadie quería irse. Usted no se puede imaginar eso.

Por supuesto que puedo. Soy hija y nieta de inmigrantes, que llegaron al país con un tipo de esperanza cándida que los acompañó toda su vida. Inmigrantes que trabajaron en esta tierra como si fuera la suya, que la quisieron con una sinceridad dulce y cálida. Que creyeron que Venezuela era el final de un largo camino. Que celebraron que lo fuera.

Pienso en mi abuelo. Español y canario, llegó a Venezuela huyendo de la pobreza. Y encontró prosperidad, una esposa, hijos, un futuro. Pienso en su sonrisa de huérfano querido, en sus cuentos sobre el país que le sorprendió por su bondad y calidez. Incluso en sus últimos años, cuando no recordaba nada más que su nombre, siguió hablando de la Venezuela bonita. De la Guaira ese primer gran día. El agua del Caribe que le bañó los pies para recibirlo, para darle la bienvenida. Para recordarle que había llegado al hogar.

—Este era un país donde la gente jovencita quería quedarse — añade una mujer de cabello corto y rostro blando que nos escucha—. Ahora todos quieren irse. ¿Y quién culpa a nadie? Si pudiera yo también agarro mi cachachás.

No respondo. Avanzamos un paso más. La mujer suspira, mirando el paquete bien envuelto de jamón que lleva en los brazos. Unas cuantas lonjas, tan escasas que lucen transparentes. Hay algo de posesivo en el gesto. Después pienso que quizás es sólo miedo. Un miedo que nadie recuerda cuándo empezó pero que todos llevan a cuestas, invisible y tenaz.

— Uno se pregunta qué pasará después, para dónde va esto — añade en voz baja — y tiene miedo hasta de imaginar la respuesta.

El hombre calvo sacude la cabeza, la mujer aprieta los labios. Y yo me quedo en medio de ellos, con la sensación que me golpea un vendaval de pura incertidumbre. Que no tengo otra opción que escucharlos y temer. Otra vez el miedo, porque no puedo consolarlo ni huir de él. El miedo sofocante, mínimo, que se escucha en todas partes. Que está allí, que te agobia, que te deja sin fuerzas. Que te sacude hasta dejarte a solas, en silencio. Esperando algo que en realidad no sabes qué podrá ser.

***
Cuando salgo a la calle llevando un par de bolsas de compra, me sorprende la soledad. Las calles vacías, el tráfico escaso. Un militar uniformado y con el arma de reglamento bien visible está de pie en una esquina. Lleva casco, peto y un enorme oscuro transparente. Aguarda bajo el sol y cuando paso junto a él, me mira con cierta pereza. No le devuelvo el gesto y paso a su lado, sin que me importe el destello metálico de la culata del arma o su presencia amedrentadora.

Me acostumbré a vivir en un estado de perpetua sospecha. No sé cuándo ocurrió pero es así. Me acostumbré a soportar la intromisión de la violencia en todas partes, la mirada especulativa, el poder tutelar en todas partes. El país criminalizado, roto y acusado. La insistente vigilancia. Me acostumbré a las armas. Al hecho de la custodia. A la vida verde oliva. Me acostumbré sin querer y sin desearlo, a ese miedo de la trasgresión, a la sensación insistente y dolorosa de ser un rehén en los reducidos paisajes de mi vida cotidiana.

Me detengo antes de cruzar la calle. Cuando miro sobre el hombro, descubro que un segundo militar se unió al primero y ambos contemplan la calle con aire aburrido y hasta cansado. El arma brilla y ahora si noto la amenaza, como si la descubriera por primera vez en mucho tiempo. La sensación de la custodia imprevisible. Soy un rehén, me digo de nuevo. Soy víctima de un estado policiaco para quien soy el enemigo. Me pregunto qué ocurriría si levanto los brazos y lanzo alguna consigna. Si me acerco de nuevo, para reclamar las armas visibles, la cercanía del peligro. ¿Qué pasaría conmigo? ¿A dónde me llevarían? Me veo gritandoles a la cara, recordandole su deber. Me veo exigiendo respeto. Me veo enfurecida, exaltada. Me veo recordando ideales, leyes, deberes. Y también me veo siendo golpeada, arrojada al piso. Me veo gritando. Me veo arrastrada por la calle. Me veo encerrada. No me veo.

Me imagino la escena con tanta claridad que aprieto las manos que sostienen las bolsas. El miedo me sube por el pecho y me cierra la garganta. Tan fuerte, tan real que cuando un automóvil toca la corneta al cruzar la avenida, casi me hace gritar de sobresalto. Me llevo la mano al pecho. El corazón le late acelerado. El miedo. El miedo. El miedo en todas partes. Levanto la cabeza. Uno de los militares me mira con los ojos entrecerrados a la distancia. El arma apoyada en el muslo. El escudo de plexiglás bien visible.

Sigo caminando. Lo hago sin volverme a mirar. Preguntándome cuándo el miedo se hizo tan fuerte, invalidante. Insoportable. Cuando el miedo se volvió el único elemento reconocible en medio de esta cotidianidad absurda, lenta y turbia. Cuándo el miedo se hizo una forma de comprender al país.

***
Alguien comenta en la radio que Caracas está sitiada. Que mientras se espera las manifestaciones que presumiblemente recorrerán la ciudad, el servicio de Metro dejó de funcionar y varias avenidas troncales están cerradas. El miedo, pienso con los ojos cerrados, escuchando la lenta voz del locutor elevarse en medio del silencio de la calle vacía. El miedo en un país que es una herida, una cicatriz que nunca se cura. Trozos de algo más complejo que quizás, nunca llegue a entender del todo. Un recuerdo borroso. Una visión de un gentilicio anónimo e irrecuperable.

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